Por MARCELO MÜLLER
Abrí
el sobre:
"Tal vez no se acuerde, pasó mucho tiempo... Soy la hija
de Esthercita Llamas Somoza, su maestra de tercer grado... Me permití
escribirle porque mi madre está muy enferma... En su delirio,
ella lo llama; Ud protagoniza su existencia.... Por favor, le pido
desde lo más profundo de mi corazón que la visite en
sus últimos días... Lo aguardamos en la habitación
606 del hospital Británico", etc.
¿Por qué a mí? La recuerdo, sí, mi maestra
de tercer grado. Nunca me olvido. Pero es raro, creo que me odiaba.
Una vez organizó una obra sobre la independencia y preguntó
quién quería formar parte del elenco. Quién quería
hacer de San Martín, de Sarmiento, de Frondizi. Levanté
la mano. ¡¿Ud?!, gritó. Ud es un obtuso, un inútil,
un incapaz. Y me guardó un papel inolvidable: me obligó
a ser esclavo negro que vendía mazamorra.
Aquel incidente me ocurrió a los ocho, tengo 50 años,
pero recuerdo a la Sta Llamas Somoza -a sus enagüas con olor
a cementerio -la recuerdo acercándose a mis padres para elogiar
mi mente. Nunca me olvido de nada.
El día de la independencia tuve que bajar hasta el escenario
diciendo mis líneas. Aún suenan las palabras: "mazamorra,
mazamorrero, para los diputados primeros". Se la ofrecía
a los padres de mis compañeritos: dueños de fábricas,
paises, mundos. Esa mazamorra me fermentó el destino.
Entonces, ¿por qué me llama cuando se está muriendo?
¿Por qué me elige a mí entre su rebaño
de futuros luminosos? ¿Por qué invoca a un monstruo
en lugar de aquellos niños lindos que heredarían las
fábricas del mundo?
Rompí la carta, lavé el mate, fui a mi laburo.
Es un trabajo absurdo en una oficina asquerosa. Cómo fui a
caer ahí, qué se torció para morir en ese pozo
ciego, ya no me angustia. Es una sumatoria de pequeños fracasos
y humillaciones, de impotencia y estupidez, de a poco uno se hunde
definitivamente en la inmundicia.
Bueno, pude salir antes de la hora y anduve a la deriva hasta que
llegué a los cines. Daban una película de horror. Era
buena pero no podía seguirle el hilo. Hablaba sobre un loco
que le gustaba aplastar mentes infantiles con un camión. Pero
me distraía. Pensaba en otra cosa. Me levanté y me fui.
Tomé un subte, miré las paredes del Borda, subí
las escaleras del hospital Británico, llegué a la habitación
606.
El olor era espantoso: -estaba en el piso, en las flores, en las sábanas,
en las cortinas -el perfume del cáncer. Había varias
personas, tal vez parientes, su hija. En el centro de la descomposición
estaba mi maestra, muriéndose de cáncer pero loca de
alegría (mirándome como si fuera el hijo pródigo).
Me pusieron en una sillita al lado de la moribunda. Agarró
mi mano, sólo sentí un poco de repugnancia.
-¡Qué grande estás! Decime, Marcelito, ¿te
casaste?¿Tenés hijos?
Sus parientes la miraban. Esperaban que padeciera el cáncer
con la firmeza de espíritu que puso en las aulas, querían
asistir al espectáculo de su dolor santo.
-Decime, Marcelito, ¿te acordás de los juguetes que
te compraba cuando estabas enfermo? ¿Y esa novia que nos acompañaba
a los museos? ¿Y cuándo cuidaba a tus hijos? ¿Y
cuando te llevaba bizcochitos al servicio militar? Decime, Marcelito,
¿vos te acordabas de mí?
-Yo nunca me olvido de nada.
Estaba a punto de volverme loco. Entre el olor, las sonrisas, su felicidad
inverosímil. Podía oir cómo rebentaban sus células.
-Decime, Marcelito, ¿te acordás de todo lo que hicimos
juntos?
-Recuerdo que me vistió de esclavo, señorita. Yo quise
ser prócer y ud me obligó a ser esclavo. Gracias a su
ayuda, me convertí en un sorete, vieja prostituta.
Los parientes atónitos. Bajo la lluvia de mierda, ella insistía
en evocar una niñez falsa.
-¿La hizo muy feliz verme disfrazado de esclavo? ¿Se
le mojó el ataúd cuando oyó mis líneas?
¿Eso fue, Esthercita? ¿Quería estar segura antes
de morir? Muera feliz, soy lo que quiso.
-Fue necesario. Eras un niño muy arrogante.
-Sí, Esthercita. Gracias a Ud y a la gente como ud, me convertí
en esta acumulación de materia fecal. Ya ve, soy el fruto de
su esfuerzo. Pero no se asuste, no la odio. Simplemente vea cuál
fue el sentido de su existencia. El mío es un cantito. Mazamooooooooooorra,
mazamorreeeeeeero, para los diputaaaaaaaaaaaaaaaaaaados primeeeeeeeros
- y le seguí diciendo puta y grité mi himno en la misma
tonada de antes.
Mis palabras eran el hueso de su carne podrida.
-Vine para agradecerle, llévese estos años -le dije
y la escupí.
La escupí y su piel se crispó como si la hubiera quemado.
Salí inmediatamente. Desde la puerta, la miré; en sus
ojos ya no había nada.
Corrí afuera del hospital, miraba a las enfermeras y a los
médicos como un loco, sintiéndome como un asesino. Bajé
las escaleras y salté a un colectivo.
En casa me acosté y cerré los ojos.
Esperaba que el edificio cayera sobre mi estómago, que un rayo
me conviertiese en polvo, pero abrí los ojos y nada. El mundo
seguía estando. El fracaso seguía ahí.
Miré un poco la tele. Luego dormí.