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Vividor

 

 

VIVIDOR
  El escritor autobiográfico, tras varios tomos descubrió que alguien disfrutaba con su desgracia. Así tuvo la certeza absoluta de la existencia de Dios. Le colocaba cosas delante como algunas muertes para que resbale durante varios años y así poder reírse durante varios meses de su estúpida pelotudez. Imaginen el tipo de criatura que puede disfrutar esos chistes. Se dedicó a la ficción fantástica, todo lo que escribía debía ser parte de un cálculo. especulaba. Después dañó que incluso la suposición más idiota del mundo inmaterial del chiste también contenía partes y cosas suyas, y lo único que le ofrecía al reputo era fábulas que también disfruta, como todo puto, por otro lado. Ya no escribió más nada, atrofió toda su capacidad de lenguaje. Supo ser incapaz de la más mínima frase. Tenía problemas de supermercado y otras cosas de la supervivencia. Por una ofrenda continúa de accidentes a su paso supo que el puto seguía empecinado en lo suyo y descubrió que también escuchaba sus pensamientos. Era como pisar una bomba, es decir todo el tiempo en terreno explosivo. cualquier música que se le ocurriera el reputo estaba escuchándolo. y lo denomino así porque imaginen un tipo que le divierten esas cosas, el que se ríe de los jorobados o de las caídas ajenas. Dios es una costra por encima de todo lo que él inventó: la noche y el día, malo o bueno, + o -. Lo que dice es que debes existir. y el dolor es su sangre. que chupetea como esas putas que se alimentan de semen. Dios es un gordo americano comiendo palomitas delante del canal de la catástrofe, tragando puñados de almas. Entendió que incluso una mirada, o un movimiento de sus ojos, podía ser tomada por una opinión. Y se preguntó por qué entre tanta gente venían y le preguntaban justo a él su punto de vista sobre algunos temas. Por qué justamente le preguntaban al maldito, el despreciado, el que odiaba su obra fascista, que despreciaba cada ladrillo de su realidad. y pudo ver su sonrizzita de puto a través de la paredes de los mundos, ju ju ju, y se come a una generación en pochoclo, baboseado, cagado un poco. La única respuesta razonable a la realidad es la huida. De qué querés que escriba, puto. Cuento cómo me cortaron las piernas, cómo perdí el corazón, la vez que sentí que mi mente perdía sus puntos de apoyo. Es que fueron tantas... Y le escribió una carta al flamante presidente de los estados unidos.

  Querido idiota:
                          Nos alegra mucho tu triunfo y desde el principio estuvimos de tu lado y ahora es el momento de cumplir tu misión divina y empezar a los puñetazos con todos los botones que te rodean. Fuiste elegido para destruir este planeta maligno. Esas voces y esos ruidos que escuchás en tu cabeza son reales, es la voz de Dios que te pide que cumplas tu destino. Y lo que te dice Dios, nosotros te los traducimos por si no lo entendés, es: tirá las bombas. Bombardeá todo. No dejes nada vivo. Es hora de cumplir tu misión. Sos el único que puede hacerlo. No podés ignorar las órdenes del altísimo. Toda esta gente, con sus caras horribles, su mal gusto, el olor espantoso, el mal aliento, sus conversaciones estúpidas, su cultura horrible, con sus programas de televisión, sus creencias enanas, sus gustos grotescos, las costumbres patéticas, el sonido desafinado de sus pensamientos, son una ofensa a la decencia, a la belleza y a todo lo bueno, entendiendo como bueno a un concepto afuera de este mundo. Aunque a vos esta gente puedan caerte simpáticos, porque sos un idiota, vos hacé lo que nosotros y dios te decimos. Vos no pienses. Ese es nuestro trabajo. Lo único que tenés que hacer es apretar los botones como un tecladista furioso. La única manera de controlar la vida es exterminarla. Entonces, vos idiota, estás aquí para pavimentar el planeta.
  Así que ahora vas a ir moviendo el culo a tu oficina del holocausto. Y vas a hacerle caso a esos ruiditos que tenés en la molleja. Y te vas a tirar unos cohetes. Queremos ver cómo suenan las bombas.

                                                    
 
                                                                   Marcelo Müller