Volver a Dunwich
El Fantasma De La Calle Varela

 

 

De Alejandro Mariatti


Hay quienes tienen la dudosa o dichosa suerte de tener a un fantasma instalado como pensionista. Si este no pide nada y es discreto, es una molestia razonable. Cada tanto aparece, nos dá un susto y nosotros tenemos algo para contar en alguna charla nocturna tras la cena, o en un fogón, o en la radio.
Uno de mis tios, hermano de mi madre, vivió muchos años en un viejo caserón de Flores. En el hacía su aparición "Ello".
Mi prima Marta, cuando recién se instalaron y ella era muy chica, todos los viernes entre las cuatro y las cinco de la mañana se despertaba llorando, pues decía que una señora le sacudía la cama. Mis tíos no le prestaban atención, al fín luego de unos meses, o bien mi prima se acostumbró a ser mecida a esa inoportuna hora o "Ello" se dió cuenta que no tenía modo de correr ese mueble y a su ocupante. Quien sabe que secreto lugar representaba en su corazón ese rincón común y corriente.
Algunos años más tarde, mi madre se quedó una noche a dormir en esa habitación, en sea misma cama y sufrió el mismo tratamiento que Marta cuando era pequeña. Angélica, mi madre, aunque en ese entonces todavía no lo era, ya estaba demasiado crecida como para ponersea a llorar e ir a molestar al hermano y la cuñada, así que se tapó hasta la cabeza, respirando lo menos agitado posible y con los ojos abiertos como platos, al fín luego de un rato "Ello", se aburrió, porque los fantasmas también tienen otras cosas más interesantes de hacer, que andar asustando a los vivos. Gracias a este cansancio fantasmal, mi mamá pudo volver a dormir. Al día siguiente le refirió el suceso a mi tía, ella se rió y le dijo que no se preocupase, porque "ella es tranquila".
Una tarde; poco antes de lo sucedido a mi madre; mi tía se acostó en su cama a dormir la siesta, a su lado estaba mi otra prima, Mabel, profúndamente dormida.
Transcurrida una hora, mi tía oyó abrirse la puerta de calle. Era Mabel que recién volvía de la casa de una amiga y no pisaba la casa desde las doce del mediodía, cuando había ido al colegio.
Mi tía volvió al lado de la cama, en el lado contrario no había nada, salvo la huella de que "algo" había estado descansando allí. Mi tía tocó la superficie de la cama, y esta estaba friá, demasiado fría.