Por Marcelo Müller
A principios de la década
del 90 se me ocurrió hacer una revista de historieta gratis.
La idea era interesante, toda una revista como la página de
los chistes de los diarios, cuando los chistes eran buenos, era lo
primero que se leía del diario, un vehículo excelente
de publicidad, y era principalmente la manera de ir publicando mis
historias y las de otros. Si hubiese elegido hacer una revista de
cuentos o de textos, posiblemente no hubiera pasado del primer número,
pero con dibujitos la historia se digería más fácil
y seducía mucho más a los ojos, causaba más simpatía.
Estuve rumiando la idea durante años y vacilando. El único
dibujante que conocía era el parásito, cuyo apellido
incluye la palabra vil, y ya conocía su comportamiento parásito:
antes de esto escríbiamos notas en una revista de mierda, yo
escribía la mayoría de las notas y cobraba la mitad
/a fin de mes le daba la mitad de los que nos pagaban al parásito
como si él hubiese escrito la mitad de las notas. El parásito
solamente pisaba esa redacción psicotica cuando llegaba el
momento de cobrar las colaboraciones. Estaba seguro que el parásito
no había abandonado su instinto parásito, iba a hacer
lo mínimo y a tratar de rapiñar lo máximo posible.
Como soy muy pelotudo, también tuve la gran idea de invitarlo
a participar de esta revista. Le expliqué que había
que salir a patear las calles y que debería aprender a dibujar.
Finalmente la fiera salió en el 94, después de mucho
vacilar y de las profecías terroríficas sobre el parásito.
El nombre de la revista salió de un trabajo que tenía
en esa época en una distribuidora de textos escolares, trabajaba
desde las 20 a las 8 de la mañana, 12 horas, y entonces empezaba
a ponerse de moda la palabra fiera, mis compañeros esclavos
a cada frase la remataban con fiera, pasame los libros, fiera, alcanzame
geografía de segundo, fiera, y después de ocho horas
de trabajo en continuado lo único que podían decir era
fiera, je je, fiera, eh, fiera, andaban por los pasillos y colgados
de las estanterías murmurando fiera fiera, //era como si estuvieran
envueltos en alucinaciones o alguna especie de enfermedad, //era como
si estuvieran tambaleándose del otro lado del delirio y la
enfermedad, más allá de las alucinaciones del cansancio
solamente les quedaba esa palabra, fiera fiera, ya a las once de la
mañana lo único que podían decir era fffffff,
ffffff, arrastraban los pies por los pasillos diciendo fffffff. Tambien
el nombre viene por ese cuento de Roberto Arlt, el único escritor
argentino que habló de las calles. Le dije al parásito
que estaría bueno que el logo fuera un perro rabioso en un
ataque desaforado, y que el isotipo imitara a los grafitis tan de
moda en esa mierda de los 80, un the whall escrito en la pared. Me
acuerdo que cuando estábamos armando el primer número
en la imprenta fascista, los colegas se acercaban a mirar lo que estábamos
haciendo y movían la cabecita y decían qué buena
idea, qué buena idea. Gracias. El problema es que la fiera
siempre fue un trabajo tan demencial como el de la distribuidora esclavista
(explotación inhumana en el mundo del texto infantil, me encantan
los contrastes), la fiera siempre fue un naufragio, un bote con el
piso agujereado, como este país la crisis permanente y el no
saber si habrá un mañana. Ffffffff, Ffffffff....
Cuestión que nunca me equivoco, el parásito de entrada
se quedó durmiendo, se hizo el pelutodo, incluso mandaba a
una pobre mina que vivía con él a que vendiera avisitos.
El infeliz pensaba que acá trabajaba de artista, que se iba
a quedar en su altillo dibujando como el orto mientras yo me enmierdaba
por las calles, que iba a llevarle los centavitos que mendigaba por
ahí mientrás él escuchaba a Chopin con una copa
de buen vino. De entrada nunca cumplió con su parte, nunca
puso la guita ni el trabajo que tenía que poner, porque nunca
entendió cuál era su parte. Como buen psicótico
argentino, abría los ojos a la realidad que inventaba. (¿Recuerdan
que en esa época argentina pertenecía al primer mundo,
que acá había ganadores, y que estábamos viviendo
un milagro? De entrada esta revista remarcó que detrás
de ese decorado había sangre y dolor, pero entonces y tampoco
hoy se puede ser profundo, uno es un hijo de puta depresivo por llamar
a la mierda por su nombre). Por mi parte, le retiré el saludo
desde 1994.
De entrada hubo problemas: avisitos que se afanaban, pequeñas
rapiñas, cosas de ratas. Siempre al acecho de la manera de
vivirme. El parásito siempre estuvo atento para, sin moverse
de la cama, currarme todo lo que se pudiera. A mí me ponía
un poco nervioso que teniendo la posibilidad de publicar nuestras
historias el hijo de puta le daba tanta importancia a su obra como
a los soretes mañaneros. De hecho, en 9 años nunca aprendió
a dibujar. Su único talento es hacerse el boludo y vivir a
la gente. Nunca hizo un trabajo sino que zafa. Dá clases de
una mierda que no existe porque un amigo suyo de la infancia es dueño
del colegio. Le inventaron una beca de por vida. Ese es su talento.
Por eso le gustan tanto escribir esas editoriales nazionalistas. Porque
es el producto típico de estas tierras. La rata autóctona,
siempre simulando, mintiendo, durmiendo, pensando en el sábado
a la noche. Ni siquiera llegaba a trabajar 3 días por mes,
cuando llegaba la hora de armar la revista Le Parasit se iba a jugar
al tenis o a ver la películo del pequeño Nemo./ En el
momento del cierre, cuando hay que estar armando, le parasit tenía
clases de tenis o se iba al cine.
Incluso una vez se hizo pasar por mí para repartir un sueño
intermitente y ver si ganaba una conchita.
Allí va el parásito, caminando por las callecitas de
Palermo, esperando que alguien le meta una bala en la cabeza.