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Las Cruzadas Y Los Fantasmas

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Por Alejandro Mariatti

Los años ochenta, ya se sabe fueron tiempos de descontrol; no menos que los noventa pero eran inocentes y populares, mientras que los últimos fueron cínicos y restringidos. La ciudad de Buenos Aires estaba siempre despierta, dispuesta a todo. Siempre nevaba.
Desde fines de los setenta en Flores y Floresta había dos tribus. Los "norteños" y los "sureños", la línea divisoria para tales tribus obviamente era la Avenida Rivadavia, la cual parte en dos mitades a toda la ciudad.
Las dos tribus encontraban todo tipo de competencias para demostrar mayor valía. Las preferidas eran las picadas en el Autódromo a la noche y las "cruzadas" en la avenida Rivadavia. Las calles de cruce eran José Martí, Segurola, o Lacarra.
Cuando la noche iba terminando y los wiskys con merca empezaban a bajar, la mejor forma que encontraban los muchachos y las chicas de subir era cruzar los semáforos en rojo con sus potentes motos. A esa hora que oscilaba entre las cinco y siete de la mañana no había demasiado tránsito como para hacer imposible el cruce, pero era suficiente como para hacerlo peligroso. Ningún automovilista estaba preparado para que se le cruzasen a más de cien kilómetros por hora. Por supuesto no escaseaban los accidentes.
El verano del ochenta y siete, ochenta y ocho fue de muy mal recuerdo. Ya veníamos de las "felices pascuas" del presidente, el fin de la ilusión democrática. En diciembre había muerto Luca Prodan, en el ochenta y ocho Olmedo cayó de un onceavo piso y Monzón mató a su esposa, y todavía se vendrían más cosas. Un verano maldito.
Fue a fin de marzo. Los norteños tiraron la primera piedra, el que ganase se llevaría un kilo de merca como premio. Para esa ocasión estuvieron las tribus en pleno, no solo vinieron de Flores y Floresta, sino que llegaron de otros barrios, todos divididos por la misma línea.
Comenzaron en José Martí. Las chicas se arracimaban en cada esquina cinchando por uno u otro. Cada una del lado correspondiente, no era buena idea mezclarlas pues podían llegar a ser mas brutales que los hombres en una pelea. No carece de atractivo ver a dos chicas pegándose, pero luego quedan muy lastimadas, lo que no es nada atractivo.
Empezaron temprano, a las cuatro y media se mandaron los primeros cinco en la lista. Los veteranos. Ellos venían desde fines de los setenta cuando había que tener mucho huevo para largarse a cruzar. En esa época se instaló Ishana, la tatuadora. Todos llevaban sus marcas, de una u otra forma.
Hacia las cinco se corrieron a Segurola y a las cinco y veinte a Lacarra, allí era más emocionante pues era hacerlo frente a la naríz de la "cana". Todo el público curioso, ajeno a la tribu quedó afuera. Allí la cosa era solo para ellos.
Las chicas estaban muy excitadas, el ganador tendría un premio inolvidable.
Ya eran las seis de la mañana, habían pasado todos los veteranos, cada uno con su estilo. El "Chueco" Andreani, pasó sobre una sola rueda mandándose a ciento cincuenta de lado a lado. Hubo varias frenadas y puteadas por parte de los sorprendidos automovilistas. "Lolo" González pasó en zig - zag. El "Beto" Acosta fue y volvió haciendo el ocho. Eran los veteranos y estaban muy locos.
A las seis les tocó el turno a los nuevos el favorito de los Norteños era Esteban Barrantes y el retador por los Sureños Martín Arregui. El sol comenzaba a teñir todo en colorado haciendo dudosas las siluetas y distancias. Barrantes inició el lance y se mandó como una flecha por Lacarra, llegó hasta Yerbal sorteando a todos los vehículos. Ahora seguía el Sureño Arregui. Apenas cerró el semáforo Martín despegó. Los autos desfilaban por delante y detrás como fotos fijas, todo el mundo estaba detenido menos él. Iba derecho hacia Yerbal, hacia la bolsa de blanca y todo lo demás, solo que en ese momento le cerró el paso un gigantesco Scannia cargando láminas de acero. Por delante ya no podía pasar, buscó la cola, dobló inclinando todo su cuerpo, el asfalto parecía querer su piel, a la altura de la cola se comenzó a enderezar, las láminas de acero sobresalían unos dos metros y medio de la caja del camión, no quedaba otra más que pasar por debajo de estas, se agachó e inclinó la moto hacia el otro lado. Hubo un ruido seco y pasó al otro lado, siguió derecho por Lacarra hasta más allá de Yerbal totalmente erguido y aferrado al manubrio. Al otro lado de la avenida había quedado rebotando en el asfalto el casco, con lo que usualmente lleva adentro y protege.
El cuerpo al otro lado conquistó el lado norte por el centro de la calle dejando su reguero de sangre a modo de marca. Cayó a casi doscientos metros de la avenida.
Ahora descansa en el cementerio de Flores, su barrio en un solo cajón cabeza y cuerpo. Una placa de bronce puesta por las dos tribus reza: "Martín Arregui campeón de las cruzadas, verano del ochenta y ocho. Tus amigos y camaradas te saludan". Luego de esto ya no hubo quien se animase a las cruzadas, preferían el autódromo o los bosques de Ezeiza.
Si pasan por los cruces citados una madrugada de viernes o sábado pueden llegar a ver una espectral sombra silenciosa cruzando a cien kilómetros con su moto y sin cabeza. No es un buen presagio, pues lo más probable es que ustedes o algún otro se asuste perdiendo el control del vehículo y provocando un accidente automovilístico, como si se tratase de una postrer venganza contra estos.