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Dormí

 

 

Por MARCELO MÜLLER

Están dormidos cuando golpean la puerta. Los golpes parecen explosiones. La mujer dá un salto. Se sienta en la cama.
-Otra vez..
-¿Mmmmm?
-¿Sos sordo? ¿No los oís?
-¿Qué cosa?
-Están golpeando de nuevo.
-Shhhhh.....-dice el hombre.
-¿Sh, qué? Si hablo más bajo que los golpes.
-¿Qué golpes?
-¡Despertate! -y lo sacude. El hombre, murmurando malas palabras, se corre hacia el extremo de la cama
-Esto es un infierno -dice la mujer.
-No les des pelota, dormí.
-No puedo.
-¿Qué hora es?
-Las ocho, siempre golpean a las ocho. Pero no sé si es de día...-y busca una referencia a su alrededor. Lo único que hay en el departamento es la cama, una mesa, dos sillas, papel de diario, polvo y oscuridad -¿Subo las persianas?
-No hagas nada.
-¿Por qué?
-Te pueden oir.
-Saben que estamos acá.
-Si estás quieta, no.
-¿Vos pensás que son boludos? Nunca nos ven salir a la calle. Saben que estamos adentro. ¿O por qué golpean como locos?
-Por ahí dudan. Si te quedás quieta, y no hacés ningún ruido, quizás empiecen a dudar de lo que saben.
-Un día van a romper la puerta.
-No pueden entrar en mi casa.
-Esta no es tu casa.
-No importa.
-¿Cuando fue la última vez que comimos?
-Algo va a pasar -afirmó él.
-Sí, sí, claro. Van a echarnos a patadas.
La mujer prefiere callar y disolver su rabia en la oscuridad. Él está ahí al lado, sin hacer ni decir nada. En el silencio, los golpes retumban como truenos.
-Quiero ir al baño.
-Quedate quieta.
-Quiero ir al baño.
-Podés agüantar un poquito más.
-No agüanto más.
Baja de la cama y entra en el baño. Enciende la luz, se sienta en el inodoro, mira al hombre fijamente. Él oye el chorro y luego dos cascotazos. Mira a otra parte y espera. Ella vuelve a la cama.
-Ahora sí que nos oyeron -dice él -. Ahora saben que estamos acá. Lo sabe todo el país.
Ella ríe. La risa se mezcla con la tos y sobrevive nada más que la tos.
-¿Y si les hablamos? -dice luego de aclarar su garganta.
-¿De qué?
-De la plata.
-¿Cómo?
-No sé, conseguí un trabajo.
-¿Yo?
-Sí.
-No hay trabajo.
-Porque no buscaste.
-Vos sabés qué trabajos se consiguen.
-De algún lado tenemos que sacar la guita.
-Ya no puedo soportar esos trabajos. A la semana empiezo a volverme loco. ¿Te acordás de lo que me pasó en el último?
-Fue una excusa.
-Esos trabajos son una mierda. De entrada te exigen que dejes de ser un hombre. Entonces vas feliz y nunca decís nada y siempre cobrás lo mismo y te reís de los chistes mientras te escupen. La humillación es la base de las relaciones laborales. ¿No sabías?
-Sí, sí, está bien. Pero ¿qué hacemos?
-Esperar.
-¿Y de qué vamos a vivir? ¿De amor? El amor también se acaba. ¿No sabías?
-Algo puede pasar, no te preocupes.
-¿Cómo qué?
-Cualquier cosa. Quizás algún día me ofrezcan un trabajo para ser humano.
-¿Vendrán a pedirte que seas rey?
-Algunas cosas vienen sin que las busques.
-O mandan una billetera dirigida a tu nombre.
-No hay que perder la fe.
-¿La fe en milagros?
-A veces pasan cosas.
Justo con esa frase terminan los golpes. Hay una breve charla y los pasos alejándose por el corredor.
-Te lo dije.
Ella se acuesta boca abajo en la cama y toca el piso con un dedo. Una alfombra de polvo cubre el piso y quiere dibujar su cara. Pero no sabe dibujar y apenas traza un círculo. Adentro: una raya y dos agujeros para mirar, comer y reir. ¿Comer y reir?, piensa. Se duerme mirando el dibujo. Pensando que ese garabato es ella.


Al otro día también golpean.
-¿Abro?
-¡No!
-No podemos seguir haciéndonos los boludos.
-Vos dormí.
-¿Y si es la billetera? Capaz que intentan pasarla por abajo de la puerta.
-No te preocupes. Dormí y después vemos.
La mujer se acuerda del dibujo. Asoma la cabeza para mirarlo. Sólo ve un redondel sin boca ni ojos.