De Alejandro Mariatti
Llevaba a cuesta infinidad de caras inquisidoras
repitiendo monotonamente las mismas preguntas: "¿Trabajos
anteriores?". "¿Pretensiones?" "Esto que
ha puesto aquí es más de lo que podemos pagarle por
su trabajo, después, con el tiempo veríamos". "¿Experiencia?".
"¿Disponibilidad horaria? ¿Como? ¿No puede
dedicarse Full Time?... entonces lo lamentamos, pero necesitamos gente
que nos responda siempre, en todo momento". En alguno de esos
lugares requirieron "Dígame ¿como pasa usted sus
fines de semana? ¿que actividades realiza?". En otro...
"¿Está afiliado a algún partido político?
¿Cual? ¿Tiene actividad sindical?". Las colas son
cada día más agotadoras. Siempre lo mismo, volver sin
haber encontrado nada. Cuando se encuentra algo, aparentar delante
de canes suspicaces con la vana ilusión de responder exactamente
lo que ellos quieren. La dignidad, parece ser una pasta que se mezcla
con el asfalto para que los autos no resbalen.
La ciudad entera se le venía desplomando encima cada mañana,
lastimándolo desde todos sus ángulos, cortadas, gritos
y golpes. Pero un día se cruzó en su camino el edificio
de "La Mediterranea". El cartel era muy grande, hecho en
letras de bronce. El lugar fue inaugurado en mil novecientos cincuenta.
Tiene ese estilo horrible, elefantístico típico de la
época. La compañía que funciona adentro es "La
Mediterranea S.A.". ¿A que se dedica esta compañía?.
A cualquier cosa que de más dinero: Seguros, préstamos,
importaciones, exportaciones, hipotecas, cualquier cosa.
Una vez adentro comenzó a sentirse diferente, muy bien, aunque
tardó en darse cuenta. Estaba rodeado de tranquilidad.
Eran unos cuantos quienes esperaban por el aviso del diario: al principio,
tensos, ansiosos y a la defensiva, sabiéndose muchos para muy
poco. El ambiente interior era silencioso, susurrante y amortiguado,
en abierto contraste con el nerviosismo dominante. Ese estado calmo
fue contagiándolos a todos y al cabo de una media hora de espera,
el se sentía cómodamente moldeado a la forma y el silencio
cálido de "La Mediterranea". Primero les dieron a
cada uno una tabla con la ficha a llenar junto a una birome. La ficha
pedía unos cuantos datos: Fecha y hora de nacimiento, preferencias,
hobbies, deportes, amigos, afectos. Lo importante, pensaba, era como
se lo pedían. Eran amables.
Luego de unas dos horas de espera tuvo su entrevista laboral. Esta
se desarrolló sin sobresaltos. Respondió con toda naturalidad
a las aclaraciones que le pedía el obeso señor Rebagliatti,
el jefe de personal. Gracias a él supo de las ventajas de trabajar
en cualquiera de las áreas de "La Mediterranea".
Le hizo saber que en poco tiempo llegaría a amar la empresa
y no querría irse jamás. Al finalizar la entrevista
tenía la seguridad de que ya era parte de la empresa y del
edificio. Lo seleccionarían, estaba seguro.
A los tres días lo llamaron, había obtenido el puesto.
Se sintió feliz. No iba a tener que seguir peregrinando por
más caras inquisidoras, ni soportar el derrumbe de la ciudad.
El primer día fue muy agradable. No recordaba que hizo, sólo
retenía la sensación de tranquilidad.
Han pasado ya seis u ocho meses desde su ingreso.
El escritorio es similar a todos, circular. Todos se deslizan plácidamente,
como rodando por el edificio. Ha engordado unos ocho kilos. En la
empresa les dan de comer, los engordan. Los que entraron con él
también denotan un brusco cambio de silueta y de ánimo.
Desean pacientemente que les toquen las horas extras. No por turbia
ambición, sino porque es tan tranquilizador el arrullo de las
lámparas, computadoras y el equipo de aire acondicionado que
uno se pregunta: ¿A que insensato se le podría ocurrir
ansiar el peloteo incesante del exterior?. ¿Para qué
volver al exterior?.
Varias veces ha tenido la suerte de quedarse a dormir en la empresa.
Lo confiesa con un pequeño resto de vergüenza, pero es
siente más cálida la oficina que la casa. En esas oportunidades
el desayuno abre su día de manos del portero, el gordo Fernández,
quien tranquilamente lo despierta con dos pequeños toques en
un hombro, luego solo le queda esperar que lleguen sus compañeros.
Se levantó tranquilamente de la banqueta donde duerme como
un lirón. Las banquetas están muy bien diseñadas.
Son perfectas para que ellos se puedan tirar a descansar, luego de
un fructífero día laboral. ¿Que sería
de ellos sin la compañía?.
Actualmente casi no sale de allí. Son varios los que se niegan
a salir. No los une nada con el exterior. Por las noches se acomodan
en sus respectivos escritorios, arriman una banqueta y se acuestan
allí, junto al trabajo del día, para descansar. Sus
cuerpos necesitan descanso, cada vez más descanso y comida.
Esperan el ascenso a niveles superiores. Es el máximo logro
que hay, "eso es triunfar". Ser llamado para subir en el
ascensor central es la máxima aspiración de sus vidas.
Cuando se llegó allí es la plenitud. El todavía
no está preparado para terminar la adaptación. ¿O
sí?. Los pocos conocidos que tuvieron el honor de ascender,
no pudieron llegar por sí mismos. No tanto por la gordura,
sino por el estado de ¿como llamarlo? Se podría decir
de Sabio Abandono; es una sensación o estado de gracia, ese
punto en el cual ya nada les preocupa. Quienes llegan ante el ascensor
central, están en otra órbita del ser, su visión
de las cosas es despojada y pasiva "No luches inútilmente,
la lucha en sí es inútil"; reza el reglamento o
mejor dicho "EL LIBRO: La Mediterranea, Iluminaciones y praxis".
A todos ellos; los Ascendidos; los trasladaron sobre carritos para
luego perderse en los ascensores redondos y jamás volvieron
a ser vistos.
Ahora él es invadido por el sueño.
Las manos relajadas, blancas y rechonchas se rebelan pasivamente impidiéndole
seguir escribiendo. El sabe que pronto llegará su turno. Se
ha dormido unos minutos, cayendo con sus párpados en un tibio
sopor. Entonces, tuvo un sueño, cuando ya casi no los tenía.
En este se veía con treinta kilos menos, corriendo ansiosamente
por una calle sucia, ruidosa y maloliente, escapaba de algo. Era curioso,
pero ahora que lo iban a buscar y lo trasladan lentamente en el carrito,
sintió algo de nostalgia por el exterior. Trató de desechar
estas ideas pero volvían con toda su vital violencia cortante
y estridente. Esta esperando el ascensor que lo llevará al
último piso. ¿Que vendrá después?: No
sabe. La transformación es muy lenta abajo, supone que arriba
también. La ansiedad por el exterior lo está alterando,
casi... podría decirse ¿desesperando? Ya no sabe en
su estado de entrega. Pero ya no hay cabida para esos sentimientos.
El ascensor esta allí, frente a él, solo le resta subir...
y dejarse llevar... solo eso, dejarse llevar sin más lucha...