Anonimo
Algo furtivo llegó a la redacción
como escondiéndose, estuvo unos pocos minutos transpirando
y mirando para todos lados, entregó un sobre y salió
corriendo. Esto es lo que había:
Cuando era chico, el menem que
está ahora vivía enfrente de mi casa. Yo trataba de subir
lo más rapidamente posible. Pero él infiltraba una pezuña
en el ascensor. Me miraba. Se tiraba peditos con la boca. Abría
la puerta entre pisos. Y me violaba.
Cada vez que llegaba a casa, el futuro pederasta de la nación
me garchaba. En lugar de inventar leyes en el congreso, me parece que
vigilaba mi ruta. Le avisaban por radio cuando estaba por llegar, y
venía corriendo como un loco. Acariciaba mi frente. Me preguntaba
si quería ser emperador como él. Levantaba mi guardapolvito.
Y me rebentaba el culo, bombeaba hasta hacerme sangrar.
No es que yo fuese tan chico para no saber que me estaba cogiendo, tenía
diez años. Tampoco me gustaba. Era una situación bastante
insoportable llegar a casa los mediodías y ser violado por el
asqueroso, con su olor a prócer y la boquita.
Les conté a mis padres lo que pasaba. Que el futuro pedófilo
me garchaba en el ascensor.
Mi madre tirada en el piso llorando. Mi padre me dio varias cachetadas.
Nuevamente se arrepintieron de haberme parido. Maleducado de mierda,
dijeron, insultar a un senador nacional. Mi madre le pidió perdón
a la virgen de rodillas. Luego me llevaron de los pelos a lo del futuro
menem.
Me obligaron a pedir disculpas. El político pederasta movía
la cabeza como un dios magnánimo, capaz de comprenderlo todo.
Me acarició la nuca y dijo:
-qué linda la imaginación de los niños.
Luego me llevaron con una cadena de vuelta a la jaula.
Durante varios años, para borrar el agravio, mamá le limpiaba
gratis la casa y papá hacía arreglos de cañería.
También invitaban a sus hijos a jugar conmigo y le regalaban
mis juguetes.
Invariablemente el político pederasta me violaba cuando volvía
del colegio. Paraba el ascensor, me garchaba y yo gritaba a tal volumen
que el país podía conocer las costumbres de sus dirigentes.
Mis padres preguntaron si otra vez estuve fingiendo que el ilustre pederasta
me la había metido por el culo. Les contesté que solamente
tuve un calambre.
Cuando el futuro presidente fue presidente, yo era un hombre, casi un
hombre, y estaba meando en el baño de una discotheque y miré
hacia un costado y, a quién vi, a su hijo meando a dos mingitorios.
Nadie nunca imaginó que pudiese ganar las elecciones. Fue asombroso
que semejante forro ganara. Cualquiera puede ser presidente; vos también,
sin salir mucho de tu casa, podés ser elegido. La sensación
es que hay un grupo de viejos hijos de puta escondidos en la cima del
mundo y ellos deciden quiénes irán a la cabeza de sus
paises. Quiénes serán las caras dónde la gente
descargue su odio y el ataque de su inconciencia. Ya había olvidado
las escenas del ascensor pero cuando dieron los resultados de las elecciones
sentí que de nuevo me habían garchado. También
teníamos un presidente violador de niños. Ahora meaba
en el baño de una discoteca gay y el hijo del pederasta me miró
con la misma boquita inmunda de su padre. Inmediatamente pensé
en la venganza. El hijo del excelentísimo pedófilo de
la nación se interesó por mi chorro. Supuse que le atraía
el niño que aún habitaba en mí. Y pensé:
ahora es mi turno de romper el culo de su hijo. Fuimos de la manito
hacia el cagadero. Arrodillado sobre los condones y los papeles, el
hijo del presidente estaba chupándomela. Por fin tantos años
de humillaciones saldados. De pronto puto jr me dio vuelta, me levantó
la minifalda, me quitó las ligas, me bajó la bombachita
y me la metió. Igual que su padre se limpió con mi pollera,
subió el cierre y se fue, como si no hubiera pasado nada. Nada.