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Mal Vestido

 

 

Estaba en mi casa. Solo. No era la primera vez. Es más, casi toda mi vida había estado solo. Pero en esta ocasión la soledad me pesaba como nunca antes, me tiraba hacia abajo, como un grueso yunque atado al cuello.
Hasta hacía unos meses atrás había compartido mi casa con una chica unos cuantos años más joven que yo, que ya había cumplido 40. Nos conocimos, nos gustamos, nos enamoramos, vivimos juntos y nos separamos. ¿Qué había de nuevo en eso? Por lo que yo sabía de la vida, esa situación no dejaba de ser normal. Sin embargo, nunca en otras ocasiones había sentido esta soledad como una carga. Al contrario, con mis novias anteriores la separación había sido casi siempre un alivio, como sentí que lo sería ahora. Pero en cambio ver los muebles que habíamos compartido, la misma vajilla que ella ni se molestaba en lavar, dormir en la cama que nadie quería tender, se me hacía insoportable. Inclusive abrir el placard y encontrar la ropa que ella había dejado: sobretodos, camperas, vestidos y hasta bombachas y corpiños que Julieta jamás volvería a usar, me oprimía el corazón, forzándome a una mueca que se detenía al borde del llanto.
Este sentimiento se había acentuado ahora que ella había dejado el país. Porque, si bien hacía seis meses que no éramos más novios ("novios" ¡qué palabra!), existía una relación que casi nada tenía de físico (lamentablemente para mí), pero mucho de afectuoso y hasta de intelectual. Ella hacía ya tres meses que había decidido viajar a España a probar suerte. Yo la había apoyado en esta decisión porque creía sinceramente que era el momento indicado. Julieta tenía una edad perfecta para buscar su camino (22 años), había escrito una novela (que en Argentina no logró publicar), e intentaba triunfar como actriz (cosa que en Buenos Aires no le había resultado). Madrid se presentaba como una oportunidad más que interesante.
Existía una razón más profunda, más secreta, por la que yo la alentaba a viajar. En cuanto ella se marchara, ya no sería más responsable de su vida. Era un pensamiento tonto, porque en verdad ya no tenía que velar más por ella, que no había perdido demasiado el tiempo desde la separación (e incluso antes de ésta) para relacionarse con otros hombres, para mi propia sorpresa, mayores que yo.
Como fuera, ya no le guardaba rencor por esos deslices que tanto me hicieron sufrir al enterarme por boca de otros, y hasta la acompañé al aeropuerto junto con su madre para despedirla. Un poco de risa, unas breves lágrimas, un roce en los labios y la escalera mecánica se la llevó lejos de mi lado por primera vez desde que nos conocimos, hacía ya cuatro años.
Esa tarde llegué a su casa cuando Julieta armaba la valija. Su cuarto era un caos aún mayor que lo normal. Pilas y pilas de ropa arrugada, hojas mecanografiadas y manuscritas, libros y revistas desparramados por el piso, cosméticos volcados, contrastaban con el orden psicótico que mantenía su madre en el resto de la casa.
Miré con disimulo el interior del cajón de su mesita de luz (un deseo que siempre había querido concretar) pero ya estaba vacía. Sólo una foto carnet de ella a los 16 años me miraba desde el fondo. La foto correspondía a su período más oscuro, llevaba el pelo teñido de negro, los ojos cubiertos de rimmel y la boca pintada de rojo oscuro, contrastaban con el blanco de su piel. Su mirada tenía la intensidad que aún hoy conservaba, aunque su imagen fuera más civilizada, más correcta que entonces.
-Ésta me la quedo -le dije, y la guardé en mi billetera, en la parte transparente donde llevo mi cédula de identidad.
-¡Estoy horrible! -se quejó ella, sonriendo.
-Estás hermosa -dije yo, y guardé la billetera en el bolsillo.
Y ahora estaba en mi cama, observando su carita de muñeca de 16 años. Su foto tapaba la de mi documento, pero al lado podía leerse mi nombre. Me disponía a masturbarme en honor a los viejos tiempos, cuando sonó el timbre. Intenté ignorarlo y seguí en lo mío. El timbre sonó tres veces más. Me levanté maldiciendo, me puse una bata, un par de chancletas y salí a abrir. Atravesé el pasillo que separa mi casa de la puerta de calle, mientras veía que en el vidrio de la entrada se recortaba una figura femenina que en ese momento se estiraba para tocar el timbre una vez más. "¿Julieta?" pensé extrañado. A primera vista esa silueta era igual a la de ella, que tantas veces había mirado al caminar por ese pasillo. Aceleré el paso y me apresuré a abrir, justo cuando la figura se disponía a marcharse. Una mujer vestida con harapos se dió vuelta y me miró desde el fondo de sus ojeras. El viento helado del invierno volaba su pelo sucio. Dos grandes surcos ponían su boca entre parentésis, la piel y los ojos eran oscuros.
-¿Sí? -pregunté.
-¿Tiene algo de ropa que no use?
Hay veces que el destino nos tiende trampas en las que es casi inevitable caer, otras veces caemos porque queremos. La posibilidad de hacer una buena acción y a la vez despojarme de lo inútil, de lo que me dañaba, fue muy fuerte.
-¿Ropa?, sí, por supuesto, espere aquí. -la miré a través del frío, vestida sólo con un liviano solero, un buzo y unas ojotas -No, mejor pase, pase.
Me miró con desconfianza, le sonreí y le di paso, de pronto una sonrisa relajó sus rasgos y pasó. Atravesamos el pasillo y entramos a mi casa. El ambiente se impregnó de un intenso olor a fluídos corporales en descomposición. La mendiga observaba todo a su alrededor, sorprendida. Mi casa no es lujosa ni mucho menos, pero supongo que comparada con el lugar donde ella vivía, era un auténtico palacio.
-Pase, por acá, por favor.-la guié hasta mi cuarto y abrí el placard. Empecé a descolgar camperas, vestidos de fiesta, un par de chalecos, abrí un cajón y saqué bombachas, corpiños y medias. En otro compartimento encontré dos pares de zapatos, unas botas y un par de zapatillas. Todo estaba en perfecto estado. La mendiga observaba maravillada las prendas que yo iba sacando, dejaba una y tomaba otra, y se miraba al espejo como si estuviera en una boutique. Fue entonces que se me ocurrió la idea.
-¿Te gustan? Son tuyas, ponételas. -le indiqué, tuteándola por primera vez.
Se quedó mirándome con desconfianza, sin saber si huír o ponerse la ropa. Aún sujetaba un vestido contra su cuerpo cuando le dije "Cambiáte tranquila, te espero en el living".
Sin esperar su respuesta salí de la habitación. Mientras me servía un trago algo en mi cabeza latía desesperado. Era una pregunta -¿qué estoy haciendo?-, una pregunta que ni pensaba responderme. Necesitaba tanto tocarla, estar con ella...escuché en el silencio la puerta que se abría, unos pasos, y Julieta, que venía de mi cuarto, entró al living.
Ciertamente era más baja de estatura, y bastante más gorda. Pero el pelo le caía lacio hasta los hombros y, de haber estado limpio, quizás hubiera brillado de la misma forma. Toqué el interruptor y el cuarto quedó en penumbras, iluminado sólo con la luz del atardecer. Ahora el parecido se había acentuado, ocultas las arrugas de ese rostro castigado por la edad y la pobreza.
-¿Cuántos años tenés?
-Cuarentidó...¿qué quiere?
-Acercáte.
-Mire que yo no soy una puta.
-¿Y quién quiere una puta? -apuré el whisky buscando que la pordiosera se convirtiera de una vez por todas en Julieta. No hubo caso.
-¿Te sirvo algo?
Sus ojos brillaron y se mordió los labios al observar la botella de whisky. Tomé un vaso y lo serví hasta la mitad.
-¿Hielo?
-Sí, gracias.
Ahora nos estábamos entendiendo.
Al tercer whisky le puse la pija en la boca. La mendiga se levantó como impulsada por una catapulta, el vaso le voló a la mierda y cayó en un estallido cristalino.
-¡Le voy a contar a mi esposo! ¡El Ramón te va a partir la jeta!!!
-¡Rajá de acá, villera de mierda! -le grité mientras la arrastraba a la puerta de los pelos. Si bien las mujeres no me querían yo todavía conservaba un cierto amor propio. Caminó torpemente todo el largo del pasillo, con las botas de cuero con plataformas y una minifalda de raso que Julieta sólo había usado una vez, hasta la puerta de calle. Abrí como pude y la empujé. Allí se dió vuelta con los puños cerrados y empezó a vociferar insultos. Ahora sí que estaba igual a ella. Cerré de un portazo y volví a mi madriguera. Allí dentro el mundo era un caos, pero no tanto como afuera. Y mis ganas de ver a Julieta se estaban transformando en una obsesión. Entré a mi cuarto y casi sin pensarlo me quité la bata. Así, desnudo, tomé un vestido de Julieta que estaba sobre la cama, junto al resto de la ropa, y me lo puse. Corrí a mirarme al espejo. Ya la noche había caído, entonces encendí una vela y observé mi imagen en la penumbra. Faltaban cosas. Busqué una vieja peluca, negra y lacia como el pelo de Julieta, que tenía de mi época de actor. Me la puse. Ahora era otra cosa. ¿Qué más faltaba? ¡Ah, sí, el maquillaje!. Abrí un cajón de la cómoda y encontré un rush y un delineador de ojos, todos cosméticos abandonados por Julieta en su huída. Me maquillé y le/me dije hola.
Yo la miraba como a Alicia, del otro lado del espejo, pero al menos parecía cerca mío. Claro, nunca intenté tocarla, sabía que eso era imposible. Ella era una imagen (mi imagen) y nada más, que me observaba. Pero fue a partir de esa mirada que descubrí el poder de los gestos. Mirando fijo y frunciendo la boca la traía al lugar. Julieta estaba ahí, conmigo. Se me ocurrió cambiar los muebles de lugar y puse una mesa contra el enorme espejo, me serví algo para tomar y me senté frente a ella. Casi no hablamos, simplemente tomábamos el whisky y sonreíamos mirándonos a los ojos.
En mi billetera, su foto aún cubría la de mi documento de identidad.