Por MARCELO MÜLLER
Frío de sábado a la noche, la
peor clase de frío. Divertirte te empuja a las calles y las
calles de vuelta a tu casa. Salgo a ver qué pasa pero nunca
pasa nada. Puedo sentarme en el medio de la calle y no pasará
nada.
Estoy en la puerta de un sitio del rock, más que nada por la
carne. Un ex-amigo corta los boletos en la entrada. Hace años
que no lo veo. Me pregunta cómo va todo. Es el manager de la
banda, me dice que no puede hacerme entrar gratis. Escapo de ahí.
Le deseo un camino rápido al top forty.
Las oportunidades encogen. Estoy sentado en un bar de novias por hora.
Al lado de la ventana. La gente pasa y me ve y les sonrío.
Es como en el zoológico. Lástima que no me tiren galletitas.
Miro en torno. Las trabajadoras y los hipotéticos clientes.
Cuando pruebo el café, se me borra la sonrisa. Dos putas me
miran. Una usa un vestido con una frutilla y la otra plumas. Me miran
y les correspondo. Un tipo se sienta en el cruce de miradas. Vacila
un poquito. Luego tartamudea con mis chicas durante un momento y se
arrepiente. Otra viene desde el fondo y se sienta con el tipo. La
puta de la frutilla, mi amiga, me mira. Me mira y me dice: -¿Qué
mirás? No entiendo. A vos, me dice, ¿qué estás
mirando? Me acerco. ¿Para qué me mirás, pelotudo?
No te das cuenta de que me cagaste el cliente y vos no tenés
guita para pagarme.
No sé qué decirle y me dice tomatelas pelotudo. Las
plumas me pide un cigarrillo. Le enciendo mi cigarrillo y sigue hablando
con sus amiga. Como si yo no existiera. Insisto pero no obtengo respuesta
y vuelvo a mi asiento. A terminar el café y mirar a mi amiga.
La miro todo el tiempo y ella sabe que la miro. Entonces salta, suelta
un qué mirás a los gritos y se agarra la concha. El
café se me cae por la risa. La frutilla sale corriendo hacia
el fondo y le llora a sus cafishios. Es hora de irse antes de que
me maten.
En la calle un diario se me pega en el pie. Es la página del
rubro 59. ¡Qué coincidencia! ¡Una señal!
Llamo a uno de los números. Una chica me da la dirección
y la tarifa. No me rindo, hasta no haberlo perdido todo nunca me rindo.
Es en un octavo. Saliendo del ascensor hay un olor a mierda increible
a lo largo del pasillo. Es el departamento G, abren y descubro el
origen del perfume. Un gordito medio siniestro me atiende. Me dice
'vos dirás'.
Un chori con fritas, gordi.
Le pregunto por las chicas y me dice que hay que pagar para ver. Pago
y subo a un entrepiso dónde está la cama. La chica es
una sola y no es ninguna reina. La reina de nada me dice que me ponga
cómodo. El gordito se esconde en el baño.
No estoy acostumbrado a coger con un gordo escondido en el baño.
Me desviste. Sabe cuidar su fuente de trabajo. Me la chupa y no sé
cómo mi pene aparece engüantado. Ningún mago enseña
esos trucos. Frente a la cama hay un ventanal y se ve un buen pedazo
de noche. Eso está bien. Se aparta y me meto en la caverna.
Le doy bomba y pienso en el gordito adentro del baño. No hay
caso, le digo.
Me la chupa de nuevo. Lo hace con cariño. Algo en eso me recuerda
a mi madre. Extrae hasta la última gota de mi mala leche. Luego
unos minutos de cabeza apoyada en mi estómago y mirar la noche.
-Hace frío -me dice.
-Sí.
-Cada vez hace más frío, antes no hacía tanto.
-Sí.
-¿Será por el ozono?
-No sé.
-Un amigo me dijo que estaba justo encima nuestro.
-Es posible.
-Ese agujero nos está robando todo el calor.
-Creo que sí.
El tiempo se acaba.