CERDOS & PECES SE INFILTRÓ
EN LA AUTOPSIA DEL IDOLO CUARTETERO TRASANDINO
Durante la década del
90 en Argentina dos fenómenos musicales originarios de provincias
fueron desplazando al rock porteño: la música cordobesa
conocida como cuarteto y la cumbia norteña. Mientras los roqueros
trasandinos se dedicaban a disfrutar de la vida familiar y los beneficios
del éxito, los nuevos iconos bailanteros encarnaron el signo
trágico de la vida acelerada y la muerte joven. Choques fatales
en las rutas acabaron con Gilda y Rodrigo y un juego suicida terminó
con la vida de Walter Olmos. La muerte de los muchachos fue material
mediático y hordas de novias y madres de supuestos hijos se
disputaron el amor, la culpa y las regalías ante las cámaras
de TV. El cronista de Cerdos & Peces durante una guardia periodística
de rutina, se infiltró y presenció la autopsia del desaparecido
cantante.
Por Ricardo Ragendorfer
I
El comienzo de aquel trámite
judicial fue fijado para las 8.00 de la mañana del viernes
22 de septiembre. Por esa razón, la vigilancia en el acceso
principal del cementerio privado La Pradera, ubicado en Esteban Echeverría,
había sido reforzada; tres custodios uniformados y con cara
de pocos amigos estaban apostados en ambos extremos de la barrera
que cruzaba el portal, mientras otros dos escrutaban el panorama desde
una caseta. Y, al parecer, tenían orden de ser parcos. Uno
de ellos simplemente gruñó una negativa, cuando se le
preguntó si ya habían llegado los forenses. Y su compañero
aclaró, también con un gruñido, que los periodistas
tenían absolutamente vedado el ingreso. Entonces el fotógrafo,
que yacía tumbado sobre el asiento trasero del auto, bostezó
y volvió a reclinar la cabeza para seguir dormitando. Yo consulte
mi reloj; ya eran las 8.15 y el asunto aún no tenía
visos de empezar.
Estábamos allí para cubrir un evento poco gratificante:
la necroscopia de los restos del cantante Rodrigo para extraer muestras
de ADN, en el marco del juicio de filiación por su presunto
hijo. En realidad sólo teníamos que apuntar la identidad
de los verdaderos invitados a ese macabro festín, sacarles
fotos al entrar, otras al salir, arrancarles un breve textual y, finalmente,
volver a la redacción.
II
Tras consultar el reloj por enésima vez, se hicieron las 9.00.
Y las novedades no habían sido demasiadas. Sólo había
ingresado al cementerio un remis que llevaba a una pareja de ancianos,
que obviamente nada tenía que ver con la necropsia. Pero después,
otro auto se detuvo delante de la barrera y su único ocupante,
un hombre gordo y entrado en años, extendió una credencial
y deslizó unas palabras a los guardias, quienes diligentemente
levantaron la barrera.
Yo observaba la escena desde nuestro auto, que permanecía estacionado
en una calle de tierra. También había un móvil
del canal de noticias Crónica y un puesto de flores, atendido
por una mujer que acomodaba su mercadería sin siquiera mirarnos.
Y transcurrieron otros diez minutos sin que pasara absolutamente nada.
Hasta que la barrera volvió a levantarse, esta vez para franquear
el paso de un viejo Falcon con la pintura cascada, y conducido por
un tipo extremadamente flaco, de bigote espeso y rasgos macilentos;
junto a él iba un sujeto más joven, de expresión
reconcentrada y piel cetrina. Ambos exhibieron a los vigiladores unas
hojas que, a la distancia, tenían aspecto de oficio judicial.
En ese instante el fotógrafo y yo abrimos las puertas al unísono
y saltamos de la cabina para correr hacia el portal del cementerio.
Pero fue una iniciativa infructuosa; al llegar, el Falcon ya se había
escabullido de nuestro alcance. El fotógrafo, sin embargo,
le disparó unas fotos. Lo miré, pensando que se trataba
de otra iniciativa infructuosa. Y comencé a caminar hacia el
mullido microclima de la cabina del auto. Pero me detuve al oír
una bocina a mis espaldas.
Provenía de una camioneta blanca que aminoró la velocidad
al pasar junto a mí. Y de inmediato reconocí la inconfundible
silueta del hombre que iba al volante; era nada menos que un viejo
conocido mío: el Gordo Pierri, que es abogado de la familia
del cuartetero muerto. El tipo me guiñaba un ojo y remató
ese mensaje con un leve cabeceo. No lo pensé dos veces y trepé
a la camioneta como un pistolero a un blindado.
Pierri entonces me miró de soslayo y frenó unos metros
más adelante, a la altura del piquete de seguridad; los guardias
lo reconocieron de inmediato y lo saludaron con un solemne "Buen
día, doctor". Pero uno de ellos preguntó por mí.
Y Pierri, respondió:
-El señor es uno de mis peritos.
Al decir eso no se le movió un sólo músculo del
rostro. Y volvió a mirar de soslayo, ahora con picardía.
Luego nos enteraríamos que los de Crónica, al ver que
me dejaban pasar, también intentaron ingresar al cementerio,
pero los guardias bajaron la barrera, reiterando que "el periodismo
tenía absolutamente prohibida la entrada por orden del juez"
-¡El que va en el otro coche es un cronista!- bramó entonces
un camarógrafo, con un dejo de furia.
-Está equivocado -lo contuvo uno de los guardias- El caballero
que acompaña al doctor es un perito de parte.
En tanto la camioneta avanzaba a paso de procesión hacía
el depósito del crematorio, ubicado a casi un kilómetro
de la entrada. El paisaje, que carecía de bóvedas y
cruces, no parecía el de un camposanto; Más bién
tenía el aspecto de un parque escaso de árboles e inmaculadamente
pulcro. Las parcelas desiertas se extendían hasta recortarse
en el horizonte como un fantasmagórico campo de golf. Y el
silencio era perturbador; pero no solo el del ambiente, sino también
el de Pierri, al que se le había disipado la picardía;
bajo aquel cielo inoportunamente primaveral y con algunas gotas de
sudor corriéndole por las sienes, el Gordo parecía cocinarse
en la salsa de su propio pánico.
-Lo que vamos a ver es escalofriante... - farfulló, de pronto,
sin apartar los ojos del camino.
No respondí. Pero sospeché que me había invitado
a su vehículo precisamente para no ir solo a una ceremonia
tan espeluznante. A mí, en cambio, me envolvía una emoción
no menos compleja. Recién ahora tomaba conciencia del espectáculo
que nos esperaba. Y me sacudió un escalofrío, pero ya
era tarde para volver atrás. Aunque tampoco me hubiera hecho
feliz hacerlo, porque sabía que ese viaje al horror contenía
un desafío mío. "Si me banco ésta, de acá
en más no me como ninguna", dije, finalmente. Y la frase
sonó como una declaración de guerra.
También recordé una vieja historia protagonizada por
Gustavo Germán González, el mítico cronista policial
del diario Crítica. En 1925, disfrazado de plomero, se metió
en la morgue y develó para el gran público la verdad
de un crimen que en esos días conmovía a todos: el del
concejal radical Carlos Rey, que supuestamente murió víctima
de un asalto, mientras los investigadores creían que quizás
había sido envenenado y que luego le dispararon un balazo para
fraguar la causa de la muerte, en el marco de un drama amoroso. En
la misma tarde de esa autopsia, Crítica salió a la calle
revelando el enigma con un explosivo titular: "No hay cianuro".
Ese titular se repitió muchas veces y hasta se puso de moda
un tango con dicho nombre. Lo que nunca se repitió desde entonces,
pensé, fue la presencia de otro cronista infiltrado en un acto
de esa naturaleza. Hasta hoy.
En eso seguía pensando cuando la camioneta se detuvo en el
camino lindante a una construcción que parecía una capilla,
sólo que en vez de campanario tenía una chimenea; se
trataba en realidad del crematorio.
III
El recibidor era amplio y tenía forma hexagonal. Había
casi una docena de personas agrupadas en pequeñas tertulias.
Entre ellos, dos genetistas, algunos peritos, los abogados que patrocinan
al presunto hijo del ídolo y la abuela materna. También
estaba el hombre macilento que había llegado a bordo del Ford.
Y su acompañante. Ahora lucían batas de cirugía,
con mascarillas de oxígeno colgadas del cuello. Eran los forenses.
Y comenzaron a pasar revista al instrumental, que incluía dos
serruchos. Junto a ellos estaba el gordinflón canoso que al
entrar había exhibido una credencial; se trataba del juez Ricardo
Sangiorgi, que tenía a su cargo la causa por la filiación.
¿Quién es usted?- me preguntó.
-Perito de parte- contesté, sin mirarle a los ojos.
El gerente del cementerio, envuelto en un impecable traje negro y
con el pelo teñido de rubio, pululaba entre la gente como un
maestro de ceremonias. A Pierri lo saludó con familiaridad
y, tal vez para romper el hielo, bromeó, diciendo: "En
un rato llega el servicio de catering".
Poco después entraron tres hombres de aspecto torvo, empuñando
martillos y barretas. Y se encaminaron hacia el ataúd de quien
en vida fuera Rodrigo Alejandro Bueno, que estaba en un contenedor
de fibra de vidrio, depositado en una habitación contigua.
Hacia allí convergieron todas las miradas.
El gerente, precavido, había llevado barbijos empapados en
vinagre aromático y los distribuyó entre los presentes.
Y luego profirió una revelación desencarnada:
-El cajón es recuperado...
-¿Cómo, recuperado?- quiso saber alguien.
- Si... de segunda mano, o sea, usado. ¿Entiende? Y los de
la funeraria lo cobraron por nuevo- aclaró el tipo, enarcando
piadosamente las cejas.
Entonces se produjo el silencio.
Dentro del ataúd propiamente dicho había otro de metal
cerrado a presión. Los tres hombres comenzaron a martillar
para abrirlo. Y, como las válvulas estaban obstruidas, al quedar
la tapa separada del resto se dispararon de golpe los gases cadavéricos,
ahuyentando a la concurrencia en diferentes direcciones.
Minutos después, el Gordo Pierri me extendió una pequeña
cámara, diciendo:
-¿Sacarías unas fotos para el peritaje?
No hubo modo de negarme. Entonces, con los ojos cerrados y la respiración
contenida, corrí hacia el féretro, sin poder evitar
estrellarme contra ese olor espantoso e insondable. Y, ya a pocos
centímetros del cuerpo, abrí los ojos para oprimir tres
veces el disparador. La expresión facial del finado, atiborrada
en formol, conservaba sus rasgos, aunque tenía un color entre
azulado y verdoso. Y estaba encogido por la deshidratación.
Por último observé que le faltaba un ojo. Entonces aparté
la mirada y corrí hacia la salida.
Luego entraron los forenses con sus serruchos. Y se escucharon unas
arcadas. Entonces llegaron a la conclusión de que la necropsia
no se podía hacer en ese ambiente cerrado y, tras unos cabildeos,
el cajón fue llevado a cielo abierto. En ese instante Pierri
vio de refilón al muerto. Y empalideció, llevándose
la mano a la boca. Tuvo que ser retirado.
El trabajo de los forenses se prolongó durante más de
una hora. El resto de los presentes intercambiaba opiniones y observaba
desde una distancia prudencial como iban cortando partes del cuerpo
-un pedazo de fémur, huesos de los dos brazos y seis piezas
dentales-, que fueron siendo colocadas y catalogadas en frascos de
vidrio. Finalmente se vio como volvían a acomodar las extremidades
dentro del ataúd. Al ver eso, la abuela del presunto hijo del
ídolo, musitó:
-El nene tiene las manitas como las del padre...
Y rompió en llanto.
Aquel viernes llegué a mi casa poco antes del mediodía.
Y aún tenía impregnada en la ropa el olor de aquella
experiencia. Me desvestí para arrojar las prendas en un balde
de agua y, durante más de una hora, permanecí bajo la
ducha. Al salir del baño, la mesa ya estaba preparada y mi
mujer repartía dos porciones de matambre casero con ensalada
rusa.
Ese día no almorcé.