Primera foto: una hormiga del
tamaño de mi zapato corre como un rinoceronte hacia mis coordenadas.
Supongo que sin buenas intenciones o ninguna bienvenida.
Los pequeños detalles desintegran la cordura. A veces atacan
como un ejército minúsculo. Como una conspiración
para aniquilar al hombre común. La pequeña desgracia es
causa de masacre múltiple.
Es tan fácil deprimirse
en el paraíso. Basta mirar la felicidad fácil. El cielo
es un lugar ideal para el suicidio.
Lo primero es avisar a tu enemigo que estás en su territorio.
Gringo, gringo, me grita un viejo pedo con
un taparrabos cagado. Por alguna extraña causa cree ser mejor
que un argentino. Yo soy hijo de inmigrantes. No siento nada por haber
nacido aquí, salvo un asco permanente y la necesidad continua
de matar a alguien.
Estoy en la zona de mi maldición. Si
me joden lo devolveré multiplicado.
20 minutos después de ingresar en el
territorio estaba gritando viva perón en la garganta de una
cosita. Sólo estar en la zona de influencia de su perfume hacía
que la cabeza del borongau se me clavara en la mandíbula. Un
buen lugar para vivir. ¿cómo ilustrar las maravillas
de ese lecho marino?
Tanta espesura, como si fueran a crecer plantas
en la gente. Tanto color es insalubre.
Para llegar a la isla hay una noche con una
cortina de agua fosforescente. El pueblo parece disneylandia. Lo primero
es localizar el codo de magia. Aquí todos tienen un numerito
para que los miren, importa el qué verán.
a veces basta una foto. Luego hay que filmar la acción. Para
señalar el jugo la palabra.
20 minutos después de la llegada elegí a la más
linda de tres. Elegir es utopía.
por ahí mirando el mundo a la altura de mis zapatos. Es suficiente.
debo hacer mis pequeños movimientos.
La macumba florece en los márgenes. El agua llena de peces
de colores. Evidentemente había que arrojarse del muro de la
fortaleza colgando el pellejo en los dientes de las rocas. Al tocar
el agua siento que me explotó el hígado. Los peces son
seres extraterrestres que observan mis actos, evalúan si soy
comestible.
Las fotos serían las arrugas de la arena.
El jugo la crueldad de las playas. La acción:
Lo bueno de vivir aquí es no entender
mucho el idioma. Habitar la envoltura, como una mosquita caminando
en el agua, y no ver la maldad y las miserias que dicen.
Estoy fumando. El mar es una antena y escucho
conversaciones a miles de kilómetros.
Soy un bichito de la suerte, un bichito de
la suerte, dice y te clava de un solo aguijón en las vértebras.
Les decís 'si sos mago por qué
vivís en el orto de una fabelita' y te sonríen inoculándote
el cáncer.
En la pantalla de mar y cielo hay un millón
de mensajes no recibidos. Qué hago aquí? ¿dónde
soy?
Ratas de playa espían a los novios y
se masturban.
La madre de mi antigüa mujer era una enyetadora
profesional. Me acuerdo estar tirado mirando el oso yogui y veía
pasar viejitos de saco y corbata hacia el galpón del fondo.
Me asomaba y los veía pintados con sangre, emplumados, bailando
en bolas la canción de los tambores. Dicen que todos venimos
del africa. Después la señora soltó a sus demonios
por no haber soportado a la hija hasta mi último suspiro.
La gente cree en la magia. Solamente hay magia mala. Es muy difícil
crear un pequeño espacio de bondad. Lo fácil es el odio,
los sueños de muerte, rayos de deseos horribles, etc.
Casi olvido a la más linda. Soy el
borrador de su sangre, un cheque de ojos azules (de tanto mirar el
frío). Nadie quiere a los negros, salvo las buscadoras de pija
grande.
Me deliberan y me desean, me apuntan con sus
linternitas, sólo por estar ahí.
Estoy en la ciudad de las putas y de las ratas, de los
chicos que fuman crack, la capital de la magia, el lugar del todo
es por algo. Inmediatamente me hago amigo de las putas y de la escola
travesti. La escena justa: fumo en una calle lateral. Una puta mendiga
se ofrece por un dólar. Le dí el dólar por nada.
Entre la basura había uno cagando humo. Vino la gorda madame.
Se fumó mi porrito en dos caladas. Le pregunté si ahí
fumaban crack. Dijo que sí. Y me mostró el cubito de
base pegado a sus pezones. Como diciendo viste qué horror.
Le dije que se le iba a humedecer. Después me arrepentiré
por no haber aceptado la chupadita. De vuelta a la luz vi a un gordo
que vendía vudú, me miraba con dos rayos. Ahí
estaba el codo. Lo descubrí. Me siento a mirarlo fijamente
absorto en una combustión espontanea. Más adelante no
lo vi más. ¿me habrá clavado su aguja o habré
segregado mi escudo?
Antes de morir quiero dar otra vueltita.
Escribo en la arena, para que lea el viento. Escribo
en el agua, en el fondo del mar. Los peces observan las frases, tal
vez lo transmiten a otra galaxia: -che, acá hay pelotudos que
quieren escribir en el fondo del mar.
envejecer es ser comido por algún universo papaleo.
¿y si me retiro de espaldas, haciendo
cuernitos?
Volver fue casi imperceptible. Hay unas piedras
filosas dónde caminar mar adentro. Caminé bobotizado
por los colores de los peces, con el agua hasta la rodillas. La playa
había desaparecido. No la ubiqué. Seguí caminando
por el mar durante varias semanas. Tropezando, cortándome los
pies con las cuchillas de piedra. Perdiendo tibia, dedos, planta.
Por fin fue abultándose una costa. De a poco vi crecer la silueta
del puente avellaneda. De vuelta en el infierno. Antes:
una sonrisa en una farmacia.
Luego estaba recorriéndole la boca. Mares, bosques, montañas.
Movimientos sutiles y devastadores. Alguna orquestita tocaba a tchaicovsky
en berimbau. Miré hacia abajo y los pies flotaban en el aire.
Habíamos salido del mundo.