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(D) DOS VERSIONES

Colocaba la foto sobre los ojos del perro. Y repetía: "ves? ¿este hijo de puta? ¡te hace esto!" "Él tiene la culpa!" Y lo sedaba y lo sometía a una serie de vejámenes. Lo torturaba en lo profundo mientras le pasaba consciente una película dormido con la cara de su agresor. Durante el día le hablaba como si fueran amigos, caminaba junto a él en su odio y planificaban grandes estrategias de venganza mientras le aconsejaba calma y a no jugar la vida. Abría un pizarrón y los planes y la estrategia de su desquite. Le señalaba la foto y le explicaba el camino a su casa y cómo todo lo que tenía que hacer hasta llegar a su yugular.
La tarde dónde está el punto de inflexión del cuento, le dio un poco de chocolatada mientras lo dormía. Leyó en voz alta algunas partes del Libro Porno de la Muerte como si se lo estuviera diciendo. Y lo rociaba, gritaba el nombre y mostraba la foto de su torturador. empezaba a matarlo al ritmo de mirá. él te hace esto. Luego lo cocinó y lo comió.
Semanas más tarde estaba sentado eructando otro perro. Bebió un poco de vino. Invocó favores del libro Porno, llamaba al perro y le decía andá a matarlo. Pero cuando vio a su dueño desde el más allá saltó el espejo de agua y cayó sobre él y comenzó a devorarlo. El monstruo desgarraba y se peleaba con su carne. en la mano tenía la foto. a medida que se llenaba el perro recuperaba su vida. cuando estuvo curado de la muerte le cavó una tumba. pasaba los días durmiendo con la pata sobre la foto. para los gastos usaba la tarjeta.

II

Tenía mucho miedo y se levantaba de la cama y visitaba la oscuridad. Las sombras se le pegaban como una ropa húmeda. Le aterrorizaba la idea de que ahí cerca a dos paredes hubiera toda una conspiración de atrocidades, en el mismo comedor dónde pasaban los días a conciencia con su familia había una multitud de gestos horribles que pisoteaban lo sagrado ante la falta de una mirada condenatoria. (La explicación es que las expresiones de la calle se acumulaban en ese rincón oscuro de su casa como en una rejilla, ya sin la mesura de sus dueños). Y si se acostaba soñaba con la muerte de sus padres. En la ruta, durante sus viajes, explotaba la nafta y el impacto equivalía a varias toneladas en un momento, ninguna fracción de tiempo que pueda ser medida sino más bien algo de lo que se dice: pasó. Se acostaba a dormir entre sus padres porque no podía soportar solo sus sueños. Todas las noches soñaba su muerte. Alguien cortaba los cables del auto. No podía imaginar la vida sin ellos y estar despierto era peor. Se preguntó si en realidad lo deseaba. Pensaba lo prohibido endtetta sus paseos por la oscuridad. Se ponía a leer el libro porno de la Muerte. Y decía unas palabras: que mueran y exploten. Tomaba un trago de vino. Después se ponía en una silla a morir todo lo que había tomado. La película de su vida pasaba varias veces ahí delante pero no podía entenderla. Cuando estaba muy borracho se acostaba con sus padres. Se veía a sí mismo cortando los frenos. A la mañana siguiente, en la ruta, pasaban a una temperatura dónde su carne era inflamable como si estuvieran en un microondas que ya pase a una temperatura infernal, el golpe del calor equiparaba al impacto del choque. ¿Qué estaba haciendo durante el accidente? Temblando en la oscuridad trataba de arañar a los gestos. Bebió y vomitó durante quince años. Estaba de resaca vomitando en la pileta de su casa. Leyó unos fragmentos del libro porno. Caminaba y leía en voz alta y a algunas páginas que le gustaban se las jalaba. Arrojaba a las otras al piso mientras leía y se reía como un idiota de la palabra escrita. Era terrible, infernal, insoportable. Se sentaba a hacer lo que hacía. Sentado en el borde de la conciencia veía llegar a sus padres que lo llamaban desde muy lejos. Reía? Lloraba? Qué hacía? Recordó la historia que había escrito. Cuando una especie básicamente egocéntrica tolera a otras, hay un debilitamiento en las paredes del organismo. El paciente muere. Estaba rodeado por la foto que tenía en la mano. Sus padres lo llevaban de la mano por la oscuridad. Le decían que no tuviese miedo. En la mano tenía una foto. Su retrato.

(estas son dos son versiones de la misma historia, algunos datos de la primera versión pueden usarse para completar la segunda, y si no inventar a VOLUNTAD.
endurniadtaa y vntteo. /los errores de tipeo, a veces, son intencionados. otras, no.) ..........................................................................
CUMPLEAÑOS CON GUSANOS

Empecemos por el final. Me llaman porque cumplí años y quieren ver en qué estado de descomposición llegué a los cuarenta años. Me miraban. Me estudiaban. Malvados. Miraban los arañazos del tiempo en mi cara, se regodeaban con el estado de mi calvicie, hacían inventarios de las pérdidas, se mojaban con las señales de la amargura. ¡Cómo gozaban!  Mis amiguitos de la infancia. Miraban mis tembleques. Festejaban cada marca visible de la derrota. Se regocijaban con mis tanteos de borracho en la cordura, con los patinadas en una charla  común. Oigo sus risas interiores. Desde mi niñez los padecía. Compañeritos de la primaria. Hace diez años, la última vez que los vi, dijeron que en una década les gustaría tantear el estado de mi podredumbre. Semejaban una enfermedad esporádica, como un herpes. Los evité durante diez años por su inclinación a gozar con la desgracia ajena, ese vampirismo con la erosión humana. Hallaban un consuelo miserable en la tragedia del otro. Es humano sentir alivio cuando el proyectil impacta en la cabeza del vecino, lo extraño es pajearse desde las trincheras mirando cómo caen los demás. Me miran. Siento sus ojitos como alitas de insectos. Como colmillos y pinzas escarbando en las huellas de toda esta amargura y odio, buscando la zona más suculenta. ¿De qué hablan? De los judíos. Usualmente hablan de los judíos y de lo puta que son las  minas. Volver a la misma conversación una década más tarde, esa afición local por el eterno retorno. ¿Qué dicen? Uno fue a tocar el bajo con un peronista a Israel. La única cosita de los judíos que mandan centavos a Israel es que le hacen padecer a terceros lo mismo que sufrieron ellos. Como esas mujeres que nos atormentan por un ex novio. El negro de mierda además de peronista era diputado y mi amigo también trabajaba con él como funcionario público. Mi amiguito de la infancia ahora era colaboracionista. Decía que en Israel todo el tiempo hablaban de dinero mientras caían las bombonas. Le digo:
¿Por qué no le pedimos cincuenta lucas a tu amiguito el Chango o publicamos cómo venía a vender o comprar porro a tu casita?
En el comienzo me miraban. Me desean el mal con tanta fuerza que me duele el estómago. Hablan de algo y de reojo hablan de mí. Mientras tiraban algún tema ahí delante para distraerme, de reojo se dan panzadas con mi deterioro. Que si muy pronto sería el feliz propietario de un tumor maligno, cuánto tiempo duraría mi tibia relación con la realidad, me desean el fondo de sucios hospitales. Dicen que me parezco a Roberto Carlos. Picoteaban la sangre como gallinas. Desde que eran niños tienen alma de vieja. El hermano del colaboracionista quiere decir cosas más originales que yo. Sufre una compulsión por ver quién tiene la pija más grande, metafóricamente hablando. Nunca trabajó en su vida, toda su obra son estas conversaciones estériles perdidas en el tiempo. La competencia es otro de los mecanismos del mundo. Cuando se cree estar jugando inocentemente a la pelotita, se corrobora el pacto.
  -Dale, contanos, dicen y esperan. Casi hay un ligero tono de prepotencia en su voz. Me piden que les cuente mi vida y les suministre lo que vienen a oír, como si hubieran pagado una entrada para ver el espectáculo. Ya que pagan con mi desprecio, quieren gozar un poquito.
  ¿Cuál es la táctica para vivir con las ratas? ¿Girar en cortinas de humo? Mentir, inventar cualquier desgracia para que coman. ¿Algún dolor fantástico para que se pajeen tranquilos? Dejo constancia de mi entorno:
  -Dale, contanos, tu cara dice que no la pasaste muy bien. Queremos los pormenores. Contanos. Contanos.
  -Mi dolor es sagrado para que lo ensucies con tus manitas manchadas de grasa.
  -Pero ¿seguís obsesionado con la yeta y toda esa boludez del dolor ajeno? No te parece que ya perdió la gracia -dice alguno textualmente.
  -Nos sentábamos en el mismo banco en la primaria. Somos como hermanos. Somos iguales. Nadie será tan amigo tuyo... -dicen.
  Tanteo: -Me están por echar de mi casa y no sé adónde ir. Voy a vivir en la calle. También me persigue la policía. ¿Tenés algún lugarcito dónde me pueda echar?
  -Mirá, no sé.... La casa es chica... Además nunca estoy... Y mi novia viene mucho... ¿No conocés algún otro amigo para pedirle...?
  -¿Cómo están tus viejos? -pregunta el colaboracionista y se forma un semicírculo con acústica de auditorio.
  -Bien, bien -contesto y se ríen, y pienso en ellos, en ese momento en una etapa avanzada de descomposición, tal vez cuando los tejidos se convierten en papel, y esa es la imagen que me ocupa en ese momento. Quizás me llamaron para oír la historia de mis labios. Esas cosas son películas pornográficas para gente así. Lamento hacer parecer lógico semejante locura pero veo sus gestos de mujercitas penetradas. Cuchicheando detrás de las puertas. Mojando la mortaja. La única cura para esta depravación del sentimiento es la muerte. Sin ánimos de legislar a nivel cósmico, se parecen a Dios. Gozando con el espectáculo de la caída de su rebaño. El fracaso y el sufrimiento heredado por cada civilización.
  Si vivís en el fondo del mar, ¿conviene inventar que te garchás a diez mil marilynes? Y si barrenás en la espuma del mundo, ¿será conveniente decir que estás chupando pija de linyera?
  Juegan al ajedrez. El dueño de la casa tiene un ajedrez a la entrada. Lo primero visible para el visitante es el tablero de ajedrez. Lo único valioso que cree atesorar es su inteligencia y es un idiota. Desde su altura intelectual ve las cosas al ras del piso.
  Hago movimientos de dedos para esparcir la semilla del cáncer a mi alrededor. Mientras hablan de putas hago movimientos imperceptibles para sembrar dolores lentos y mortales en el aire. /La mujeres sólo tienen las defensas bajas frente al ataque del mensaje del mundo, están en la primera línea de fuego; se ponen tacos y una lencería que les arruina el cuerpo para calentar al macho y parecer
máquinas/. Si llegaste hasta aquí, y también gozaste con mi desventura, lo siento mucho: esto es escritura mágica.
  -Dale contanos, se ve que la estás pasando mal. Enumeranos con lujo de detalles cada incidente que te moldeó esa máscara -dice el gordo.
  -Estoy haciendo magia dura.
  -¿Cómo es eso? -pregunta malintencionado.
  -Se mezclan excrementos y sangre.
  -Sí, hay que cagar en la foto de la gente que querés y lo dejás ahí, hasta que se le pudra la vida. No solamente puedo garantizar que desbarranquen, también puedo condenar sus almas a la llaga eterna. El piso de mi casa está lleno de soretes. Todo el patio con nidos de fotos, mierda y sangre.
  El gordo gana cien mil dólares y pesa doscientos kilos. Sus ojos parecen dos niños ahogándose en una pileta de grasa.
  -¿Por qué rengueás? ¿Artrosis? -me preguntan.
  -Uy, un auto me atropelló. Me vendieron como esclavo turco para que no hiciera la denuncia. Me hice amigo de una odalisca. Como no tenían inodoro me obligaban a tragar la mierda de la familia. Cuando levanté una ceja, lo tomaron como un acto de rebelión y me condenaron a mendigar en el mercado de las infecciones. El plato de comida diario que ganaba debía donárselo a sus perros. Aprendí a alimentarme de mí mismo.
  Finalmente se cansan de que les mienta y todo termina a las trompadas.
  No hay estrategia, la magia no sirve con las lauchas. Cuando todo termine, voy a ir a buscarlos con un revólver. Cuando ya nada importe, voy a matar a todos los que me intoxicaron, a los que se les fugó una sonrisita mientras me despedazaba en mi pesadilla, a los que me dirigieron unas pocas palabras, los que me preguntaron la hora, los que usan mi santo nombre en vano, alguna cara horrible que me enfermó los años. Voy a ir matándolos hasta borrarme. Uno sólo es una ofensa. Cuando ya  nada importe. Quizás cuando cumpla 45.

  Me vienen a ver porque estaba muriéndome de cáncer. El ex colaboracionista hablaba solo, se contaba chistes y se los festejaba él mismo; la artrosis le impedía cualquier acorde. El inteligente ya casi no tiene pelo y es incapaz de  hacer ninguna jugada. Según dicen, cuando mueve una ficha se pone a vacilar, mejor no, mejor sí, y se le imposibilita abrir el juego. El gordo es flaco, la desesperación de los niños terminó consumiendo la grasa, sus ojos murieron hace mucho. Están ahí alrededor de la cama, mirándome, preguntándome si duele. Quieren conocer todos los aspectos sórdidos de la enfermedad. Que si me cago, si florecieron las escaras. Se acercan para ver cómo va estrangulándome la muerte, vienen a pedir el certificado de lo irremediable. Qué lástima que hayan transformado a la vida en algo tan horrible. Cuando terminan las visitas, se van. Es la última vez que los voy a ver. No asistirán a mis últimos espasmos. Después de todo, el dolor los impresiona.  

-Escribí, hijo de puta.
-no tengo muchas ganas. estos merecen bala gratis en lugar de comics gratis.
-Soy el editor. hace meses que estoy anunciando esta novela. Acá soy el amo.
-Qué importa. si se la llevan aunque publiques mierda.
-ponete a escribir o te garcho a tu familia.
-escribí vos. con esa boquita se ve que tenés mucha dote lírica.
-¿Y vos qué mirás?
-yo solamente vendo avisitos.
-bueno, algo tenés que hacer. escribí o te echo.
-sí, echame, por favor.
-escribí, rata.
-bueno, ahí va.

esto es escritura mágica. si llegaste hasta aquí, vos manguero inmundo que agarrás esta revista solamente porque es gratis, y también gozaste con mi desventura, en algún rincón olvidado y perdido de tu organismo una pequeña partícula explotó y comenzó tu lento y doloroso camino hacia lo irremediable. la reacción que en poco tiempo te llevará  a la mierda fea. chaucito.

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ESPIRITU MELOMANO

   Solamente por la música entro a una casa. Alguna melodía que no escucho hace muchos años, una canción que amé durante mi vida, me lleva a seguir su rastro hasta la fuente de lo único que me dio alegría en este viejo mundo. En estos años es muy difícil encontrarla en alguna parte, todo son sonidos sintéticos, frialdad y ausencia de vida, lo que escuchan ahora es como una gaseosa, algo para consumir y olvidar rápidamente. Cuando localizo la música de mi tiempo como hombre, no puedo evitar volar hacia los sonidos como un muerto de frío hacia una fogata. Es el único modo de sentir un poco de felicidad en estas calles de pobreza, es el único placer que conozco y que alguna vez tuve. Es muy difícil poner un disco si no se tienen manos, es difícil escuchar discos si no se tiene casa. Entonces me debo escurrir en las viviendas de la gente. Y algunas veces el valor de la entrada es demasiado alto. Esta vez me llamó una balada de la época en que el jazz se enfrió. Creo que es la trompeta de Davis. Y la canción, si mal no recuerdo, se llama nunca entrará en mi mente. Debo soportar el espectáculo de la miseria  humana a cambio de unos pocos minutos de música. Le doy la espalda a los habitantes de la casa.
  -Comé, hija de puta. ¡¿No te gusta lo que te preparé?! La envenené, hija de puta. Comé o te hundo la cara en el plato.
  De esto hablaba. Uno nunca sabe lo que verá cuando sigue a una canción, lo que espera en la otra punta del hilo. Es difícil disfrutar el momento.
  -Silvia, parecés una rata. Tenés cara de laucha. Andás por ahí escondiéndote en todos lados. Pero ¿no te dá vergüenza vivir, rata de mierda? Cómo puede ser que yo tenga que soportar todas las mañanas tu triste espectáculo.
  -Perdoname, por favor, perdoname....
  Manchan mi música. Profanan la melodía. Pobre Miles. No quiero mirarlas. Miro solamente el aparato. Me concentro en la música. La vista de estas escenas puede arruinarme completamente el descubrimiento de mi tesoro.
  -¡Comé, hija de puta! Pero, ¿no te das cuenta? ¿No entendés cómo son las cosas? ¿Por qué no te tirás por la ventana?¿ Tomás conciencia del asco que le provocás a la gente?
  La mayoría de las personas utilizan la música como banda de sonido para sus recuerdos. Cuando yo -si estando muerto puedo hablar de mí -escucho música solamente veo las notas. Al único lugar dónde me lleva la música es a más música. 
  -Parecés una rata. ¿Te das cuenta? Sos toda chiquita y gris. Toda peluda. Toda asquerosa. ¡Y repugnante! Mirá los ojitos que tenés. No podés mirar a nadie, ¿no es cierto? Sos incapaz de mirar de frente. ¡Como buena rata! Siempre está huyendo por los rincones, la ratita,¿ no? Hacé cri cri, ratita. Cantame. Mové el hociquito.
  Trato de mirar los sonidos. Las teclas del piano, el platillo, esa trompeta, como si viniese desde una habitación cerrada. En esta condición, puedo caminar sobre las notas. Puedo subirme a un solo como en un vuelo hacia... ¿dónde?
  -Deberías esconderte de Dios. Tu existencia es un pecado, Silvia. Solamente con que respires, con abrir los ojos a la mañana, estás ofendiendo a nuestro Señor.
  -Perdoname, Marta, por favor...
  La voz que ofendía iba cambiando. Pasaba de la violencia a los susurros, del odio al sarcasmo; era cínica, disonante, algo horrible, provocaba nauseas como la podredumbre. Era capaz de arruinar mi balada aunque recitara un párrafo de un libro infantil.
  Hablo de la música como un amante celoso, como si todas las canciones fuesen mías. Nunca nadie la amó tanto y por ese motivo toda la música me pertenece.  
  -Además te gustan los hombres, ¿no es cierto, puta? Te gusta revolcarte con los hombres. Se nota que andás detrás de cualquiera. Te refregás a los miembros como una gatita de porquería.
  -No, por favor, Marta.
  La voz horrible pertenecía a una gorda enorme, como un peñón, con una mirada maligna y desquiciada. Se la veía capaz de cualquier cosa. Y el pobre ratoncito comía lo más rápido posible, como si cumpliera una condena, escondida entre sus hombros, sus ojos elegían tantas direcciones de huida que no podían llegar a ningún lado. Incluso estando muerto el sexo llama la atención.
  -Te gustan, ¿no es cierto, puta? Digo machos y ya se te paran las tetas. Sssuscia, porquería... Salís a buscar hombres. Te pensás que no sabemos lo que hacés, rata puta.
  -No, por favor, Marta, perdoname....
  Es increíble que ese monstruo pudiera apreciar estas baladas. Y no es la radio, es un disco. Pobre Miles. Las cosas que hacían sobre sus interpretaciones. Si el autor estuviera presente cada vez que reproducen su música en los equipos de audio, qué sentiría si pudiera ver la clase de oyentes que cosechaba su obra. 
  -¿Para qué vivís? Nadie te quiere. ¿Por qué no te suicidás, eh? Andá y tirate por la ventana. Esperá a que yo vaya al mercado así no me culpan. Si no te suicidás esta noche, te voy a matar. Me entendés, prostituta? Y te va a doler. 
  - Por favor, Marta, no, no... yo no hice nada...
  La gorda agarró la cabeza de la pequeña y la hundió varias veces en el plato. Después se levantó y caminó hacia mí, me traspasó y se paró frente al aparato. Cambió el disco. Eligió unas piezas para piano de Satie. Es increíble. La gorda sabe lo que hace.
  -¡Hija de puta!  ¡Siempre me amargás la comida! ¡Rata de mierda! ¡¿No te dá vergüenza?! ¡¿No me podés ver tranquila?! ¡Siempre me ponés nerviosa! ¡¿Por qué me arruinás la vida?! ¡¿Por qué me hacés daño?! ¡¿Yo qué te hice?!
  -Perdoname, Martita, por favor...
  Silvia seguía con su tarea, la de comer y la de vivir. Seguía dando bocaditos. La gorda se sentó al lado y la miraba con una ceja amenazadora.
  -Mirá que sos una hija de puta. Sos perversa. ¿Y encima te tengo que cuidar? ¿Por qué no te morís de una vez? Así me quedo con tu casa. ¿Para qué mierda vivís? Suicidate, hija de puta. Matate de una vez.
  Marta agarró a Silvia de los pelos y la arrastró por el comedor y la llevó al baño. Empezaba a pegarle y Silvia gritaba y la gorda la insultaba de la peor manera posible. Esta es la letra que inspiraron las piezas para piano de Eric Satie.
  Me pregunto si seré capaz de seguir soportando por unas pocas canciones. Con una oreja oigo los alaridos y los insultos y con la otra intento escuchar el piano. No, es mucho. Quizás tarde varios siglos en encontrarme de vuelta con este disco pero no vale la pena. Quizás no lo vuelva a conseguir nunca pero ya es suficiente. Camino hacia la ventana y me dejo caer, junto con las pocas notas que pudieron atravesar el vidrio.

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INFORME SOBRE Y:
 
Llamemos yeta a la yeta. Es un miasma que se espesa sobre las grandes concentraciones de gente que permanecen durante bastante tiempo en un determinado lugar: es decir, ciudades. Todos lo que quieren, en el fondo, te quieren muy mal, más que la muerte una cosa inmóvil flotando en las secreciones personales de su ser nocivo.  Entonces, por un lado, tenemos un asentamiento, que en este caso fue elegido desde el ya el peor lugar, en la primera fundación se comieron entre los honorables padres de este municipio. Ya desde el vamos acamparon en un lugar bajo, con moscas, a varios metros por debajo del nivel del mar. Por eso cuando decimos ¡y no! es la influencia del ambiente, no y no, estos ya traían la predisposición de fundar una mierda, por esa famosa frase de que la gente es como las moscas. Del mismo modo, y por el contrario, tampoco podemos decir que cualquier persona que se mantenga un tiempo acá se convertirá en autóctono, a pesar del experimento verificado con negras, solamente por la influencia del sitio. Entonces, como decía Sarmiento... ¿Saben lo que decía Sarmiento? Los fundadores vieron el peor lugar del mundo y dijeron acá vamos a poner la casita. Mmsí y mmsí. No les importaba la mierda, más bien la calculaban y la anhelaban. Y aquí los esperaba Pocaonda. Desde entonces todos vienen a la taza, como 40 millones, la mitad de la población del país concentrada para mirar un poco la hez. La emanación de tantas mentes que se contemplan pensando en la inmundicia, produce una nube que navega permanentemente estas calles. O las empapa a cada rato, es mejor decir como una ciudad sumergida. Los chorros que vinieron de españa cuando vieron este lugar dijeron mmmqhé lindo, acá fabricaremos mucha agua servida. En este tipo de climas donde le dan tanta importancia a lo emotivo, el vínculo afectivo está distorsionado, nadie te quiere más que tu enemigo. Ese permanente roce genera una estática electroestática
que origina un enramado de rayos que envenenan el cuerpo. La gente se mira con dientes y gruñidos, que ese hijo de puta de ahí afuera termine de muñones pidiendo una muerte mejor que su vida. La mala suerte es solamente un síntoma. Por eso también puede ser llamado pomelo o miseria, pero le ponemos solamente una y para que no haga un agujero en la página hacia el fondo de la tierra y reviente las pupilas del lector. Para que no perfore la página, a partir de ahora vamos a llamarla y.
Hay una continua desintegración del cuerpo. En el mundo hay dos polos de magia. En estos países a medio hacer, la magia es un hecho. Mis únicos enemigos fueron mis amigos, decir este tipo de frase demuestra un daño muy serio. Solamente conociendo realmente a una persona se puede odiarla, con toda razón, con lujo de detalles. El burgués inventó el inconsciente para no pagar sus crímenes. En la guerra matan por una cuestión de miedo y de supervivencia. Del mismo modo sólo es posible odiar a una persona si se la conoce a fondo, si no, es un odio superficial. Por tal motivo para hacerse amigo de tu enemigo es necesario odiarlo. Sin embargo, en otro orden, más allá de lo pensado, al sujeto estudiado se lo odia más allá de la propia vida. No importa arriesgarse un poco con tal de aniquilar a la hija de puta, alma inmunda que está ahí delante mostrándose como si mostrara el culo. Y todo este olor se propaga por las playas, los bosques y los glaciares. Cosa que me recuerda cuando hacía guardia en el ejército y veía venir a alguien que caminaba por la nieve, debía gritar alto quien vive tres veces antes de disparar. Con esta maquinita que inventé puedo viajar a cualquier lado, lo curioso es que salió del odio, como aquí todo se invierte: el odio es el amor más puro. El desgaste emotivo que provoca la fuerza de ese deseo sin la satisfacción de una buena pelea a cuchilladas como debería ser, agujerea la cañería de los sentimientos y la mierda se propaga como un pedo que techa el lugar. Esta ciudad es el país. El olor llega a los lagos, los bosques, los glaciares. Cuando hacía guardia debía gritar tres veces alto quién vive a lo que se acercaba caminando en la nieve antes de disparar. Cuando los militares de alta graduación entregaban las balas a los soldados había un carraspeo, retrocedían unos pasos, les temblaba el bigote, se aplastaban a una distancia prudencial, era el momento de la revolución, la rebelión, a ver quién era el más salvaje. Los militares argentinos solamente sirven para asesinar a mujeres atadas a una silla. En esa época hicieron un plebiscito por la guerra con Chile. Les mandaba cartas a mis amigos pidiéndoles que votaran a favor de la guerra porque eran amigos míos sabía que harían buenas campañas. La idea era matar a la mayor cantidad de oficiales y de cabos por la espalda. En esa guardia el jefe era el cabito que me había pisado la mano durante un ejercicio, jugábamos a los comandos a 10ooo kilómetros al sur del culo del mundo. 
  -No me está gustando el tono de este capítulo.
  -¿Estás bien?
  La luna iluminaba la escena como en esa película el resplandor. Nevaba y el viento impedía distinguir cualquier cosa que se acercara. Estaba de guardia el cabito que me había pisado la mano. Cuando vino con el relevo empecé a gritar alto quién vive. Yo, pelotudo. Grité por segunda vez. ¡La reputa que te parió! Disparé. El pobre cabito de mierda, negro de mierda con sangre india que está profundamente enraizado en el aire, temblaba ahí delante puteando con poco énfasis, como tímidamente. El pobre pelotudo encima pretendía que me tirara al piso y me revolcara en señal de sometimiento. Levanté lentamente el rifle y en el breve comienzo de sonrisa de mis ojos supo que iba a gritar de nuevo y por última vez alto quién vive.

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KING CARACHO

  King Caracho bailaba cacas en la quinta de mi infancia. Quiero decir que K Cucaracho movía los dedos sobre mi película, borraba, destrozaba las mejores escenas. Colococaba como una nube sobre la luz de las escenas más lindas. Cucaracho movía sus pinzas y todo lo que filmé parecía mustio y muerto. Mis ideas queridas en sus manos se marchitaban y caían como soretes de un culo horrible, si se me permite la licencia poética. Va quitando escenas y cortando hasta que al final no queda nada. Solamente una sugerencia del título y el cartel de la publicidad de su isla de edición KC y el King Cucaracho. Por fin lo consigue. Destruye la película de mi monstruo de la miseria humana. Ya no hay más monstruo, ni siquiera nos queda la miseria. Devalúa  el símbolo que construí con tanto amor, cañonea mi decir que en su origen fue un avión a chorro. Con un par de botoncitos, borra las palabras mágicas que maduré para desovillar el infierno contemporáneo. A la mierda con todo. La Cucaracha siempre gana. Encima quiere que le pague por su trabajo. La destrucción de lo hermoso. Así estamos. Por las dudas, grabó el master de la película en una cinta que preparó para que se destruyera al volver a mi casa, como esa publicidad para combatir la piratería. Después del pago se aseguraba la destrucción de la única copia.
  Después de que le pago (con algunos años de desgaste emocional, porque soy menesteroso), dá pruebas de su generosidad y me obsequia un programa de jueguitos altamente adictivo. Lo instalo y me olvido de todo. No me interesa más nada. Ya no puedo comer. Me orino encima. No puedo quitar los ojos de la pantalla, desaparece todo lo que hay alrededor, ya nunca más imaginaré ninguna película. Solamente jueguito. Desaparecen los que amo, se extingue la ciudad, la civilización y la especie, y no quito la vista de la pantalla. Cierro los ojos durante unos segundos y sueño con la escenografía del jueguito. Estoy perdido. Estoy atrapado en una adicción furiosa al videojuego. La Cucaracha ganó de vuelta.
  King Cucaracho, mientras editaba la película hasta llegar al vacío, me pregunta cuál fue el peor momento de mi vida. Su sana intención es dejarme encerrado en un loop espantoso. La muerte eterna en lo peor que viví. Como quien no quiere la cosa, de reojo, escarba en mis experiencias más terribles. Tal vez sea esa su verdadera edición: elegir mi recuerdo más doloroso para dejarme tildado eternamente en el horror. Pienso en un muro de piedra, como en esa película, mientras con otra parte de mi cabeza busco situaciones difíciles que siempre tuvieron alguna salida, una puerta oculta detrás de los alaridos.
  King Cucaracho antes de ser así fue una persona. Lo que pasa es que estuvo toda la infancia sin cagar. La mierda le comió el alma. Durante 50 horas lo obligo a ver el monstruo de la miseria humana. Durante 50 horas lo fuerzo a ver su verdadera cara. Entre risita y risita, ahí delante de los ojos le puse una foto de su ser. Conseguí fotografiar su espíritu y lo puse ahí durante horas, días, mientras cree que me hace un daño. Y este quizás es el verdadero sentido de la edición. Si es posible construir un espejo que la refleje, aniquilo a la cucaracha. Es el final de su reino. En algún lugar muy lejano de su imperio, en una aldea olvidada y sin nombre, una partícula se cansa de soportar el peso de tanta injuria, se deja aplastar y muere. Las células vecinas ven lo que ocurre y dicen qué bonito, tiene razón, y al tiempo la imitan, después de rumiarlo dicen por qué no, por qué seguir soportando esto, por qué no el alivio, la hermosura de desaparecer. Y de a poco la tiranía se hunde en el olvido. Esta vez, ¿ganará la cucaracha?  King Cucaracha borra la última escena de una belleza que duele y me digo no importa, detrás del muro de piedra pienso: mi película ya está adentro tuyo.

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VAI, PIRANHA

  La negra simio caminaba del baño a la cocina.  ¿Qué hacía ahí? ¿Cómo importé semejante exponente del África profunda? ¿Me creía Baudelaire o Kerouac? Debió ser por lo difícil y horrible que es aquí el elemento femenino. Encendía un nido de magia en un rinconcito detrás de la puerta, un pequeño altar con whisky, arroz y velas encendidas a sus dioses. Me mandaba a comprar el whisky. ¿Cómo permitía la superstición y los falsos ídolos? En esa época estaba por la libertad de cultos, que cada uno creyera lo que creyera que lo ayudaba. Terminada su penitencia se pegaba a mi espalda en el sofá a mirar telenovelas. ¿Sabrán los trabajadores de la televisión el daño que le hacen a la gente? ¿Es visible su crimen desde un punto de vista histórico? Además de que en esa época fueron los grandes aspersores de la cultura de la nada, yo estaba ahí asistiendo a un crimen terrible e imperdonable y no sé cuántas cosas más. Las Susanas y las Celeste Siempre Celeste estaban convirtiendo a mi negra en argentina, las putas de la televisión estaban destruyendo la selva, las playas, el forró, el samba, el cabaquinho, toda esa cultura y ese paisaje devastado dentro mi casa. Si hay un Dios ahora debe estar construyendo un infierno para los actores de la televisión. A mí no me nombres. ¿Ah? ¿Sí? Se levantaba y volvía a su rinconcito esotérico y los relámpagos se adueñaban del aire. ¿Cómo permitía eso en mis dominios? ¿Por qué no me escapaba de ahí? Era como estar a los pies de un maremoto, es difícil guarecerse de una tormenta si se desata en un monoambiente.
  Terminaba la novela, pasaba otro día y cambiaba el arroz, una vela, un fraile, soplaba y decía palabras del africano, y llenaba los vasos con más whisky porque a la noche se evaporaba. Encima yo le pagaba el trago a los demonios. Me mandaba a buscar las velas, también negras, y otros elementos para su oficio. Y yo la puteaba, le decía negra puta, por otro lado era
muy extraño. Y si le preguntaba a quién le estaba rezando, se hacía la pelotuda e inventaba algún dios del momento. 
  ¿O sea que todo era telenovelas y brujerías? Bueno, de vez en cuando, me colocaba delante del televisor, me bajaba la bragueta y le decía que era hora de que me la chupara. Cumplía con su deber, sí, pero colocándome de tal modo que le permitía seguir un momento sublime de Andrea del Boca, valga la redundancia. Al terminar, iba al baño a hacerse un buche, y se oían claramente los cánticos y los tambores.
  Si cocinaba le hablaba a los ingredientes, bendecía a las zanahorias, al ajo o el tomate antes de arrojarlos a la sopa y me iba rellenando como a un lechón de año nuevo. Y yo le decía: ¿por qué le hablás al guiso, puta asquerosa? Gracias a su aliento comía hasta que no podía moverme, hasta que se me nublaba la vista y me ayudaba a arrastrarme al sillón para someterme al bombardeo ideológico del vacío. Pregonaban las ideas del Asqueroso, el ideólogo más nocivo del siglo xx, que impuso la moralidad de las películas de olmedo. Estamos hablando de 6 años atrás y es como si nunca lo hubieran vivido. Todos votaron por el credo del éxito, el egoísmo y el electrodoméstico. Era como vivir en un país de zombis. Pasó dos veces y pasará mil veces. Aquí vive un rebaño bastante estúpido. El mayor daño fue moral y filosófico.
DSNYTNDSÉ
  Una de las reglas básicas de la magia es que al que hace daño le vuelve. Sólo debía sentarme a esperar y en unas pocas decenas de años ver pasar el cadáver de mi enemigo.
  Se levantaba y regaba la alfombra con guiso que según decía no era para comer. Y yo le decía puta. Y ya que estamos con el tema que nos entretiene, solamente me permitía que le diera por el culo. Estaba prohibido que le circulara por la concha. Todo el asunto de la magia negra es como el juego de los chicos: pisar la raya de baldosas, caminar siempre en la sombra. Creo que en psiquiatría tiene un nombre, movimientos  no sé qué...
  Me mandaba a comprar velas, arroz, habanos. Y le decía puta, no me acuerdo si la puteaba tanto pero algo le decía. Es solamente una técnica literaria, uno se presenta como el animal más sucio de la cloaca para describir minuciosamente los pecados de la sociedad.
  Su madre mai umbanda, hacía rituales en la fabela, cucarachas del tamaño de máquinas de escribir caminaban por el entretecho. La negra me dijo vení y me hicieron participar en una ceremonia vudú, me arrojaban baldes de sangre y plumas, yo las miraba a punto de perder la paciencia. Y por qué lo hacías? Bueno, por respeto a las costumbres, mientras en segundo plano pasaban cosas raras. Las sobrinitas de 6, 8 y 10 años se pegaban a mi espalda cuando me acostaba y yo no podía pegar un ojo, al palo toda la noche, con los nervios de punta, las cucarachas escribían en el antetecho y trataba de no dormir para no agujerearlas en sueños sin querer.
  Las celestes y las susanas le enseñaban a lucrar con la concha y a convertir al elemento masculino en una partícula de insignificancia. Lo que me gustaba de ella era que hospedaba a todo el continente africano en su cuerpito, digo, podía viajar por todo el mato brasilero sin moverme de mi casa. en realidad, era como vivir con el continente de la negritud. Y todo eso estaba desapareciendo gracias a la televisión, al clima, a la influencia de esta ciudad malvada.
  La negra caminaba de un lado a otro y encendía sus nidos de magia: sales negras, guiso de cordero, cigarros, y qué podía decirle? Puta! Qué hacés? ¡Estás dejándole comida a las ratas! A la noche me deslizaba hasta el arroz y el guiso. También había unas lauchas contorsionistas que podían pasar debajo de la puerta. Lo raro es que el abc de la magia dice que el daño vuelve multiplicado. Sin embargo, insistían en dañar a terceros, cuartos y quintos. Y, después de todo, ¿qué le había hecho, más que decirle puta? Como si un judío se ofendiera si le dicen judío, si le están faltando el respeto a sus 6000000 de muertos. Es como decirle al mar que tiene agua.
  Después de que se piantó, cuando se disipó el humo, estaba aprendiendo a abandonar el cuerpo como en el cuento de Roberto Arlt, en un segundo estoy en la fabela. Doy un paso de 4000 km como si traspasara un umbral. Me inclino sobre el cuerpo de los niños, ahora son otros porque ya pasaron diez años, y me pregunto si les aplastaré el corazón como a un pajarito, si les deformaré la cara en un gesto atroz de por vida o si los tocaré con una caricia que les trastorne la vida para siempre. Estoy temblando al pie de la cuna, con una alegría siniestra, sin saber si lo haré alguna noche. Dejo esto desprolijo, sin la yunta cósmica de palabras, por si es realmente escritura mágica. Pensar en el daño que seré capaz de hacer cuando sea incorpóreo hace que se me pare la pija. Entonces, seguro, haré desaparecer esta ciudad, con una epidemia o un derrame, y si registran un resplandor de la misma molestia que una bomba simplemente será el éxtasis de mi espíritu.
  Caminaba de una región a la otra. Me mandaba a comprar velas. Aprovechó que tenía que cobrar un avisito de 10 $ en Berazategui y desapareció. Cuando llegué su ropa no estaba, se había llevado sus cremas y sus cositas, los elementos de magia estaban apagados y en la mesa había dejado una nota: "El trabajo está hecho".
  Después pasaba una exhalación rubia de la cocina al baño. Y también le decía puta, por supuesto, pero ya un poco más preocupado. Decía que yo la comprendía. Porque publicaba una historieta con un personaje que tenía su nombre. Decía que ya la conocía de antemano.
  Más tarde se murió mi familia.
  Antes o después apareció una punk que estaba en la escena del psicoanálisis. La gente que se sube a un escenario me hace acordar a esos chicos que la familia les pide que actúen para ellos en navidad, que hagan su gracia.
  -¿Qué es esto? -dijo cuando encontró la botella de whisky que guardaba en la alacena.
  -Es el whisky de satanás -le dije.
  -¿El whisky de satanás? -dijo y vació media botella tomando del pico, se reía y le daba besos al whisky. Después se lo arrojaba sobre la concha y de esa manera bebí el licor del diablo.
  La verdad, una total y absoluta falta de respeto.

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PROFESOR QUESITA

  Si me preguntan dónde aprendí a escribir de este modo, si hablamos del lugar dónde forjé mi herramienta, debemos hablar de Quesita, el asesino literario, que ya fue mencionado en la Fiera del 96, supongo. Quesita recibía en su mansión señorial del barrio de once. De entrada tomaba un examen de aptitud literaria a sus huéspedes, para ver si poseían alguna capacidad narrativa cierta. Después, a lo largo de los meses, o en el transcurso de varios años, Quesita aniquilaba todo asomo creativo de los ilusos que acudían en su ayuda por su prestigio, a cambio de una cuota pagada puntualmente se encargaba de asesinar al eventual   escritor que caía en su telaraña o los convertía en esclavos de su celebridad. Quesita hablaba y te amenazaba con ese vocesita aguda, histérica, disonante, en una afinación que crispaba los nervios de los que no lo admiraban. Había elegido el tono estridente en lugar de los acordes de la zona grave del piano. Mientras sus alumnos buscaban sus cuentos en los bolsos él se disculpaba porque se sentía mal del estómago. Desde el baño le pedía a la gente que leyera más alto así podía oir mientras comenzaba con su actividad estomacal. En el medio de los primeros tanteos poéticos de una pobre alma ilusionada se oían sus pedorreos, sus descargas terribles, peor que una tormenta en altamar, y las pobres visitas se ruborizaban. Ni siquiera ponían en duda lo que decía. Es que su nombre resonaba en la oficialidad literaria del país que no se puede mencionar porque trae malasuerte. Eso sí, Quesita cagaba como un gordo que aplastaba cráneos en las tribunas de los estadios de fútbol. La mayor parte de la clase la ocupaba con anécdotas pequeñas y miserables de las figuritas literarias. Decía que Borges tenía los genitales de un niño. Contaba cómo aquel otro basureaba a su personal doméstico mientras forjaba un bronce como escritor embebido en la causa social. En la sala presidencial tenía un cuadro del tamaño de una pared de Sábato estrechando la mano de Videla. En realidad Quesita había comprado su casa del barrio señorial del Once delatando a algunos alumnos durante el proceso. El que no lo miraba con ojos de degollada en amorada pasaba a las listas que confeccionaba, a cambio de algunos dineros, de posibles subversivos entre los idiotas que iban a su casa en busca de asesoramiento técnico. Entregaba a gente que ni siquiera sabía lo que era el capital,  a gordas que comían masitas a las 6 de la tarde. Quesita, lógicamente, estaba loco. Pero bueno, siempre fue muy difícil vivir de la palabra y Quesita necesitaba un espacio dónde tejer su nido y llevar adelante su vida de mantis. De entrada separaba a aquellos que estaban obnubilados con sus historias de los que solamente se acercaban para aprender a escribir y les conseguía puestos en los diarios para que eternizaran su nicho. Y los educaba para mantener sus voces muy por debajo de la línea de su mediocridad. Cuando se terminó la changa de las listas y de una tumba sin nombre, a los que eran inmunes a su influjo les envenenaba la napa poética que hay en cualquier alma. Sus enseñanzas eran: nunca intentes ser original, como vos hay miles, tus genialidades ya se le ocurrieron a un millón de pelotudos, no hagas frases, si de pronto aparece una bien dicha en el cuento, eliminala, desbalancea toda la obra, escribí neutro, sé neutro, emparejá hacia abajo, nunca intentes que tu lenguaje suba un peldaño, la peor equivocación es ser presuntuoso, descabezá las buenas ideas, no le prestes atención a las voces que te dictan, eso no es inspiración sino esquizofrenia. No mires. A quién le interesa tu opinión sobre el mundo. Si lo que te rodea llegó hasta aquí a través de miles de años, quiere decir que está muy bien. Debes honrarlo. Por algo será, por algo habrá sido. Si el estado imperante venció no sos quién para dudar de su benevolencia. Si viene funcionando durante siglos, qué valor puede tener lo que opines. ¿Vos estás en lo cierto y los milenios están equivocados, sos apenas un suspiro fuera de tono en la armonía de la eternidad? No seas tonto, agachá la cabeza bajo la sombra de los maestros, de los gloriosos habitués del mármol que ayudaron a construir y justificar este imperio. Dedicate a la fellatio, con esa boquita podés hacer un mundo menos tenso que usándola en decir pelotudeces. No busques la trama, solamente modificá un poco el orden de los ingredientes del mismo viejo cuento. Y recordá y escuchá mi voz cada vez que escribas. Mi sabiduría es la voz del juicio y no de la demencia, gritaba Quesita desde la cocina con su voz de histérica mientras se preparaba un tecito. Cuando compuso a su personaje decidió que un chillido imponía algo mucho mejor que la voz de un contrabajo autoritario. En ese tono aquel graznido enturbiaría la soledad de los que intentaran la creación en los años venideros. Sus consejos anularían los intentos por crear universos de diferente índole. La ambición de Quesita era minúscula como la vibración de la miseria que vengo escuchando por aquí desde hace mucho. El quería su cartelito en la historia literaria, ¿es una redundancia? Siga, idiota. Siga. Sólo a un infeliz como quesita le puede interesar la notoriedad póstuma, qué te puede beneficiar cuando ya no seas parte del mundo y sólo a una persona con un gran hueco le puede interesar la fama. A menos que sean mujeres (y sin ninguna intención dañina) que no se acerque nadie, porque les aviso que estoy saliendo a dar navajazos a mansalva. Hay un libro de Balzac, creo que las Ilusiones perdidas, que habla sobre estos tejes del mundillo literario. Sorprende que en doscientos años ni siquiera hayan mejorado estas maniobras estúpidas. Quesita colocaba a sus esclavos en los medios para que le chupen el culo cada vez que estrenaba un libro. Para que perpetúen su nombre en latín. Me parece que ya lo dije, cuántas obras se habrán perdido de tipos que despreciaban esta manera de acceder a la publicación o que no sabían cómo hacerlo. ¿Qué pensaría de la revolución francesa esa gente? ¿Un alarde de canibalismo que terminó en un emperador? Allá van los Quesitas, eternizando la indecencia. De los 45 minutos que duraba la clase ocupaba el 85 % en contar cómo se le caía de la boca la comida en los cocktailes a otro viejo puto,  y en los 6 minutos 75” que había para leer un cuento, nos insultaba desde el baño en el medio de sus cagarutas. Cómo fui a caer ahí, yo que soy tan vivo. Bueno, esto lo digo 20 años después. Ahí tenía la loca idea de que había que aprender a escribir del mismo modo que aprender a pelear o algún deporte. Y Quesita tenía un alma femenina, era una pequeña araña. Había estado escribiendo un libro durante 30 años para provocar comentarios. Si tardaba tanto quería decir que horneaba el gran poema nacional. Cuando salió resultó que era una mierda. Las notas de los diarios que no estaban bajo su influjo decían que era un licuado de Thomas Mann, Goethe, Knut Hamsun, Ernst Weiss y tu abuela, junto con los principales autores nacionales. Que fue premeditado para conseguir su lugar en el podio. Además de algunas risitas, el libro no provocó gran cosa. Esto debe haber agriado un poco más su carácter. Aunque conociéndolo es posible que haya estado diciendo durante 30 años que estaba escribiendo un libro y en realidad lo despachó quince minutos antes de entregarlo a la imprenta. Un auténtico Quesita.
  Si estaba presente durante las lecturas, se mordía los labios, resoplaba, miraba la hora y después ultrajaba al cuento con su graznido. ¿Qué está escuchando? Es una balada de Wayne Shorter, los bailarines durmientes no sé cuánto. Cómo puede escribir alto tan horrible con una música tan hermosa. No me moleste que ahora estoy viendo a Quesita caminando y moviendo la cabecita como Dustin Hoffman en Perdidos en la Noche pero agregándole una intención maligna a sus movimientos. Había una chica pálida y enfermiza que escribía historias sobre el suicidio. Quesita la humillaba constantemente. Le decía que se dedique a la limpieza o a tener hijos, si no tenía el útero enfermo. Cuando la protagonista acercaba con manos temblorosas la cuchilla a su garganta, Quesita se reía y decía basta esto es una porquería, a quién le interesa el sufrimiento de esa infeliz. Una a una iba reduciendo cada palabra a algo muerto y nauseabundo. Más tarde la chica desapareció. Sé que estuvo llamándola y tratando de averiguar si había logrado su cometido.
  Quesita ayudaba a los que estaban enamorados de él, a los que se le acercaban con manos temblorosas y mirada  bobina. Les daba algunos rudimentos, les conseguía un trabajo en los diarios, se aseguraba de que no sobrepasaran el nivel de su mediocridad con los consejos capadores de su graznido que perduraba como un eco a lo largo de sus vidas. Dicen las malas lenguas que el círculo íntimo se arrodillaba para recibir sus palabras.
  Así separaba a los que les asesinaba el alma poética o a los que pasaban a las listas del proceso. Disculpe, permiso, pero cuando la gente le pregunta dónde aprendió a escribir en realidad quieren saber por qué escribe así como el orto. Bueno, eso estaba implícito en la primer frase, lea a los chinos o a los japoneses. En cuanto a mimí, Quesita me miraba con recelo, como si fuera un ladrón. Preguntaba si había estado merodeando por la entrada del edificio durante el fin de semana. Me veía aptitudes criminales o de psicótico. Al pobre Quesita lo asustaba mi presencia. En esa época estaba haciendo un poco de ciencia ficción con mi vida: qué sería cuando sea viejo, cómo vería la vida cuando la muerte esperara debajo de la siguiente loma, qué sucedería si se morían mis padres o si perdía un brazo o una pierna, pura especulación científica. Y Quesita pedorreaba y se cagaba en cada uno de mis futuros posibles.
  Ahora que lo pienso era un buen método de adiestramiento para alguien como yo. Si se sobrevive a Quesita y a sus divinas enseñanzas, al desdén y al escarnio, quiere decir que uno nació para esto. Es un aprendizaje para un soldado. El desprecio y la indiferencia son mi espinaca. Antes, en la época del amigo de Sábato, a los escritores molestos se los mataba. Ahora se los anula de ese modo, con las técnicas cobardes de señoritas. La única forma de aniquilarme (ya comprobé que nadie tiene huevos para poner un caño en mi sien, acá me garcho a todos los milicos) es rendirme homenajes, pagarme por escribir y que las chicas de 17 me pidan que les autografíe los labios de la vulva. ¿Así que también es pedófilo? No, las de 17 ya son mujeres y tienen el encanto de lo penado por la ley.
  Bueno, yo estaba leyendo, con mi voz infantil de entonces, un cuento sobre la muerte de mi madre y Quesita defecaba. Cuando llegué a la parte que mi madre estaba inflada como un sapo y miraba el techo como si quisiera salir volando del edificio, Quesita vino corriendo y me dijo deme eso y me arrancó el papel de la mano. ¡¿Cómo se le ocurre venir a mi casa a ofenderme con semejante porquería?! Váyase de acá! Usted no tiene la más puta idea de lo que es la literatura! Decía mientras rompía las páginas. ¡A quién le interesa si su madre murió aplastada! ¡Dedíquese a cargar bolsas! ¡Con esa cara de bruto su porvenir está en la estiba! ¡Hágase taxiboy! ¡Disfrácese de mujer! ¡Acá no vuelva más! Si insiste en venir lo voy a insultar y a escupir todo el tiempo.
  Quesita me empujaba hacia la puerta y me daba pataditas. Tenía un ataque. Quizás le había tocado alguna cuerda sensible. Qué podía hacer? Quesita era mayor. Tenía 70 años. No podía pegarle a un viejo. Le dí un rodillazo en el estómago y un golpe con las dos manos en la nuca. Seguí pateándolo cuando se cayó al piso. Me fui y me escondí durante un tiempo porque pensé que lo había matado. Buscaba su obituario en las noticias. Era conocido. Algo tendrían que haber dicho. Algunos meses más tarde lo vi en una foto inaugurando una biblioteca o dando una conferencia. Usaba anteojos oscuros. Quizás para tapar mis caricias. No sé si habrá sido un hechizo de Quesita, pero años más tarde mi madre murió inflada como un globo, pidiéndole al cielo que se abra.

 

   DSNYTNDSè: Marcelo Müller