De Diello De Borovnia
I
Hoy, día de los primeros estertores, se anuncia como el inicio
de la última semana de nuestra querida y gloriosa confederación
de Atlantis.
La Madre Tierra, ha decidido cambiar su orientación, con lo
cual alegremente nos arrastra a todos nosotros y nuestra cultura.
El pueblo ha salido a festejar el fin de nuestros días como
se debe, con una frenética orgía. En ella, nuestros
ilustres gobernantes se prestan gustosos a ser masivamente sodomizados.
Aquí podemos ver al rey quien en un alarde de amplitud democrática,
se está haciendo poseer contra natura por gentiles, nobles,
sacerdotes, esclavos (los más dotados) y extranjeros. La reina
se revuelca entre vómitos, heces y cerveza fermentada, mientras
es orinada por cuadrillas de subnormales contratados para la ocasión.
El pueblo festeja el feliz momento. Todo se termina, ya nada importa
en absoluto. No habrá más preocupaciones, esfuerzos
y luchas, toda lucha es inútil.
Los niños pequeños son muertos y preparados como sabrosos
manjares por sus madres, quienes desnudas pintados sus labios en sangre,
reciben en sus casas con tal banquete a quienes quieran entrar.
II
La Tierra gira cruel, ella parece solo desperezarse. Los más
antiguos recuerdos hablaban de esta cíclica costumbre de Cibhels
y también de otras esplendorosas civilizaciones colapsadas,
pero jamás fueron tomadas en serio. Los doctos dijeron que
se trataba de metáforas de las estaciones, del mito de la Edad
Dorada, de algún antiguo rito, o tal vez un cataclismo olvidado
de menor escala. Nadie quiso actuar. Ahora solo nos queda festejar
con los mejores licores el hundimiento.
Lo sagrado; Si es que alguna vez hubo tal cosa; se desvanece en una
oscura nube de flatulencia. Cabría pensar, Si no fue todo solo
una Gran e idiota flatulencia.
Las personas comunes, son eruditos y los sabios palurdos retardados,
sacudidos al son de átonos tambores. Las sirenas anuncian el
derrumbe y la respuesta son carcajadas.
Los poderosos ejércitos se han entregado a la bestialidad en
un entusiasta coito final con elefantes, caballos, bueyes, perros
y ratones, para finalmente entregarse los unos a los otros al más
amoroso canibalismo, seguido de tierna y conmovedora necrofilia. Los
generales primero.
Los sacerdotes se han dividido entre los negativos y los positivos.
Los primeros siguen con sus vacíos ritos, negando todo cambio
como Si nada pasase; son muertos pisoteados por el pueblo, ahogados
en medio de las orgías, no por rencor, sino porque son una
molestia al paso. Los segundos librados a su desesperación
elaboran nuevos ritos y creencias de último momento. Construyen
nuevos e ilusorios caminos en el aire, pero al primer paso se hunden
en el abismo de su falta de convicción. Todos terminan apilados
en fosas comunes, festín de ratas rezagadas.
III
El rotar precipitado y a la deriva de La Tierra, nos envía
a la destrucción. Congelados, petrificados para la eternidad
en medio de maravillosas e inmundas orgías. Cubiertos de excrementos
y vómitos, pues ya hemos pasado por todo y no hay otra cosa
que le interese a nuestra gente. El último gran objeto de deseo
es el ano y su producto. Todo vuelve a su origen. Dice la leyenda
que los humanos surgieron del excremento de Yeodh, el errante o el
Gran Payaso Universal. Pues entonces, volveremos al origen portando
en nuestras manos extendidas la última gran ofrenda olorosa,
rodeados de moscas. Así nos congelará la eternidad.
Algunas escasas y horribles hordas, pretenden vanamente oponerse al
curso normal de las cosas y buscan preservar todo lo rescatable, como
Si algo fuese a quedar. No pueden triunfar, sino esta Gran Muerte,
no sería tal, sólo una gigantesca capitulación.
Debiéramos impedirles todo esfuerzo por soñar el mañana,
pero tal acto implicaría dejar este tobogán engrasado,
tan placentero y vertiginoso. ¿Como? ¿La desidia, no
puede por sí sola contra las rocas y el agua?.
Faltan tal vez pocos días, para que todo realmente acabe. Ya
han partido varios locos hacia un horizonte cambiante. No hubo forma
de impedirlo, pues estábamos ocupados en organizar el siguiente
banquete de vómitos. Se fueron en improvisadas embarcaciones,
llevando consigo todo lo que pudieron, como Si de saqueadores se tratase.
La música, o su desganado recuerdo corona los últimos
festejos, la fiesta del fuego precede al hielo. El grandioso éxtasis
revienta en fogatas alimentadas por múltiples obras, libros,
muebles, personas, vestidos, la hoguera gime espasmódica, revoltosa
grita, se agita alzándose ululante y la eternidad nos encontrará
en sus cenizas, mientras esos locos, idiotas que se escaparon, lucharán
en vano contra un mañana cerrado, sin horizontes. Así
debe ser.
IV
La duda me persigue. Los últimos días se estiran y se
esparcen como las cenizas de las múltiples hogueras. Agotados,
muchos se recuestan a esperar. La fiesta continúa en esporádicas
explosiones. Algunos se sientan a la vera de los caminos, en las calles
y plazas, otros cuantos se han instalado en mausoleos, templos y monumentos
esperando ser eternizados junto a algo más duradero que sus
quebradizos cuerpos. Último gesto de oscura dignidad.
El rey y todos los gobernantes han sucumbido a las continuas sodomizaciones.
La reina y todas las grandes damas vagan locas, bebiendo semen muerto.
No quedan resplandores de fogatas y la mañana baja filosa,
fría.
Ya no hay festejantes, solo agonizantes y reptantes. Los vómitos
se han secado y escarchado. La pálida sombra de la música
se apagó, dando paso al silbar creciente de gélidos
vientos. El horizonte modificado, emblanquece ominoso.
Todos acurrucados, temblorosos, lloriqueantes, envidiando a los locos.
Grandioso sostén, la locura piensan algunos con los ojos perdidos
en la nada.
No hay fogatas, solo el blanco atroz. Unos pocos sobrevivientes intentan
recordar el fuego, pero ya no quedan recuerdos, todo fue quemado.
Tal vez los locos tenían razón y nosotros fuimos un
vano resplandor perdido, sin grandeza, ni interés. Hasta posiblemente
ya encontraron sus horizontes cálidos de arenas y agua. Nosotros
solo vamos hacia la bruma helada que nos corta el aliento, sorprendiendo
a muchos en el último y vergonzoso descanso; la sucia modorra
del borracho.
Congelada en la inmundicia termina esta confederación que alguna
vez supo desvelar grandes misterios de la mente que baraja el Universo.
Así termina este viaje, el hielo aplasta y resquebraja todo.
En esta lascerante oscuridad que se cierne sobre mí, privándome
de mis sentidos y movilidad, me arrastro con las piernas congeladas
tratando de encontrar un refugio donde beber el veneno que me evitará
más sufrimientos. Pero mis ojos nublados ven algo... Una gigantesca
silueta blanca, ocupa todo el cielo. No tiene rostro, ni formas. Es
solo una cosa que tapa el cielo y grita algo en un idioma imposible.
¿Se puede traducir lo que no es para ser modulado por una vulgar
lengua? No creo. El frío me aplasta y el descomunal ser repite
una y otra vez ... un sonido ... estridente ... irracional, más
allá de toda razón... tal vez... tal vez sea... ¿Una
carcajada?.