De Alejandro Mariatti
Ese día para Martínez sería
muy importante. Él sabía que su suerte cambiaría
radicalmente.
Salió del pabellón ochenta y cuatro de Soldati a las
ocho. Los inquilinos no pueden quedarse más que eso. Pasada
esa hora los echan. Todas las mañanas a esa hora los pasillos
se congestionan de gente mal dormida, mal vestida, esquivando basura
acumulada y ratas audaces. Los pabellones de Villa Soldati, se extienden
desde el bajo de Flores hasta llegar al Riachuelo, cubriendo manzana
tras manzana, con bloques uniformes, grises, verdaderos avisperos
de quince pisos unidos entre sí por interminables pasillos.
Quienes tienen visa para trabajo provisorio, solo pueden aspirar a
este tipo de viviendas. Para colmo Martínez debe pasarse casi
todo el día y gran parte de la noche en el trabajo. Generalmente
llega al pabellón a las doce o una de la mañana, las
luces las apagan a las diez u once de la noche, razón por la
cual al llegar debe buscar en el inmenso pabellón a oscuras
su cucheta, solo lo orientan el resplandor de los pasillos exteriores
y el olor penetrante que le llega del baño; siempre se rompen
y tardan mucho en arreglarlos; Martínez duerme casi al lado.
A las siete suena la sirena para despertar a todos y a las ocho guardias
armados y provistos de unos sensores calóricos que detectan
toda presencia humana, se aseguran del completo desalojo del lugar.
Martínez llegó a Buenos Aires desde Mar del Plata en
el dos mil catorce. Hace ya cuatro años que esta y todavía
no pudo conseguir una habitación compartida. De todas formas
allá era peor, se repite varias veces al día tratando
de darse ánimo. El resto del país fue copado por chinos,
árabes, indonesios, y otras nacionalidades desclasadas. Estas
grandes mazas de gente fueron movilizados fuera de sus países
y principalmente fuera de Europa por falta de espacio y recursos.
Argentina tiene espacio de sobra, dijo el gobierno en los foros internacionales
por lo cual debió prestarse "solidariamente" a solucionar
este problema demográfico. En solo diez años un aluvión
de cuarenta millones de inmigrantes forzosos invadió todo el
interior del país. Todos son extranjeros entre sí e
igual de miserables. Los argentinos en el interior no tienen cabida
ni aún para mendigar, salvo que tengan cargos en empresas importantes
o en seguridad.
A Martínez le costó mucho llegar a la ciudad. Buenos
Aires es una de las principales ciudades fortaleza en Sud América.
Entrar, implica pasar por infinidad de controles. Tener mucha paciencia
y capacidad de sacrificio. Una vez que un desclasado como Martínez
o los millones de miserables que pugnan por entrar llega, debe estar
dispuesto a trabajar en cualquier cosa.
Lleva ya cuatro años trabajando en la calle. Primero fue en
los puestos de Constitución, durmiendo en la plaza, con suerte
bajo el tablón mostrador. A los dos años pasó
a Once, donde podría decirse que subió de categoría,
pues dormía en el pabellón municipal de la estación.
En este hay inmensas hileras de nichos - cuchetas; estas solo sirven
para dormir, tienen el espacio mínimo como para permitir que
se meta un individuo no demasiado grande ni gordo. Allí los
inquilinos tenían el "privilegio" de poder bañarse
tres veces por semana.
Cada día para Martínez y todos los aspirantes a ciudadanos,
es una incógnita. Cualquier día pueden ser deportados
fuera de la ciudad, sin justificación, basta un mal informe
de algún supervisor. Cualquier día puede ser el último,
pues la deportación no es la única medida. Nunca saben
Si regresarán vivos a sus refugios, pues "Los Recolectores
de la Kamps Company" siempre están dispuestos a llevarse
a cualquiera que tenga "La marca". ?¿Que es esto?.
Nadie tiene una idea segura. Nadie la vio o llegó a describirla.
Se dice que solo pueden verla los Recolectores y sus Asistentes.
No era la primera vez que Martínez veía un procedimiento
de los Recolectores. Esta vez era en la estación Flores. La
recolección de "Marcados" es siempre un procedimiento
sorpresivo, a cualquiera le puede tocar. Primero aparecieron dos Recolectores
por un extremo del andén. Miró hacia el otro lado y
ya estaban acercándose otros tres. Martínez se sintió
como una liebre sobre la cual sobrevuela un halcón, deseando
que este caiga sobre otro. En alguna parte disimulado entre el gentío,
debía estar algún asistente observando listo para elegir
la víctima. Todos se habían paralizado en la estación,
sintiendo lo mismo que Martínez, "QUE LE TOQUE A OTRO,
QUE LE TOQUE A OTRO". Con una segunda mirada más atenta
pudo distinguir al asistente, con aspecto de cuervo lustroso, acechando
bajo el reloj de la estación, tras unos grandes anteojos oscuros;
siempre se las ingenian para pasar desapercibidos en la multitud,
sus ropas grises y aspecto insignificante los ayudan. Este ya había
seleccionado a la víctima. El pobre infeliz todavía
no parecía saberlo. Se trataba de un tipo bajo y viejo, incapaz
de hacer nada malo, imposible ver un conspirador en él. Ansioso
estrujaba un boleto, mirando para uno y otro lado hasta que intuyó
que venían por él. Tenía a varios pasos a los
Recolectores y perdido por perdido trató de correr; aunque
intentar escapar de una ciudad fortaleza es algo absolutamente inútil.
Solo logró dar dos pasos y fue derribado por un recolector
con un solo golpe en la espalda. Cayó de boca rompiéndose
varios dientes. Sin esfuerzo lo inmovilizaron pisándolo contra
el suelo, le pusieron la capucha, las esposas y lo llevaron a rastras
mientras por diversión le daban cada dos pasos un bastonazo
en los riñones. Pasado este incidente cotidiano todos volvieron
a respirar aliviados. Se supone que los asistentes pueden ver "la
marca" gracias a los anteojos oscuros, que dicen, tendrían
algún dispositivo especial para detectarlos. Hay muchas suposiciones
y ninguna respuesta.
Se desconoce por completo la suerte de los detenidos. Se tejen muchas
historias sobre el destino final de estos, lo cierto es que nunca,
jamás, nadie vuelve a tener noticias de quienes son detenidos
en estas circunstancias. Y tampoco hay alguien que se aventure a preguntar,
ni aún los familiares cercanos. Ser tomados como un marcado
es una fatalidad más que nos depara el destino, según
las enseñanzas de los "Hermanos Neo Budistas", para
ellos es tan natural como que la lluvia caiga de arriba hacia abajo.
"¿Será posible que los usen para procesarlos?"
Es una pregunta que muchos se hacen, una de las principales y más
creíbles hipótesis, pues no hay restos, nada. Pasado
un tiempo es como Si no hubieran existido. No quedan registros de
esa persona, ni aún el número de identificación,
que le es asignando a algún nuevo ciudadano, recién
llegado.
Martínez subió al tren que lo llevaría a la estación
Castelar. Sabía que le sería difícil cruzar,
pero valía la pena, su futuro dependía de ello.
En el viejo vagón desprovisto de asientos y adornos, solo una
insegura red de pasamanos hace pensar en que allí viaja gente
en lugar de reses colgando y balanceándose rítmicamente.
Luego de varios minutos de viaje alguien empezó a murmurar
algo en tono creciente. Algunas pocas personas miraron curiosas a
su alrededor, la mayoría permanecía indiferente enfrascada
en sus propias cosas. El murmullo fue tomando una cadencia rítmica,
como una salmodia incomprensible. La gente comenzó a intranquilizarse
tratando de ubicar la fuente del rezo. La letanía subió
varios tonos y la gente se agitaba ansiosa, el sudor frío se
podía oler en el vagón rebosante de gente. Ahora el
extraño gritaba su rezo en el medio del vagón, mientras
la gente se apartaba aterrorizada del sujeto; un tipo joven, de ojos
desorbitados, embozado en una arratonada capucha a modo de hábito.
Sacando un cuchillo de sus ropas gritaba "...la iniquidad debe
terminar, el pecado debe ser eliminado de raíz. Es deber matar
el origen del mal, matar a todas las mujeres, y toda forma de vida...".
El sujeto estaba a solo dos metros de Martínez quien aterrorizado
se apartó de su proximidad atropellando a quienes tenía
por delante dejando al alcance del sujeto a una adolescente. Esta,
rápida buscó algo en su cartera, mientras el sujeto
iba hacia ella, justo lo que pretendía, una mujer joven. Ella
levantó el brazo para cubrirse el rostro, el cuchillo desgarró
a lo largo todo el antebrazo de la chica. Ella gimió dolorida
mientras extendió su otro brazo hacia el rostro del sujeto
empuñando un aerosol con ácido. Él aulló
estrujándose el rostro, humeante. El olor a carne quemada invadió
todo el vagón. El sujeto cayó de rodillas, cosa que
aprovechó la gente para lanzarse sobre él, sepultándolo
bajo una lluvia de patadas. La gente insultaba excitada y enfurecida
enarbolando diversos objetos hirientes que bajaban una y otra vez,
tiñiendose de rojo, mientras el sujeto entrecortadamente seguía
rezando un cántico de su congregación "Los Asesinos
por Dios". Esta religión de origen oriental es un sospechoso
sincretismo entre el fundamentalismo cristiano, musulmán y
budista. Estos peligrosos fanáticos ven todo el proceso de
la vida como el origen del mal, razón por la cual el máximo
acto sacramental que realizan es la inmolación asesinando cuantos
humanos puedan para luego suicidarse o hacerse matar, tienen una especial
predilección por las mujeres jóvenes en su afán
religioso - homicida, pues ellas representan al "Mal del Deseo
y la Concupiscencia que nos encadena a este proceso infernal de La
Vida" según explican ellos en sus folletos que reparten
gratuitamente en las plazas.
El sujeto luego de ser casi triturado, todavía susurraba un
cántico que sonaba como un extraño silbido entre sus
rotos dientes. Entre varios lo levantaron en alto como a un muñeco
desarticulado y lo tiraron por la ventanilla izquierda, sobre la otra
vía, por donde a los pocos segundos pasó el otro tren.
La chica herida se recostó junto a la puerta haciéndose
un torniquete con un pañuelo. Nadie le preguntó como
estaba, solo se apartaron un poco para no salpicarse con la hemorragia.
La muchacha bajó tambaleándose en estación Ciudadela
y se perdió en la multitud. Martínez se podía
considerar muy afortunado, la mayor parte de los atentados de estos
fanáticos no son tan improvisados. Generalmente usan explosivos
o armas automáticas, con lo cual alcanzan un altísimo
poder mortífero. "Este sujeto era solo un iniciado que
quiso consagrarse antes de tiempo", pensó contento Martínez
mientras trataba de irse arrimando a la puerta.
Al llegar a Castelar tuvo que formar cola junto a unas cuarenta personas
más. Ese día los agentes de seguridad de la estación
estaban particularmente quisquillosos y revisaron a todos, uno por
uno verificando con la computadora central cada pase. Cuando le llegó
el turno a Martínez, los encargados de su revisación
lo miraron incrédulos. Su aspecto no era el que se acostumbra
ver en los "Barrios Vigilados", la gente que vive allí,
no tiene el máximo nivel, pero Si tienen acceso a muchos servicios
y bienes que muy pocos pueden imaginar. Tienen casa propia y visten
gran variedad de vestimentas, razón fundamental que lo diferencia
a Martínez.
Tuvo que acompañar al sargento de la delegación a una
sala especial. Allí lo hicieron desvestir, más para
humillarlo que por seguridad, porque tienen detectores de armas que
hacen innecesarios tales procedimientos. Pasó el examen y pudo
salir de la estación con dos chapas bien visibles, una en el
pecho y la otra en la espalda, destinadas a que no disparasen sobre
él, en el caso de resultarle sospechoso a alguno de los residentes
o sus custodios. Estas titilaban con una luz verde que era controlada
desde la estación, pasadas las tres horas a que lo autorizaba
el pase, esa luz se apagaría y desde cualquier punto podrían
dispararle sin más preguntas.
Tenía que caminar para llegar a destino, pues no podía
pagarse un taxi, y en los Barrios Vigilados no hay medios colectivos
de transporte, se supone que quien transita por ellos deben tener
recursos suficientes como para tener movilidad propia o pagarse un
taxi. Martínez caminó treinta y seis larguísimas
cuadras, sabiéndose vigilado por infinidad de mirillas telescópicas
desde cada una de las ventanas. A pesar de las chapas de pase cualquier
niño o adolescente solo por practicar tiro al blanco o jugar
podía dispararle y nadie se haría problema por su muerte.
Cuando llegó a su destino Martínez vio que la casa era
muy grande, sin duda su contacto era alguien importante, eso lo puso
optimista. Cauteloso se acercó al portón de entrada.
Se secó las palmas en el pantalón y tocó dos
veces el timbre, esperó. En lo alto del portón una "Cámara
Portero" se extendió en su dirección. Una voz metálica
le exigió la identificación. Martínez despacio
acercó su mano al bolsillo superior, mientras la voz metálica
le decía amenazante "Mucho cuidado con lo que hace. Le
estamos apuntando", sacó la identificación y la
exhibió ante la lente. No pasó nada, hubo un silencio
de un minuto y entonces sonó una histérica chicharra,
la voz metálica le dijo cortante "Pase y espere"
la puerta se abrió al futuro para Martínez...
Hoy Martínez se levantó de buen
humor. Se bañó, como todos los días, desayunó
café con tostadas en su propia cocina y salió para el
trabajo. En el pasillo se cruzó con algunos vecinos. Rara vez
se saludan, solo intercambian recelosas miradas de reojo. En este
edificio todos se dedican a lo mismo, no tienen mucho de que hablar.
Es más: "Mejor, no hablar" piensan.
Martínez jamás recibe órdenes claras, no sabía
a que atenerse. Solo sabe unas pocas cosas básicas como para
durar en este trabajo. Posiblemente hoy cuando termine su día
vaya al sauna, allí algunas veces logra relajarse, no siempre.
Tiene amplio crédito para las mujeres, aunque últimamente
prefiere la "Sexual Mind"; una nueva máquina de sexo
virtual que crea ilusiones tan nítidas como para confundirse
con experiencias reales, aún mejores que estas. Estas máquinas
son muy caras, prácticamente no están al alcance de
Martínez pero él sacrifica varios gustos y dos o tres
veces al mes se paga el ingreso a este lujo. Al principio acudía
a las prostitutas, habían sido demasiados años de marginación.
Pero su problema era que las mujeres a las cuales podía acceder
eran de su misma extracción social, habían pasado similares
privaciones. Sus ojos eran fríos, muertos, solo iluminados
ocasionalmente por el desprecio hacia sus clientes. De todas formas
el sexo virtual es más intenso y no se corre el riesgo de contagiarse
ninguna enfermedad, piensa Martínez, quien también teme
a la posibilidad de ser espiado por estas mujeres. Tampoco está
del todo seguro con respecto a las máquinas, aunque le despiertan
mucha menos desconfianza que las prostitutas, ellas siempre cargaron
con la imagen de confidentes o receptáculo de los secretos
sucios e inconfesables de los hombres, sus miserias quedan al desnudo
igual que las imperfecciones del cuerpo una vez quitadas las ropas
para el intercambio sexual.
Martínez continuamente se pregunta Si debería dejar
de acudir a las máquinas. Es más fuerte que él,
no puede dejar esas imágenes impolutas, tan intensas como sus
deseos. Está seguro que lo vigilan, siempre vigilan. Él
lo sabe, porque él lo hace. Aún en la caja cerrada de
sus sueños, se siente vigilado.
Su trabajo es muy sencillo. Salir, acechar, seleccionar, cabecear
un poco señalando a la presa y ya está. El resto no
depende de él, que no se arriesga en ningún momento
y siempre pasa desapercibido entre la gente.
"¿Alguien lo sabrá?", Se pregunta para sí
Martínez, "Lo dudo" se contesta tratando de tranquilizarse.
Todos ellos rehuyen mirarse. Apenas suben al ascensor se calzan sus
anteojos negros y salen a la calle. "¿Verán algo
los recolectores?" Vuelve a preguntarse. Martínez, no
lo sabe y jamás se le ocurriría preguntarle a ninguno
de ellos, tampoco le contestarían nada, con los recolectores
solo intercambian los gestos imprescindibles para cumplir su tarea.
El no sabe nada, solo que tiene que ir a la calle y seleccionar. Trata
de imaginarse como es, quiere saber. Le obsesiona tanto que varias
veces en sueños ha creído borrosamente verla sobre su
frente, luego despierta, vacío, desesperado y sudando frío.
Entonces se pregunta en voz muy baja "¿Qué dirían
los supervisores Si supieran que no la veo?", Para luego contestarse
riendo nervioso acurrucado en la cama "Tal vez se reirían.
Si, tal vez se reirían de mí".