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LAS MUJERES HACEN UN PAÍS.

 

 

Por Marcelo Müller

 

Ahí va una, con el culo metido hasta el fondo del orto, es decir: una bombachita tirita a la que, gracias a la elasticidad del pantalon de gasa que exprime la pulpa, sobresale mostrando a las claras el relieve del cordoncito, como unas garras de rapiña clavándose mucho en lo más jugoso de ese sabor culo.
Basicamente lo que provocan estos cuadros móviles es un sentimiento de impotencia tan grande que desborda los límites del churrasco y baña las costas de otros paises. Cuando uno ve una puta así, debería estar permitido arrojarse encima y hacerla mierda como un perro en la vereda, zambullirse un ratito en esa putez que grita, que dice: vení, vení, con la provocación del agua helada. Por eso los orientales las obligan a andar detrás de un biombo*, a vivir desapercibidas, a no decir demasiado. Incluso les arrancan el clítoris a dentelladas para que no gocen. Si no serían montañas de tetas, las calles tapadas de garche, como las mil y una noches y esos palacios infinitos de cópula.
Entonces van por ahí moviendo el culo como si prepararan un trago vicioso de cogidas para volver loco a un hombre honrado y uno debe decir disculpe, señorita. Si alguien se atreviese a levantar un dedito, sería encolado hasta que se le vayan las ganas. Hay que soportar el trago amargo. Te miran desde atrás de su exhuberancia, de la proliferación desmesurada, desde la exageración de brotes, con una sonrisita: ¿y, cornudo, no te animás a rebentarme la concha?
Eso provoca una cosa de impotencia tan grande, ya lo dijimos. Se aprende a vivir como un capado. Hay que hablar mirándolas a los ojos, ni siquiera el piso, porque la la iglesia corrupta del dios puede dictaminar que le estás mirando las tetas. Hay que ponerse delante de un mostrador como si uno no tuviera órganos sexuales y ellas van por ahí como una selva, hay que portarse como si no pasara nada mientras germinan como plantas del espacio. Por eso este lugar está lleno de capones cobardes cagones que van por ahí murmurando su odio. Ahí van, nuevas generaciones de capados, doscientos años de eunucos, la gran puta nacional es una fábrica de putos. Por eso aún, por eso todavía, y por eso seguirá siendo lo mismo. Por eso el rey sigue con el cuello intacto. Las mujeres hacen un país. Pensar que tanto culo es el responsable del hermoso chiquero que construimos para el chapoteo diario.