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EN EL MEDIO

 

 

POR: Marcelo Muller

x) Estaba ahí delante suyo rompiendo una pila de 100 o 500 revistas del primer número, y me miraba. El asqueroso hacía papel picado con mi revista y gritaba alegría, alegría. Tiraba los papelitos al techo y gritaba fiesta, fiesta. Si es gratis, decía descuartizándola. Y me miraba fijamente debajo del alcohol. Le quité la pila de la mano o despedazaba toda la tirada. El inmundo me dijo:
-¿Qué sos, policía? ¿Eh? ¿Sos policía?
Y me tiró en el pecho el mismo trago que le había convidado. Se abrió camino con los puños y desapareció en el bosque de monstruosidades.
Tenía que entrevistar a los Cagada Cargosa. Y me dijeron sí, porque nosotros tocamos esto, porque nosotros decimos lo otro. Y estaban sobre el escenario y no podían ni hablar.

x) Escribía una revista de rock y degradaba mi lengüaje con punk roñosos. Métodos de trombón, notas a bandas emergentes de mierda y a la estupidez consagrada; cuánto agregaba al pensamiento universal que el pelado de Lokrotomía se cortó el pelo a lo miau-miau. Condenado a escribir notas sobre las pelotudeces que sabían decir en un lunfardo que inventaban en el momento de hablar, supongo. Qué Qué, les decía.
-Nos gusta su revista. Lo que le pedimos es simple: ya que conoce el circuito, queremos que nos escriba algunas notas sobre los personajes que le digamos. Si nos gusta el personaje, le pagamos el informe.
-¿Sabe por qué es?
-Sí, descubre que le pagan por observar a los pájaros inmóviles.
-Queremos decir, ya que usted recorre la noche, nos gustaría un paseo por la galería de personajes. Sobre sus gustos, quiénes son y dónde viven. De paso gana unos dólares. Pero háblenos de la gente. Nosotros le pagaremos solamente la foto que nos guste.

x) El Gordo Marta reventaba los azulejos a cabezasos, partió el lavatorio con la frente, caía y se untaba un rato con el jugo del piso de la piojera. Luego salía hacia los salones de baile del bar. Su ojito de buitre localizaba las mesas de las chicas y se sentaba a soltar carcajadas de galán. Cuando se le acababan los chistes se quedaba dormido y veíamos crecer el charco de pis dónde había anidado. Se meaba encima con una sonrisa plácida como en un limbo infantil. Cuando cerraban lo barrían con los escobillones. En la calle despabilaba un poco, con los pantalones húmedos, y se acercaba a seducir de nuevo a las chicas como si hubiera bajado de un Aston Martin. Les decía ay qué linda que sos, qué lindo linyera soy.

x) El Gorrita saltaba de un lado a otro, el eterno bailarín, cualquier runrrún la sentía como la mejor música. Mientras saltaba en sus bailes soplaba algo que supongo serían palabras humanas. Más bien parecía como un poco de viento y mejor asentir para no pasar a las explicaciones. También le soplaba a las mujeres y ellas reían, se podían comunicar. Evidentemente ahí había un idioma fuera de mi alcance, lenguaje simio o casi.

x) A esta gente tuve que soportar durante estos años. A la policía le gustaba el medio. Lo usaban como mapa para ubicar la droga. También levantaban palabras para ver cuándo estaban hablando del tema. Los punk roñosos saltaban sobre la gente como si estuvieran en un tobogán. No sólo no sabían tocar, también contribuía con los métodos incomprensibles que publicaba en mi revista. Sacaba copias y recortaba de acá y allá sin verificar mucho; si pudieran leer y tocar lo que salía publicado, esa música sería muy extraña.

x) La sucursal de la CIA en Buenos Aires ocupaba un edificio de vidrio acá en el centro. Era tan obvio que nadie se animaba a reconocer lo que veía. Pasando las puertas había una sofisticada maquinaria de detección insectoide y terminaba el idioma. Los únicos que leían mis notas era la policía. ¿Escucharán la música de mis metáforas?
-Nos parece muy lindo todo pero esta gente no nos interesa. Le pagaremos un viático para que no se desanime. Pero queremos saber qué drogas toman y los que están más dispuestos a quedarse tranquilos y mirarse el zapato. ¿A esta gente le interesará la heroína?

x) En esas fiestas se miraban el zapato durante toda la noche. Embobados miraban el polvo o el brillo de sus calzados. Pero aspiraban a algo más fuerte para ver películas más divertidas. Se juntaban en caserones a punto del derrumbe, las ruinas de una herencia, ponían una música de una o dos notas en el tocadisco, la canción del om, tirados en las escaleras miraban sus zapatos, con el único baile de la respiración. Escribía lo que me pidieran por una nueva droga.

x) Al Nariz le gustaba el viaje. Llegaba a la piojera gritando vamos allá, vamos allá. Invitaba a la concurrencia con alaridos, de convencer también a los desconocidos que lo acompañaran. Llegaba a trompear a sus mejores amigos para dar más énfasis a lo que decía. Quería ir a otra fiesta en alguna piojera en la otra punta de la ciudad. Y cuando llegaba ahí: no es que se aburriese o reconociera su fracaso, sino que decía muy lindo todo, la pasamos bombaza, gracias por estos momentos, pero vamos a una jodita que me aconsejaron acá nomás en Florencio Varela? Enseguida invitaba a las trompadas a deprimirse en el culo opuesto de la ciudad, a los pocos segundos empezaba su violencia para el despegue. Sus fiestas siempre estaban muy lejos. Había que esperar colectivos fantasmas en el frío. Pienso que lo que más le gustaba era viajar a esa hora. Se sentaba en el último asiento detrás de la puerta a mirar a los nuevos pasajeros. Le gustaba el recambio, los empleados que gateaban de vuelta a sus camas, las chicas de las fiestas, las putas del cabaret, como un continuado de la realidad. Cerraba los ojos para disfrutar el vientito helado, los demás pasajeros no se animaban a pedirle que cerrara la ventanilla.

x) Trajes oscuros como si fuera una coraza queratinosa de plástico si es posible, anteojos negros para disimular la ausencia de ojos, ni un poco de piel a la intemperie, ninguna humanidad visible en estos aparatos y se sabe que la máquina americana es bastante defectuosa.
-Bien. Ahora nos gustaría leer en su revista historias sobre droga. Por qué no colorea aquí y allá, algo divertido, que a la gente le dé ganas de inyectarse, compárela con un jugo helado, queremos que la palabra heroína sea familiar y querida en el circuito, que vaya adueñándose de sus deseos.
-Pero nunca probé la heroína, no sé de qué hablar.
-Use la imaginación.
-Quizás si conociese un poco la sustancia, si ustedes me presentaran a la señora, pasar una etapa con ese color.
-¿Insinúa que tenemos algún contacto con una droga ilegal? ¿Está acusándonos de traficar?
-Imaginamos que nunca se le ocurrirá publicar alguno de estos diálogos. No hace falta que lo aclaremos.
-No, jamás denunciaría sus buenas intenciones. Nunca traicionaría a mi nación y a la democracia.
-¿De qué nación está hablando?
Espero que me corrijan, espero haber usado la palabra justa.
-¿A sus amigos les gustará la heroína?

x) ¿Cómo descubrí que querían vender heroína en este país? Porque mi lucidez ya pisaba el patio de la percepción extrasensorial. Se me ocurrió seguirlos a ellos. Imaginé el resultado si llegaba fuera de las reuniones al edificio dónde me programaban: un jardín de infantes, dirían que ahí no había ninguna oficina de ninguna CIA, y que en tal piso vive una familia desde 1935. Y si los vigilaba durante años solamente comprobaría que era una familia. Y si me animaba a preguntar en la embajada dónde encontrar la sucursal argentina de la agencia, me exportarían a la boca del demonio para ser torturado según la ley de su país libre y democrático.

x) Caminaba por el estómago de alguna piojera con un martini y la raquítica ambición de no derramar una sola gota y los punk roñosos volaban alrededor mío. En esa piojera había que mear en el piso. Quizás los inodoros estaban en el techo. Lo más terrible es la ausencia de clase. Si no les gustara tanto el papel picado, quizás este mercado sólo diese para sugus.
Do, re, do, lo único que decían. Venían corriendo y salpicando mierda, después de haberse revolcado a los pies de unos idiotas que tocaban como el orto, y decían do re do. Lo demás eran soplidos, onomatopeyas, sonido fisiológico. Cuando estaban lobotomisados lo único que decían eran unas notas musicales, cuando ya tenían el cerebro en conserva, solamente les salía música.

x) Algunos modernos creían ser muy creativos:
-Hacemos una fotocopia de la partitura que repartimos con las entradas anticipadas, llamamos por teléfono y les cantamos un pedazo, pasando por ciertos lugares pueden oir fragmentos hechos por los sonidos diarios, les pedimos que recuerden partes de la música de su infancia, proyectamos paisajes en algunas esquinas durante la semana, les recomendamos que experimenten determinados sentimientos o les damos la receta de nuevas emociones, les decimos que imaginen la música, y una vez acá armamos el resto. Solamente tocamos los puentes que unen la canción que construyeron alrededor de la semana.
O no hacían nada. Miraban al rebaño con sorna como si hubieran leído todos los libros, hace 20 años que escribí esa frase. Las cosas no cambian, se perfeccionan. Estos asesinaban mi paciencia; saltaba sobre la modernidad blandengue y los apuñalaba en el estómago hasta que mi mano pasaba del otro lado. Después me quedaba escuchando detrás de la puerta de mi casa durante varios meses. Tenían mi número, tenían mi revista, estaban ahí.
Lo peor de estos tiempos es la abundancia de creativos y la ausencia de creadores. Si la observación cabe en algún lado.

x) Los sábados a la noche Lui paseaba por los baños de los bares. Pedía permiso en la barra, rompía el espejo de un cabezaso, arrancaba las canillas y las puertas, meaba y cagaba por todos lados. Así iba de un bar a otro, convirtiendo los baños en espejos del interior de su cabeza. Nada le gustaba tanto como reventar baños. El ruido de los sábados amortiguaban las demoliciones. A la noche sólo le interesaban sus peregrinaciones de destrozos. Supongo que ya lo habrán matado. Después de hacer sus necesidades pasaba delante de la caja y decía buenas noches, muy agradecido, con una sonrisa desfocada. Si el dueño del bar salía a encararlo después de ver las ruinas, el espectáculo de sus ojos chillaba la inutilidad de preguntar nada.

x) -Pienso que debería probar la bondad del producto.
-¿Usted dice que nosotros vendemos droga? Estamos aquí para combatirla y para eso calculamos sería bueno que usted escribiera historias contando las bondades de la droga. Que diga que es una sensación de alivio tan grande.
-Para eso tengo que conocer la droga.
-No hace falta, vos escribí lo que te decimos.
-A mí nadie me dice lo que tengo que escribir.

x) Les pregunté a ellos, (cuáles cuentitos inundarían el mercado local con heroína al valor de chocolatines) qué interés podía tener gente tan importante y asesina por unos cuadritos de unos peludos piojosos, por qué les interesaba solamente su tiempo libre, por qué se ensañaban con las drogas que tomaban, por qué querían que inventara personas inclinadas a la ensoñación. Me pagaban cien dólares por cada foto que les gustaba; descartaban los sanos, los violentos, los que saltaban todo el tiempo como un resorte nervioso y compraban los cuadros del cuelgue, los que jugaban con su cabeza, los amigos de la contemplación, los silenciosos, inmóviles, pensadores, induciéndome a escribir sólo sobre ellos. Me obligaban, como no existían, a fantasear montones de rasgos improbables. Me habían cebado con la promesa de una nueva droga, imaginaba a las putas de nuestra sagrada televisión haciendo publicidades glamorosas del pico. Les preguntaba y ellos parecían estatuas, más bien de plástico, no se les movía ni un sólo músculo de la cara, como si nunca hubiese preguntado, alguna gelatina a prueba de balas. Cuando les preguntaba a mis amiguitos de la cia, la sensación de fragilidad era enorme, como una copa de vidrio a los pies de un huracán, me sentía como una bombita esperando la fuerza incontrolable de la desgracia. Me gustaba pasar a la siguiente pregunta y sentir que todavía estaba vivo. Me gustaba salir vivo de la cueva de la araña sintiendo en la espalda el impacto de futuros balazos.

x) -Nosotros fabricamos las preguntas. ¿Entiende? Que debe transcurrir y escribir informes sin cuestionamientos personales. Y contestará nuestras preguntas inmediatamente si no quiere enfrentar una vida de tortura.
-¿Y cuándo piensan vender heroína?
-Tuvimos demasiada paciencia, Sr Mierdita. Está haciendo apología de las drogas pesadas en una zona inocente. Vamos a llevarlo a casa, con lo que escribe pide a gritos que lo sentemos un rato en la silla eléctrica. ¿Qué le parece?
-Quiero el pico ahora o van a tener problemas.

x) A Pipi le gustaban los recitales por una cuestión deportiva. Le gustaban los grupos de 500 o mil personas en miniestadios. Se zambullía en la marejada, nadaba en la transpiración de la multitud, gozaba como un bebito cuando lo revolcaban las olas, cuando pasaba la rompiente levantaba los brazos como si hubiera ganado una batalla. Llegaba a los pies del ignorante que tocaba esa noche, cosa que a él no le importaba lo más mínimo, y saludaba al público que borboteaba atrás como un locro, como si todos fueran sus amigos. Incluso desafinaba cantitos de otro grupo, o quizás no se equivocaba, vaya uno a saber lo que pensaba el pipi. También hablaba en suspiros. Imposible averiguar si tenía una biografía, alguien que lo conociese, cómo hablar con alguien así. Si uno le preguntaba algo, soplaba un sí sí, eh eh, do re do, wiyi wiyi, decía, las preguntas lo ponían nervioso, buscaba a algún amigo, señalaba en alguna dirección y corría hacia la otra, se sumergía en su mamá marea. Le encantaba zambullirse sobre la gente desde el escenario. A veces cantaba algunas sílabas por el micrófono. Y sí, también cantaba éxitos de los grupos colegas. Estaba ahí arriba con su wiyi wiyi y su bailecito particular hasta que los gordos lo arrojaban de nuevo sobre el público. Pipi amaba a los gordos que lo arrojaban como a un pomelo sobre la multitud. El estado físico del pipi era excelente, desarrollaba músculos que solamente para ese deporte se necesitaban; no sé cuáles. Después de los bises caminaba hasta la parada del colectivo con sus sílabas incoherentes, saludando a sus millones de amigos. Después viajaba hasta su camita del suburbio. El pobre Pipi estaba más solo que un zapato perdido en alguna calle de barracas a las 4 de la mañana. Lo más cercano a una actividad sexual era cuando caía de cabeza sobre unas tetas hospitalarias. Esta era su orgía. Estoy convencido de que en la multitud eyaculaba un poquito. La policía insistía en pedirme las obras de la imaginación y yo me empecinaba en darles la realidad.

x) En los bares paraguayos todas las cabecitas levantadas hacia el bocón que gritaba pelotudez antihumana en la televisión, tenía a una nena de 7 años disfrazada de puta en el escenario, impunemente pisoteaba lo poco bueno de la especie. Son agentes enemigos, empleaditos del sistema antihumano. Trabajan para criaturas que no sienten lo mismo que nosotros, para vivir necesitan que la vida sea irrespirable, crear la situación demencial de vida. Cobran por generar espacios tóxicos. Pero sobre todo me gusta saber que ustedes, putos enfermos, leen todas las pelotudeces que escribo.

x) En la sala de espera de la oficina de la cia estaban todos los narquis del país. La longitud del pasillo y las sillas alcanzaban para hospedar a semejante fuerza laboral. No es que los conociera a todos, dejo constancia, no conocía a ninguno. Por el olor del miedo adivinaba su oficio. En alguna silla también estaba el presidente. Esperaban transpirando, sus ojos bailaban en una expresión de angustia, tratando de cambiar sus facciones para no ser reconocidos. Después de salir de las oficinas, luego de que terminaban los interrogatorios o lo que sea, en sus caras había algo mucho peor que el pánico. Incluso estaba Franklin Del Ano Roosevelt, DNI 41.887.017, que vendía papelitos en el techo de la piojera, cuando lo vi me dijo están todos asustados, me preguntaron si podía vender heroína para ellos y me dieron un papelito.
-¿A ver? -le dije.
-¿Qué cosa? ¿Vos sos loco? ¿Qué me estás diciendo? -decía Del Ano en el techo de la piojera -Yo no tengo nada que ver con nada. Sacame de acá. Me fugo hoy mismo. Ya compré el pasaje.
-Dale Martita, ya sabemos todos que estás en el tema. Te doy toda la plata que tengo encima.
-Mirá, esto todavía no tiene un precio.
-Tengo cuatro pesos...
Entonces yo fui el primer cliente. Mientras trataba de pincharme la vena puse una birome cerca para escribir el informe.

x) Era capaz de cualquier cosa por una droga nueva. Como la canción de Huey Lewis. Y los analfabetos siguen tocando. Sus abuelos llegaron aquí para trabajar de obreros, sus padres se hicieron profesionales, abogados, médicos, taxistas. Los hijos de los hijos son músicos de rock. ¿De qué sirve la música en el infierno? como beber el rocío de las agujas de un cactus.
"Decimos enfrenten a la policía" "decimos oponernos al sistema..." ¿Por qué no escribían una carta o un discurso, por qué no hablaban solos en el colectivo, o enfilaban a la literatura, en el caso de que la literatura tuviese que decir algo? Leer una impresión de sus letras era como morir feamente. Además de ignorar el manejo de una sola palabra, en conjunto no alcanzaban la importancia del llanto de un bebé. Su discurso contestario tenía el grado reflexivo de un berrinche en el corralito. Hay una letra que es todas las letras: "se me acabó el faso, cana puto, te voy a matar, a la noche rocanroll". Gracias a mis notas muchos van a morir.

x) Escuché a un cantante exelectrónico experimental neoclásico (bienvenidos al emporio del adjetivo) infectado por la pose Satie: "La canción nace de la palabra. El sonido de cada palabra dice cómo será la canción, la reunión de algunas da origen a a la melodía. "El fuerte en el puente qué defiende", ¿la escuchás? Así que prefiero juntar varias en una hoja y que el oyente construya la canción en su cabeza. Alrededor de la melodía escribo un marco de ruido muerto. No sé cómo funciona el experimento, aunque en el encabezado de cada fotocopia dice 'lealo como música', creo que cada uno genera una melodía distinta. A partir de la elección de frases que hice, pienso que cada uno escucha su propia canción. Entonces yo qué soy, el autor de la canción o un simple boludo".
La respuesta era obvia.

x) Los llevaban en taxi. Los buscaban en los edificios, en los sótanos, kiosquitos y los llevaban a pasear en taxi. Se veían tres nucas en el asiento trasero. Dos como si fueran de plástico y la del tembleque en el medio. Los llevaban por diferentes barrios, supongo que anticipándoles el panorama. Las nucas de mis amiguitos de la cia cambiaban de colores. Desde grises, azules y la del pobre humano que vibraba como una máquina blanda en el medio. Las nucas de mis amigos de la cia se coloreaban en oposición al día. Después de una curva eran cubos o estrellas, en el próximo semáforo las cabezas se amplificaban como gelatina en el taxi como en una pecera. Luego se asentaban más como un isósceles. Y el pobre humano vibraba solamente como un pobre humano. Me pregunto cómo me estarían viendo. Porque estaba seguro de que me seguían, lo sentía con la certeza de un cáncer de estómago. Las nucas de los policías me sonreían.

x) Vamos. A ninguno de estos le interesaba la creación de algo hermoso o seguir martilleando hasta romper estos paredones viejos. A la mayoría sólo le importaba romper habitaciones de hoteles, cambiar de concha todas las noches, ver la cara del dólar. Me parece que les interesaba más la parte narrativa del asunto, todos querían ser la película de jim morrison. A la larga era una cuestión más literaria que musical. Después de aprender los tres acordes ya se lanzaban a los estadios. Nadie escuchaba música, ninguno se asombraba de lo milagroso e increíble de que exista algo como la música, de que fuese posible la música en un lugar como éste.

x) Destilar el orín y el vómito de la ciudad y un mar de eso alfombraba la piojera. Las paredes pintadas con sangre de cloaca. Era como una caja de plomo. El poco aire entraba con los clientes. Si alguien tiraba la cadena una marejada de mierda arrasaba con las mesas. Toda la asquerosidad inconsciente de la ciudad terminaba en esta cámara aséptica. El aire de la piojera provocaba locura, enfermedad, crimen. Estaban los falsos artistas, el ambiente carcelario y los que iban siempre. Imaginen a la ciudad como una gran piojera, como un bar de roquitos apestosos, la piojera era el baño. Es un ejemplo despiadado del país. Y las pobres y tristes criaturas que agonizaban en la pecera de alcohol, expuestos a las radiaciones. Sin embargo, en la piojera importa quién conoce a quién, quién habla con quién, los comentarios, la distancia con las clases bajas. Los pobres que tienen esclavos. Y las mujeres, incluso el monstruo más espantoso se cree marilyn monroe. La histeria de la piojera indica que este país debe ser extirpado del planeta como un mal sueño. ¡Leprosos hipócritas! Ustedes, amiguitos de la cia, pueden hacerlo. Habrá chillidos, y algunas manchas, pero no importa, ustedes no son humanos.

x) La verdad es que no les importaba cuáles eran las drogas adecuadas. Pensaban imponer un producto aunque a nadie le interesara, inventar una realidad. Es decir, inyectarían la droga sin que nadie lo pida en las venas de buenos aires y repetirían la dosis hasta convertirnos en adictos.

x) -Bueno, bueno, quiero que me den de tomar ya mismo o llamo a la policía.
-Nosotros somos la policía. ¿Qué querés denunciar?
-Me refiero a la ley de este país.
-¿Cuál país?
-Denme droga, cucarachas alienígenas, si no quieren tener un problema.
-Si le pusiéramos un polvo delante suyo, ¿usted se lo inyectaría en la vena sin averiguar nada?
-Como un vaso de agua helada.
-¿Y si en lugar de H le damos veneno?
-También es un viaje.
-¿Pero entiende el grado de ofensa que comete contra la institución más noble de américa? ¿Está insinuando que nosotros podemos suministrarle droga? ¿Se da cuenta de lo que dice?
-Quiero droga ya mismo o publico esta historia y la distribuyo en todos los medios.
-¿También pretende que le busquemos la vena?
Pusieron una papeleta abierta ahí delante. Las narices se me dilataron. Me puse como un escalofrío. Era el instinto de drogadicto, el llamado de la vocación, como si hubiera nacido para eso. Se parecía al pis deshidratado.
-Ya tuve ocasión de probarla. Pero no estoy seguro si era heroin. Por eso quiero tener la garantía del gobierno de estados unidos de que lo que me voy a inyectar en las venas es heroína.
Me enseñaron la cocina del pico. La calentaban ahí. Cargaron la jeringa. Me arremangaron un brazo. Me hicieron tuc tuc en la vena.
-¿Confía en nosotros?
-Confío en los productos de la madre patria.
Metieron la aguja en mi vena. Y dijeron que yo tenía que empujar el émbolo, supongo que por una cuestión legal.
De pronto me dí cuenta de una cosa. Estaba dentro de una sucursal de la cia.
-¿No me pondré paranoico?
Ya estaba hecho. ¿Será como la canción?
-Mejor váyase a cabalgar el mono afuera. No queremos escenitas en la oficina. Ya no nos interesa lo que escribe.

x) Las malditas mierdas inmundas me miraban detrás de su coraza de cucaracha. Había publicado una fotito de su presidente chupando la pija con photoshop. El imbécil parecía muy feliz con el pene de un negro en la boca. Y ellos financiaban la tirada. Los miraba fijamente tratando de descubrirles algo de humanidad, algún vicio. Eran material descartado de alguna mierda de efectos especiales. Les pregunté si tenían mamá.

x) Dentro de poco...
SI LE INTERESA SABER COMO TERMINA ESTA HISTORIA COMPRE LA VERSION IMPRESA SOLO POR PEDIDO A marcelofiera@yahoo.com.ar
EN CASO CONTRARIO, COMO DICE EL VIEJO CHISTE, SI NO ME LA CHUPAN NO SIGO.


x Marcelo Muller