De Alejandro Mariatti.
Cuentan cronistas no autorizados, aunque no
se quien se encarga de autenticar la veracidad de los cronistas, que
hacia el año mil novecientos cincuenta Juan Barrios y Pedro
Chutro tenían una visceral, antigua y desigual enemistad. Tal
vez los motivos se puedan rastrear hasta la niñez. Ambos hijos
de inmigrantes pobres, criados por la calle y los potreros de Parque
Patricios. Desde esa época quien llevaba la peor parte era
Juan o "Juancito". "Juancito soretito", "Juancito
putito" eran los calificativos que solía recibir de parte
de Pedro y su barra, todos hinchas de Huracán, mientras que
Juancito era la minoría de Boca en Parque Patricios. Ya entonces
Pedro era un niño mucho más voluminoso y enérgico
que sistemáticamente lo "fajaba".
En la primaria casi todos los días Pedro se esforzaba en darle
una muda y contundente lección a Juancito, la cual, aunque
Juancito no lo apreciase era tal vez más real y útil
que la lectura y las cuentas. Era lo básico de la educación
callejera.
Luego cuando cada uno de los muchachos tuvieron que trabajar; se podían
considerar demasiado afortunados por haber hecho el primario; los
encuentros se espaciaron, tenían trabajos diferentes. Juancito
hacía el reparto de la verdulería de Don Giovani y Pedro
era aprendíz y repartidor en una carnicería. Igual la
persistencia de Pedro era tal que podría pensarse que el único
objetivo o diversión de este era hacerle la vida imposible
a Juancito. Le encantaba esperarlo cerca de su casa y asustarlo haciéndole
pensar que lo iba a matar cualquier día de esos. Pedro no tenía
que hacer gran cosa, solo pararse cerca de la puerta a la noche junto
a su barra de amigos, todos de Huracán.
Luego de varios años de soportar este asedio Juancitito pidió
ayuda a sus amigos de la barra brava geneise. El favor le costó
bastante caro, pero Juan pensaba con ello lograr paz o al menos una
tregua. La estrategia consistió en hacerse seguir por Pedro
hasta territorio cercano a las vías de Constitución,
ese ya era terreno geneise. Allí lo esperaron tres muchachos
que se encargaron de frenar a Pedro y ablandarlo un poco con palos
y cadenas. Entonces vino lo interesante pues se hizo cargo de todo
"el Urso" Francchini, el cual doblaba en tamaño y
fuerza a Pedro. En esa ocasión Pedro no pudo volver sobre sus
piernas a casa. Alguien corrió la voz y unos amigos lo fueron
a buscar. Pasó varias semanas de convalecencia, su rostro agregó
varios costurones más a su amplia colección. Juancito
respiró tranquilo por un tiempo.
Cuando Pedro volvió al trabajo y se cruzó con él,
no dijo nada. Ni lo miró. Juancito pensó que había
triunfado y siguió con sus repartos. Se cruzaba con Pedro pero
este parecía huirle. Juancito lo vigilaba por el rabillo del
ojo calle por medio para estar seguro si Pedro lo vigilaba o no. Como
alguien condicionado a recibir palos no podía terminar de creer
que su enemigo lo dejase en paz, tal vez se había acostumbrado.
De todos modos no tuvo oportunidad de pensarlo demasiado, pues llegó
la hora de pagar el favor a la barra de Boca. No fue demasiado, solo
algunos cajones de frutas que tuvo que perder por el camino y lo más
importante, un par de trabajos como campana. En uno de ellos estuvo
a poco de caer.
Cumplidos los pagos Juancito se sintió libre por primera vez
en su vida. Justo ahí, cuando ya se sentía listo como
para dejar atrás el miedo cayó preso el "Urso"
Francchini. Fue una cama muy bien preparada. El dato había
sido bueno pero la cana comenzó a salir debajo de cada adoquín.
Le colgaron quince años por robo a mano armada. Eso no era
lo peor sino que su destino fue Caseros, donde había muchos
amigos de Pedro y los suyos. Al mes de estar allí El "Urso"
supo lo que son los dolores de la úlcera perforada, pero desde
afuera hacia adentró y sin cura. Dicen que estuvo casi dos
horas retorciéndose en el baño, rodeado por varios internos
que nada podían ni querían hacer para aliviarlo.
Juancito supo la noticia al día siguiente. Un enviado de la
barra de Boca se lo dijo. El mensaje era claro y seco, desde ese momento
estaba por su cuenta. Juancito entonces supo lo que es el miedo tangible,
mordiéndole la nuca.
Al día siguiente los recorridos de ambos se cruzaron. Pedro
volvió a mirarlo a los ojos. Sonrió con su boca torcida
por los costurones y lo saludó como si de amigos se tratase.
Junacito durante dos días estuvo enfermo con fiebre, diarrea
y vómitos. Al tercer día volvió al trabajo entre
las duras reprimendas de Don Giovani el verdulero.
Un mes estuvo Juancito soportando el asedio de Pedro y su barra. Se
le cruzaban por el recorrido, hacían guardia frente a la casa
y a la noche cuando llegaba a su casa Juancito siempre distinguía
recortada en la penumbra la silueta de Pedro. Podía sentir
sus turbios ojos estrangulándolo lentamente. Mientras transcurría
este mes pudo sentir como la conspiración crecía a su
alrededor.
Nadie sabe como se dio la cadena de "casualidades" tal vez
alguna oscura mano agitó los dados, pero Juancito tuvo la ocasión
y la aprovechó. El treinta y uno de octubre del año
mil novecientos cincuenta, Don Giovani le encargó a Juancito
por primera vez ir con el camión nuevo a buscar la fruta al
mercado del Abasto. Volviendo del encargo con el inmenso camión
Fiat cargado de frutas desde poco más de cien metros vio a
Pedro y su barra parados en la esquina del frigorífico. Ninguno
vio venir el camión, solo lo escucharon cuando ya lo tenían
casi encima acelerando a cien kilómetros por hora yendo directo
hacia ellos. Casi ninguno pudo reaccionar, menos que nadie Pedro que
se petrificó en un último gesto de incredulidad y estupidez.
El inmenso camión se incrustó en el paredón con
toda su maza, el cuerpo de Pedro quedó entre medio de los dos
materiales mucho más duros que la carne. Junto a él
quedaron otros cuatro que aportaron confusión al amasijo de
carne. Juancito quedó tendido en medio de la calle pues se
tiró antes del choque y rodó sobre el empedrado rompiéndose
un brazo, varias costillas y la rodilla derecha.
A los bomberos les costó un par de días despegar y separar
los pedazos de la ex barra de amigos tanto del camión como
del paredón. Podríamos llamarlo un fraternal abrazo
más allá de la tumba.
A partir de ese momento es que a esa particular masa de carne, piel,
vísceras machacadas entre dos materiales duros apenas sostenidos
por girones de tela se la llama "chutro", tal vez en un
macabro y onomatopéyico homenaje a alguien solo memorable por
su muerte.
En cuanto a Juancito, no le mejoraron las cosas en absoluto. Cayó
casi sin escalas en la cárcel de Caseros. En vano fue alegar
emoción violenta por amenazas y hostigamiento o defensa propia.
Pedro y los suyos también prestaban sus servicios a un par
de diputados y concejales peronistas. Contra todas la previsiones
Juancito en Caseros volvió a ser Juan, los amigos de la barra
algo intentaron pero pronto desistieron. Juan Barros ya estaba más
allá del miedo y contaba con el apoyo de otros; el hombre se
la había jugado y la cosa se terminó, decían
los más pesados del pabellón. Poco tiempo duró
allí Juan que a esta altura le decían "El hombre
que ríe" Antes que llegase la Revolución Libertadora
Juan Barros había sido internado en el Hospital Borda donde
aún vive o más bien subsiste con sus setenta y cuatro
años a cuestas.
Suele sentarse todo el día en un banco donde se queda inmóvil
sonriendo beatíficamente hasta que es llevado por los enfermeros.
Solo rompe el silencio cuando algún interno para embromar le
pregunta: "¡Ché Juancito! ¿Y Pedro?"
Entonces los ojos de Juancito se iluminan con un brillo de hilaridad
y solo repite con voz estentórea: "¡Pedro Chutró!
¡¡Ja ja ja ja!! Pedro Chutró ..." y repite
una y otra y otra vez la misma salmodia hasta que llega el anochecer
y se calla cuando lo vienen a buscar.