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AQUI SOLO FABRICAMOS MIEDO.

 

 

Por Marcelo Müller


Vender avisitos para la fiera es insalubre y bastante peligroso. cuando llego a un local tienen miedo de que los asalte. me ven venir y piensan ya está llegó tiene un arma en la mochila. Enseguida se les prenden los reflectores y los megáfonos. trato de decir rapidamente a lo que voy para evitar la mordedura del pánico. Están convencidos del revólver. Me acuerdo una vez que entré a un localcito de ropa femenina. Desde que aparecí en su vidriera, la dueña pidió que mis pasos eligieran otro destino. Cuando entré me miró dilatada como un alarido. Había una larga pasarela hasta su mostrador. Me fui acercando y el pánico de la pobre mujer era un gigante que se desperezaba de a poco. A cada paso mío ella iba abriendo más la boca. El mostrador temblaba. Abrí el cierre de la mochila suavemente y a ella se le estaba por romper la mandíbula. La expresión de sus ojos, la obertura de la boca, el alarido agarrado a su garganta, tenía tanto miedo que no podía gritar. Al final pude enseñar mi revista poniendo cara de oveja. Ahí, frente a las páginas, suspiró, se aflojó y casi se cae. Después, cuando vio algunos dibujos, su monstruo la atacó de nuevo y como un pajarito pidió que me retirase inmediatamente, que la olvide y por favor encarecidamente que no vuelva a pasar por esa calle.
Tanto miedo es el que permite este circo de atrocidades. Ese pánico impide cualquier paso hacia la incertidumbre, cambiar al carril de lo distinto. Es mejor quedarse calentitos y seguros en la mierda ancestral. La seguridad se parece mucho a la muerte. Que desasparezcan las multitudes de desesperados que nos asustan. Que se callen los degenerados que dicen lo que no queremos oir. Llevense todas esas cosas horribles para que no las veamos más. Queremos el imperio de lo que es realmente espantoso: el jardincito prolijo, la casita impecable. El sindicato del miedo mantiene las leyes del horror. Es el principal ingrediente del espíritu local, además de la cobardía, la traición, el simulacro, la mentira, la negacion de la realidad, los malos modos, la violencia, el escarnio, la envidia, la cuestión ratita y todas esas polillas de la raza humana, el sumario de temas que desarrollé en la fiera durante nueve años.
La misma bienvenida en otra boutique, me llevo mal con el mundo de la moda. La cara tensa, como una foto movida, el olor asqueroso de su miedo enano. Hasta que no esclarecí mis motivos no paró su baile de hojita. Después el tipo se mantuvo lejos de la revista como si fuera venenosa. Ni siquiera la honró con sus ojos. Además de miedo, el ratoncito era capaz de mal humor. Me dijo que no le interesaba comprarme nada a mí, que no quería financiar algo tan asqueroso e inmoral, y que me fuera inmediatamente de su burdel. Pero cómo no, hijo de puta, la próxima vez que pase te asalto.
-Sí, sí, vení cuando quieras, vení con tus amigos -dijo.
Estaba por salir, me di vuelta de golpe, volví corriendo al mostrador y levanté violentamente mi camisa haciéndome el que desenfundaba. El enanito pegó un salto en su silla, su marioneta revivió, casi se caga encima. Sus balbuceos y súplicas:
-No, no, por favor,, pará,,..,,disculpame, calmate, no te pongas así,,..,,hablémoslo.
La reacción de su miedo fue tan violenta que me asusté y me fui corriendo, vaticinando una desgracia increible. Me fui al trote. A los pocos pasos uno de sus esclavos salió a pegarme trompadas en la nuca. El dueño corrió a un bar llamando a la policía. Doblando en la esquina, el servidor público me gritó alto con el revolver en la mano. Les gusta tanto tocar las armas porque el revólver se lo paga la gente, es como agarrar una poronga ajena. Un perro uniformado me empujó contra una persiana. Uno de civil me pegaba en la sien. Me pateaba las piernas para que me cayera al piso. El esclavo aprovechó desde una distancia prudencial. Ciudadanos indignados exigían la pena de muerte. Ya en el piso siguieron amansándome. Todo el peso de la ley en mis costillas. Hundieron el caño del revólver en mi cuello y lo amartillaron. Esta es una de las cosas que le pasan a los que hacemos la fiera.