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Cumple de Nat King en el club YPF

 

 

Por MARCELO MÜLLER

Caen bloques de hielo. El cielo se congela, las grietas forman bloques del tamaño de las provincias. Sobre nosotros cae Catamarca. ¿Por qué no lo escribís?, dice Natalia. El negocio es simple: les vendemos cables para derretir el hielo en el aire. O cambiamos la polaridad: si vienen positivos, los esperamos electronegativos. -¡Qué hermoso! -Situación geográfica: sentados en los bancos de piedra, ordenados en filas y columnas como una matriz matemática, adelante: las canchas de fútbol, a la derecha: el buffet con el cumple de Nat King, detrás: los juegos infantiles invitándonos a la regresión, más una manada de gatos místicos, Natalia y Virginia. Vos incendiás, torturás, desangrás a tus víctimas hasta que la piedad es inconcebible, entonces vos sos el pobrecito, pedís lástima con las palmas agujereadas como Jesús, me dice Natalia. La virtud de ese vino era que después de 62 vasos no sabía si lo estaba tomando o vomitando. Todos hacemos negocios, Virginia. Si me vendés una histeria que te puede comprar. La atamos con las cadenas de la hamaca; Natalia la frota por una punta y yo por la otra. Acrobacias. En el buffet acecha todo el ambiente psicoanalítico. Un gusano de remera blanca canta que el Cordero de Dios. Nat King vende entradas para su cumpleaños. Cómo se sale de aquí, es lo primero que le pregunto. Esta noche sos Atila, me dice Natalia. Yo soy peronista de la primera hora, le dije al dolape. Se inclina demasiado sobre mí. En las piedras hablamos tanto de frula que ya la estábamos oliendo. Soy el príncipe Namur. En los vestuarios hay una luz encendida. Ecos de niños con la psiquis desvastada por la más aberrante educación física. Piso la cancha. Pateo algunos tiritos al ángulo. Un gato me sigue a todas partes. Busco la piscina. Las masas de agua tiene poderes diabólicos, le dije a Natalia. Llego hasta el fondo. El club termina en una alambrada. En el piso veo el tronco de una palmera. Parece el cadáver de un gusano infernal. Hay una cuna oxidada. Un cartel con el número siete. Es una escenografía siniestra. Dos luces se reflejan en un charco como los ojos de Lucifer. Piso la palmera e invoco: Dale, Sati. Quiero hacer negocios. ¿O soy muy poquito para vos? No pido fortunas ni dotes líricas. Sólo ser un hombre y una vida sana. El gato me grita: vamos, Atila, vámonos. Es el club YPF. El petroleo tiene algo diabólico, Natalia. Capaz que ahora encendemos el porriquitín y volamos a la mierda. Nos carbonizamos fumando tranquilamente. Ahí en esa escenografía tuve unas regresiones y Sati me dijo: deberás aplastar a tu infancia como a una cucracha. El Cordero le pide a Dios que se apiade de nosotros, es lo único que se puede pedir. Este club huele a salchichas con puré, a niñitos con nalgas aleteantes y la mente desvastada por la más inmunda educación física. ¿En qué andás, qué estás haciendo?, me dice el dolape. Siempre hacemos lo mismo, dolape. Aún piso el tronco infernal, aún como salchichas con puré, aún voy de conversación en conversación en el club YPF. Aquí todo lo que hacemos se convierte en fantasmas, será por el clima. Che Atila, dice Alfredo. Suele no saludarme cuando lo veo por la calle, ahora se hace el amigo por negocios: Natalia y Virginia. ¿De dónde sacaste a esos bagayos? Un momentito. Déjenme que me explique: Yo no soporto la belleza. Me siento como un gusano de putrefacción en esas catedrales de la carne. Nat King afina con su amigo Botafogo. Todo el ambiente psicoanalítico y del blues en el club YPF. Smboule rap. Niñitos de nalgas aleteantes. Niñitos que miran demasiado el pene de sus profesores de gimnasia. Natalia y Virginia siguen haciéndome la autopsia en los bancos de la matriz. Se multiplican los azulejos como los ojos de una mosca, me anestesian y me someten al bisturí psicoanalítico: vos aún añorás tu primer bolo fecal, el superyo se le aiyó en la zona yoica del yo-yo, querés ver qué pasa del otro lado del muro de piel. Las escupo, las quemo y robo la anestesia. "Piensa que está haciendo lo que imagina". Che Alfredo, te cambio a Natalia y Virginia por tu novia. Es así, dolape. Repito. Ya no quiero más de lo mismo. Ya no quiero más siempre. Quizás si repito a velocidad compulsiva se abra una grieta. Si voy a las alambradas, pateo penales en el ángulo, aplasto mi niñez como a una cucaracaha. El dolape se ríe como las notas graves de un piano, se inclina muy sobre mí y me toca los huevos. Corro a las alambradas. Los árboles se suicidan en la oscuridad. Siempre caminé por afuera de las alambradas del mundo. De repente un impulso me lleva a los vestuarios. Entre las canastas de ropa sucia, una ducha gotea. Diviso una formita humana. Me acerco. Espera en el banco con su ropita de gimnasia. Reconozco la boca abierta, esa mirada de asombro permanente. Estaba esperando en el banquito del club cuando ese señor repulsivo se me acerca, me toca y siento miedo y asco. Empiezo a chuparle la cara, soy más fuerte que su pánico. ¿Quién es este señor inmundo que me babosea, no sabe el asco que me da? No temas, esto serás dentro de unos años. Me arranco los pantaloncitos, me bajo la bragueta, hundo mi pene nauseabundo en mis nalguitas inocentes. Chillo. Jadeo. Se ahoga cuando suelto mi veneno en su cuerpito de ángel. No puedo explicar muy bien lo que veo en sus ojos. No te preocupes, no hiciste nada malo, es mejor que te ensucie yo antes de que te lo haga el mundo; lo hice por tu bien, no llores. Salgo del vestuario, hacia las luces de la fiesta, creo que debo dejar la marihuana. Nat King corta los boletitos de la entrada. ¿Y, Sati? Por qué no te calmás un poquito, me dice Nat King. Estás haciendo breakings en el medio de la joda. Andá a comprar rolitos, me dice. Se me encomienda el problema del frío. La estación de servicio parece de un mundo de ciencia ficción. Alcohol no vendemos, me atajan. Pero, ¿rolitos? Está 3 pesos la bolsa. Deme mil. No, mejor 6. Los rolitos brillan como lunas. Me aclaman. Puntean los acordes de Glory, Glory, Aleluya. La fuerza del rolly. Piso la palmera infernal. ¿Y, Sati? ¿Dónde están las minas? La multitud se abre, forman un círculo alrededor mío. Hablo: "-Yo tuve una hermana gemela. Rodábamos en el mar amniótico, eramos felices uno en el otro. Me decía que sólo quería estar conmigo, sólo quería verme, era todo lo que le importaba saber. Yo tuve una hermana gemela y la ahorqué con el cordón umbilical". Me abrazan. Me quieren. Es lo que esperé toda mi vida. Natalia y Virginia me sacan a los empujones del club YPF. Hago un trompo en Libertador. Natalia se baja del auto gritando: vos sos loco, loco, loco. Incendio Almirante Brown, conozco un bar en la Boca, derrapamos a milímetros del Riachuelo, vemos pasar cadáveres de barco, un 152 se nos viene de frente, doblo y pasa bramando como un elefante. El bar es una pulpería que cerró hace 200 años. Virginia me dice doblá ahí, a la izquierda, a la derecha, seguí, a la izquierda, pará. Se baja y me dice chau. Antes le regalé una cosa. Camina hacia la casa con las motitas en la mano . Me quedo solo y le pregunto a los 6 asientos vacíos: -¿Dónde vamos? ¡Al cumple de Nat King! ¡En el club YPF!

1990