De Diello De Borovnia
La alfombra raspaba sus rodillas,
pero ofrecía una superficie más cálida que el
frío piso de baldosas. Lea se había pasado la tarde
paseando el cochecito nuevo por todos los rincones del departamento.
El crepúsculo entraba por la ventana del living, tiñiendo
las sombras crecientes. Al otro lado de la pared surgía un
brillo. Lea, olvidando el cochecito fue hacia allí. Despacio,
registrando cada movimiento del brillo llegó hasta el rectángulo
de donde surgía. El rectángulo contenía en su
interior una mesa, como la del living, pero no la misma. Las sillas
también eran y no eran las mismas, la alfombra continuaba,
igual y diferente, y lo más importante, Lea estaba del otro
lado mirándolo, estirando su manito, hasta que el vidrio les
impidió seguir. Sonrió, el otro también, palmeó,
ambos lo hicieron. El otro tenía una sombra más extensa,
las cosas cambiaban a su alrededor, fluían. Algo acompañaba
al del otro lado, no se podía precisar. "Sin nombre"
envolvía al niño, lo acompañaba y protegía.
Lea abría más los ojos, tratando de captar con su vista
eso que resbalaba a las miradas, su reflejo se sentía cómodo
con esa segunda presencia y el también. La presencia no habló,
pero le hizo llegar a Lea la noción de que estaba con él
y que siempre podía llamarlo. Lea se sintió feliz, tenía
un amigo sin nombre, sin imagen y de múltiples imágenes.
Un amigo no definible, no razonable, solo se lo sueña o convoca.
El amigo lunar.
Primero se desprendió
la rueda derecha, luego el techo presentó un gran agujero en
el centro. Las ruedas restantes saltaron hacia los costados, rodaron
libres por el suelo. La pinza siguió arrancando pedazos del
caucho reciclado. Lea desparramó con sus manitos los restos
del auto por todo el pasillo. Se lo habían regalado hacía
menos de una semana. Sabiamente encontró la forma de romper
lo que se promocionaba como "irrompible". Primeras señales
de inteligencia, solo tres años y ya sabía que lo que
no pueden sus manos, Si lo puede una pinza tomada al padre. Mientras
tanto, mamá se preparaba para ir a trabajar. Solo se trataba
de una suplencia de unas horas por la tarde, en total serían
unas seis horas de ausencia. Lo cuidaría Teresa: "Es de
confianza, y mientras hace la limpieza del departamento" decía
mamá. Lea tenía por delante un océano de tiempo.
El tedio. Inmóvil -amenazando por Teresa- frente a la televisión
mientras ella planchaba. Las imágenes y diálogos crípticos
de la televisión se sucedían y Teresa barría.
El siempre quieto, no fuera cosa que metiera los dedos en la enchufe
o rompiera algo, pensaba la buena de Teresa.
Lejos del sillón a Lea lo esperaban los autitos, el tren, y
todos los rincones del departamento; sobretodo los rincones donde
podía comunicarse con "Lo" y el resto de los que
fluyen, con la brisa y el resplandor danzante. Quería bajar
acudiendo a esa llamada. "Chistt. Quieto ahí. No te muevas,
sino te voy a dar un chirlo. Callate y mirá la tele" decía
Teresa. Necesitaba eludir toda vigilancia para poder hablar con ellos.
Algunas afortunadas veces había logrado la suficiente abstracción
como para poder escucharlo a "Lo" o cualquiera de sus manifestaciones.
Fijaba su atención en un punto indeterminado: la pared, el
techo, un rincón, siempre puntos sin importancia y sin pensar
en nada especial, luego había un margen de indeterminación
entre el punto de abstracción y lo que había más
allá, entonces "Lo" hacía su aparición.
Lea entonces permanecía inmóvil, años luz de
donde suponían los demás que debía estar. Él
jugaba con "Lo" y se transportaba por impalpables hebras
de luz hacia los confines de lo que no tiene nombre y supera toda
imaginación. En alguna de esas ocasiones una estridencia molesta
tiró de algún lugar situado en su panza, y entonces
Lea cayó, encontrándose de súbito frente a la
televisión y la cara de Teresa que lo llamaba insistente. Luego
ya no podía volver, era difícil. Mucho peor era las
veces en que Teresa llevaba a su hijo de trece años. Su sola
presencia era estridente y molesta, además se complacía
en molestarlo, cuando Lea trataba de huir, el se empeñaba en
llamarlo y decirle cosas que Lea no comprendía, algunas veces
le decía "dormido" como Si tal cosa fuera algo muy
malo. Definitivamente le era imposible transportarse y conectarse
con los Fluidos cuando el hijo de Teresa venía.
El océano del tiempo terminó de escurrirse por una pecera
sin fondo, al fin papá llegó, mamá todavía
tardaría una hora en volver. Lea podía volver a jugar
todo lo que quisiera, pero ya no tenía ganas, prefería
hacerlo de otra forma, sin moverse. No solo la casa, sino todo lo
que hay más allá, sería suyo. "El Universo
es tuyo, pero no te muevas, sino todos esos animales gritones y estúpidos
te van a saltar encima".
La noche pesaba como una frazada.
Lea abrió los ojos. Frente a él bailaban plateados brillos
sobre la superficie laqueada del ropero. Corría agua por la
canilla de la cocina, el tintineo opaco de los platos resaltaba en
el silencio. Fue hacia la cocina. Mamá estaba lavando los platos
ya relucientes. Los dejó sobre la mesada, tomó un escobillón
y comenzó a barrer el piso por décima vez en ese día.
"Este hijo de puta de Gonzalez nos quiere envenenar. Mirá,
mirá el piso, todo blanco de DDT, eso nos tira por los agujeros
que hizo en el techo; por allí nos vigila; nos quiere matar.
Escuchalo... escuchalo... nos insulta. Hijo de puta. Gonzalez cornudo".
El frasco de pastillas de mamá estaba todavía sobre
la mesada de la cocina, casi vacío. Se suponía que eran
para adelgazar, pero ella siempre fue delgada, muy delgada. Lea volvió
soñoliento a la cama. Fuera de la casa el silencio solo era
roto muy ocasionalmente por algún auto que pasaba por la avenida.
Eran las tres de la mañana, y la mamá seguía
limpiando lo que brillaba y velando para que Gonzalez no volviera
a tirarles veneno por las cañerías de la luz.
Lea vio la pequeña jeringa,
con su agudísima aguja lista. Esta aguijoneó su brazo.
Ardía. No recordaba como llegó allí. Retenía
retazos de sensaciones e imágenes. Sabía que estaba
comiendo arroz, luego lo habían mandado a dormir. Lo siguiente
fueron los destellos dorados descolgándose de la nada, una
lluvia de esferas distantes. Abrió los ojos, los destellos
no estaban, pero todo a su alrededor ardía, su cabeza quemaba
contra la almohada, pero esta ahora era un ente agresivo y distante
que exigía energía como alimento. La almohada era un
enemigo y el aire caliente su aliado. El techo se movía y un
fuego sin llamas invadía toda la habitación. Volvió
a abrir los ojos al sentir el frío contacto del agua. Flotaba
sostenido por papá, tenía frío, no quería
estar allí. Odiaba el agua fría y no sabía por
qué estaba allí, Si ya lo habían bañado
a la mañana. Protestaba pero no parecían escucharlo.
Volvió la oscuridad que solo fue rota por la súbita
aparición de la jeringa pequeña del doctor que decía:
"¿Cuarenta y un grados? Hizo bien, el baño frío
es lo mejor para estos casos".
El quinto grado se hace pesado,
Lea no tiene muchas amistades. Un solo amigo, los demás son
solo cuerpos ruidosos y molestos, especialmente Carlitos. En una clase
siempre hay alguien que recibe más bromas que otros. Lea es
el más distraído, no le interesa mucho que sucede afuera,
son solo molestias. Carlitos, corre muy veloz, el no; le duele la
cabeza en cuanto se agita un poco. Aburridoramente todos los días
Carlitos este presente para hacer algo, para sacarlo de su mundo tranquilo.
Pero llega un momento en que Carlitos invade ese mundo también.
Ese mundo se alteró, hay que hacer algo. Hay que hacer algo.
Esa tarde en el recreo largo, después del almuerzo, estaban
todos sentados en el patio, obligatoriamente inmóviles, vigilados
por maestros y celadores. Carlitos venía caminando disimulado
entre las columnas del patio, llegó junto a Lea y lo escupió.
Él sintió en un ojo esa humedad pegajosa y repugnante.
Trataba de sacárselo pero no podía, se fregaba el ojo
y seguía viendo empañado, inundado por el pegajoso olor
de la saliva. Los habitantes del mundo fluido se agitan molestos.
Otra vez ingresó algo para perturbar con su mundo imbécil,
estaba sitiado por las hienas. Hace falta un correctivo. Hace falta
poner en su lugar a los que perturban El Mundo Fluido. Hace falta
terminar con los que quieren ingresar sin permiso. Terminarlos. Terminal.
"Murió de una larga y penosa enfermedad"- decía
el locutor en la televisión poniendo su mejor cara de compungido,
pasó un segundo y el rostro se animó -"Y pasando
a otra cosa. Nuestro corresponsal en Mar del Plata, Miguel Lopez:
Miguel... ?Miguel?. ?¿Me escuchás?. ?¿Cómo
está la Feliz hoy? ?"¿Mucha gente en la playa?"-
y seguía el locutor con su mundo de vacaciones. "Mami
¿Que es esa larga y penosa enfermedad", la madre con cierto
embarazo contesta bajando la voz "Cáncer" le dice.
CANCER, cáncer, cáncer, cáncer cancercancercancer...
suena maravilloso. Como el signo, como una estampilla que alguna vez
Lea vio, un torso comido por un cangrejo. En las fotos del libro de
enfermería de la madre hay varias fotos de enfermos cancerosos.
La mejor es la de un hombre con el labio tomado por "el mal",
este tiene una forma bulbosa, en el centro hay un pozo azul sucio.
El hombre tiene tapado los ojos con una banda negra superpuesta sobre
la foto. ?¿Quiere guardar el anonimato?. Cáncer. El
nombre suena chirriante, como los dientes que rechinan furiosos. Lindo
nombre: C-A-N-C-E-R... ?Cual podría ser?. Intuitivo encontró
el lugar indicado: los órganos se pueden operar y extirpar.
Pero hay algo que corre por todo el cuerpo, y no se puede sacar...
Allí debe ser.
Lea se inundó de esa marea que lo colma. Los habitantes del
Mundo Fluido, giran y giran, saltan, bailan, abren compuertas y la
sensación llena a Lea, lo mira a Carlitos y sabe, él
sabe... No hay palabras, no hay fórmulas especiales para recitar.
Solo él
pensamiento, apenas una pequeña, imperceptible verbalización
en "el otro idioma" y la sensación vidriosa, abandona
a Lea de golpe, lo vacía, lo alivia placenteramente. Ya fue
hecho. Solo queda esperar.
En sexto grado, es primavera.
Llegan de la dirección hasta el aula. Se trata de la señora
Estevez, la secretaria. Con la cara seca, pálida, compungida,
esta vez no habrá abruptos cambios de ánimo como en
el caso del locutor. La seriedad seguirá. La secretaria le
habla aparte a la maestra, la señora Solis. Esto parece una
epidemia, las caras duras, con los ojos hundidos, se contagian unos
a otros, el agente de transmisión parece ser los oídos.
La señora Solis, llega frente a la clase, pide silencio y lo
dice, casi como el locutor en la tele. "Chicos, siento mucho
esto, pero tengo una noticia muy fea - todos se agitan, alguno parece
ya saber que se trata y casi se esfuerza en adoptar el mismo rostro
que los mayores, aunque todavía no pueden porque no tienen
una muy buena idea de que se trata, hay murmullos de un banco a otro-
Carlitos murió hoy a al mediodía de leucemia".
Faltó que dijera Luego de una larga y penosa enfermedad. "¿Mami,
que es leucemia?" Preguntó Lea, "Es una variedad
de cáncer en la sangre" dice la madre distraídamente
"Ah, creo que ya sabía" dice Lea satisfecho.
Es el último año.
El Mundo Fluido se aleja lentamente, desplazado por otros rumores,
otras pulsiones y brillos, aunque aún no desaparece por completo.
Lea todavía puede convocarlos, el otro idioma ya va siendo
olvidado y los rincones no ofrecen el mismo refugio. ?¿A esa
maldición le llaman crecer?, Se pregunta Lea, sin llegar a
formularla con toda claridad. Esa pregunta se terminará de
armar después, mucho después.
Lea trataba de aliviar uno de sus periódicos dolores de cabeza.
Enfrentando el espejo del baño, con la punta de los pulgares
buscaba el latido sanguíneo en su cuello y apretaba, siempre
tenía cuidado de no excederse, llegaba al momento exacto, cuando
la visión se comenzaba a poblar de luciérnagas doradas
encerradas en aire acuoso y opaco. Nadie le había dicho como
hacerlo, pero él sabía que no debía dejar que
llegase la oscuridad. Al soltar de golpe su cuello, sentía
aliviado la embestida de su torrente sanguíneo recorriendo
con fuerza toda su cabeza, llevándose todas las impurezas que
le provocaban el dolor. Pero esta vez no resultó igual, la
visión se obscureció de repente y ya no sintió
los pies, lo despabiló el frío de las baldosas y el
ruido de su cuerpo golpeando blando. No se sintió asustado,
sino sorprendido ¿Cómo podías ser que le ocurriese
un desmayo? Eso no estaba planeado. La mamá corrió asustada
preguntando: ¿Qué pasó?. Ahora Lea tendría
que explicar todo, o casi todo. Los dolores de cabeza y su método
para combatirlos serían suficiente. Díez días
más tarde se encontraba acostado en una camilla con la cabeza
molestamente empastada en varios puntos de los cuales partían
cables. No era lo peor, también debía seguir las órdenes
del médico indicándole como respirar."A ver...
respirá con la boca abierta... hasta que yo te diga".
Lea ya tenía la boca seca y comenzaba a marearse. Mientras
las agujas trazaban interminables lineas sobre un rollo continuo de
papel. ?¿En que críptico idioma estarían escritas?.
Tal vez podría el doctor descubrir algo secreto sobre Lea leyendo
esos raros signos emitidos por su cabeza. A medida que se imprimía
la hoja, veía los leves cambios en el atento rostro del doctor.
Había algo mal, Lea no sabía que podías ser,
pero los rostros cuando menos mienten es cuando tratan de mentir.
Posiblemente el doctor estaba viendo de una misteriosa y muy oblicua
manera el "Mundo Fluido". Una mirada tangencial a una enormidad
bellísima y cambiante en el pequeño entendimiento de
los doctores solo ocasiona alarma. La única lectura posible
es rectilínea, según ellos. Las alteraciones indican
peligro.
Una semana después estaba el resultado. El doctor muy serio
pero tratando de distender el ambiente, sonrió al hacerlos
pasar al consultorio. "Disritmia encefálica- parietal"
o algo así decía el electro, un elegante eufemismo previo
a la epilepsia. Solo dos días más tarde iniciaba el
tratamiento consistente en tomar una pastilla antes de acostarse durante
dos o tres años.
Lea no sabía a que atribuir el paulatino alejamiento del Mundo
Fluido, solo lo iba olvidando, los caminos desaparecían. Las
pastillas daban resultado, ya no tenía esos continuos dolores
de cabeza. Ahora tenía los pies aprisionados en la tierra,
como querían Todos. Sin dolor, sin goce.
Otras fuerzas despertaban en su cuerpo y de momento no tenía
forma de dominarlas, tardaría muchos años en comprender
a esa maravillosa potencia salvaje y saber utilizarla a su favor.
¿Cuánto tiempo debe transcurrir hasta poder encontrar
la respuesta a una pregunta?. Tal vez varía para cada persona,
aún así siempre parece demasiado tiempo.
Los susurros y la brisa fueron tapados por toda la cacofonía
del mundo, aún así Lea jamás dejó de caer
en ese estado indefinible y flotante. Rescatar el Mundo Fluído
era su objetivo y obsesión. Tentó muchos caminos. Pese
a no haberse dejado moldear por el exterior le era casi infranqueable
la pared que lo separaba de la infancia y esa maravillosa espontaneidad
vital. No creía mucho en el mundo ruidoso - ruinoso del exterior,
pero este igual se impone prepotente y estúpido, como una factura
impaga.
Hay que recorrer mucho, Lea descartó varias puertas en su búsqueda.
Jamás confió demasiado en nadie, esta en su sangre,
lo mamó. Los demás tienen sus propios intereses y su
propia visón o falta de visión. Solo el debe encontrar
su puerta.
Al fin ya maduro la halló.
Tras las carencias están las futuras búsquedas y substitutos.
La tibia leche que anhelaba cuando bebé y que nunca era suficiente
para satisfacerlo, era la clave. Y el tibio sustituto la puerta anhelada.
Entonces, solo entonces comprendió y el Mundo Fluido cantó
para él y con él. En su mirada brilla el relámpago
de los "Espíritus Lunares". Ahora sabía. Sabe.
Nadó en la marea del
tiempo. Puede hacerlo.
Al otro lado surgía un brillo. Un rectángulo de luz
crepuscular reflejado, entrando y llamándolo. Al otro lado
esta la mesa del living, las sillas, la alfombra y el niño
cansado de jugar con el cochecito con su mirada brillante, ávida,
curiosa. El niño se acerca gateando y sonriendo ante lo que
no ve con los ojos. Aprendiendo a convocarlo. Preparándose
para cruzar El Umbral acompañado por los reflejos danzantes,
flotando -jugando con los "Lunares" y el amigo sin nombre...