Por MARCELO MÜLLER
Desde que la conoció, a la salida de un cine, su primer sentimiento
fue la desconfianza. ¿Por qué se acercó al excremento?
¿Quién puede vivir con la inmundicia? ¿Cuales
eran sus dobles intenciones? La miraba con una ceja levantada.
-¿Qué te pasa? -esta vez ella empezó con las
preguntas.
-Te miraba.
-Estás raro.
-¿Y cómo soy para decir que estoy raro?
-Me voy a poner nerviosa.
-¿Sí? A ver...
La miraba mientras tocaba las plantas y besaba las hojas. Enterrada
en la maceta, cerca del tallo, sobresalía el dedo de un hombre.
Ella decía que tocarlo era como si le prendiesen la mecha.
¿Quién podía creer semejante cosa? Ella decía
que lo amaba. (¿¿¿Cómo era posible amar
o querer o, por lo menos, tener un mínimo grado de simpatía
por una inmundicia tan carroña como él???) Se le subía
encima y comenzaba la cabalgata; él no dejaba de observarla
ni un minuto. Intentaba leer en el sudor de su frente, en la manera
que torcía el cuello, que mordía sus labios. La olía,
probaba el gusto de su transpiración, evaluaba si tenía
olor a sexo. Escuchaba atentamente cada palabra durante el hipotético
arrebato pasional, las analizaba. Intentaba descubrir cualquier indicio
de que el placer era falso, si algo desafinaba, la verdad de sus jadeos.
Con el dedo probaba el gusto de su humedad.
A veces, de pronto, saltaba afuera de la cama.
-Mentís. Vos no estás gozando.
-¿Qué te pasa, idiota?
-¿Por qué querés hacerlo si no gozás?
-Pero, ¿estás loco?
Empezaba a insultarla, a llamarla de las peores maneras con que uno
puede nombrar a una mujer y ella saltaba a clavarle las uñas.
Algunas de estas escenas desembocaban en la violencia.
Guardaba pedazos de niño en el congelador. Los brazos, la cabeza,
los pies envueltos en bolsas blancas para que ella las viese. Pero
no decía nada.
Miraba la expresión de sus ojos cuando tocaba una cuchilla.
Cocinaba y él espiaba los ingredientes, o se quedaba en el
dormitorio aguantando las curiosidad y dejaba que ella le pusiese
cualquier cosa a la comida. Después se sentaba a devorar como
un muerto de hambre, limpiaba el plato en un segundo y se quedaba
esperando en la silla, mirando para todos lados, esperaba el inicio,
que el estómago le estallara. Posiblemente deseaba que lo envenenara
para saber qué era ella.
Pensó en colocar una cámara para espiarla cuando estaba
sola en el baño.
Sobretodo la tanteba durante las conversaciones postcoito:
-Hablemos en serio, decime la verdad: ¿por qué estás
conmigo?
-Te quiero.
-¿Y por qué me invistaste a vivir en tu casa?
-No sé. Parecías un pollito mojado.
Mentía, uy, cómo mentía, era cualquier cosa menos
un pollito.
-¿Nunca viste nada raro en el congelador?
-¿Qué hay en el congelador?
-Nada.
-Ahora quiero ver.
-No -la tomaba de la mano y la obligaba a acostarse -, por favor,
quedate.
¿Cómo era posible que no viese los pedazos humanos que
había desparramados por la casa? ¿Por qué no
le preguntaba para qué servían los serruchos y las cuchillas
ensangrentadas que guardaba en el fondo del ropero? ¿Nunca
vio el hacha que estaba detrás de las escobas, coloreada con
sangre, salpicaduras de seso y pelo? ¿Por qué se callaba?
¿Qué quería decir su silencio?
Cuando salía daba vuelta la casa como un güante. Le revisaba
la agenda, buceaba en el fondo de sus cajones, buscaba algún
secreto en la costura de su ropa interior. Leía las cartas
de sus viejos amantes, pesaba las palabras que le decía. (Más
tarde comprobaba si ella era capaz de decir la verdad: le preguntaba,
por ejemplo, si alguna vez se había hecho un aborto). A veces
discaba algún número de la agenda y con preguntas idiotas
trataba de descubrir si sus amigos eran personas normales o si formaban
parte del club de los psicópatas. A la vuelta encontraba todo
en su sitio.
La miraba mientras se quitaba la ropa, tocaba las plantas, caminaba
desnuda hacia la cocina y empezaba a limpiar.
¿Por qué no decía nada? ¿Por qué
no hacía nada? ¿Cómo era posible que no se diese
cuenta? Desde el dormitorio deseaba que ocurriese la escena: que abriese
el congelador, que descubriera lo que había en las bolsas,
que comprendiese sólo por las formas, oir sus alaridos, sus
golpes contra los muebles, la caida de algunos adornos, que abriese
la puerta para salir de la casa fuera de sí, gritando loco
y asesino para que lo oyeran los vecinos, quería oir sus gritos
para saber que todo lo que siempre le dijo fue verdad. La verdad,
no sabía cuánto tiempo aguantaría su silencio.
Desde el dormitorio le dijo que daban una película buenísima
en la tele, le pidió que la viesen juntos en la cama. Ella
se empecinaba con alguna suciedad de las ollas. Cambiaba los canales
con el control remoto. Pero, en realidad, nunca dejaba de mirarla.