LOS MISTERIOSOS RUMBOS DE
LA MASTURBACION
Adquirí riqueza técnica y brillo
imaginativo en mis masturbaciones después de los 50 años
y la cocaína fue mi maestra. En los anteriores 15 años
de consumo, la cocaína me atendió como una cariñosa
nana alimentando mi capacidad creativa, acelerando mis reflejos narrativos,
cargando de energía mis estrategias seductoras con las muchachas
y, sobre todo, cuando visitaba el abismo me daba consejos certeros
sobre que misterios robarle.
Repentinamente renunció como nana y se transformó en
una deliciosa puta que degeneró mis ingenuos deseos hasta que
adquirieron la perversidad de un psicópata
El plato más exquisito que te ofrece el restaurante cocaína
se llama La Comilona. Empiezas a masturbarte a las 10 de la noche
y recién eyaculas al amanecer. La historia que voy a contar
sucedió cuando desconocía esos recursos, hace 25 años
en España donde construí una peculiar rutina para alimentar
las masturbaciones más turbulentas y apasionadas.
Una ruta muy peligrosa
A principios de los 70, mi hogar nómada
estaba ubicado en un territorio muy inestable. En Ámsterdam
donde, por monedas, compraba los autos y camionetas usadas, vivía
en la casa de un peruano con el que compartí varias instancias
de mi vida y que se llamaba El Peruano; en Milán donde a veces
me atrevía a atravesar esa enorme distancia para vender las
máquinas con una ganancia de más del 500%, vivía
en la casa de un artesano argentino. El mejor negocio era París
que estaba a la distancia de un brazo y los autos tenían un
buen precio. Pero yo odiaba París y de pura nostalgia, me llevaba
los autos a Madrid donde el mercado era muy pequeño.
El último auto que llevé fue un Fiat 128 con una apariencia
muy atractiva, pero que era una matraca, Me había costado 250
dólares en Utrech y esperaba sacarle 1000 dólares limpios.
Pero pasaban los días y nada.
Vivía en una pensión cerca de Ventas y en mi peregrinaje
por el ocio había encontrado un entretenimiento.
Todos los días, poco antes del oscurecer, me paseaba por la
calle Montejurra manejando muy lentamente por la violenta bajada del
último tramo antes de alcanzar la autopista M30. A esa hora,
un liceo de señoritas expulsaba a la calle una manada de exquisitas
cachorras ninguna mayor de 17 años. Generalmente, para que
despuÉs la fantasía funcionara, escogía una de
las que salía atrasada. Archivaba sus curvas, el tamaño
y el estilo de su culo y sus tetas, y de su rostro me robaba especialmente
los ojos y sus miradas. Lo más importante era fotografiarle
la boca, los labios y, si tenía la suerte de que hablara o
bostezara, el estilo de esa cavidad lujosa que, en comparación,
deja a la vagina en el lugar de una humilde casa ubicada en la población
más marginal del territorio.
Luego me iba volando a la pensión a reconstruir el rompecabezas
y armar mi Mari-stein. El procedimiento siempre era el mismo . Cuando
la rezagada pasaba junto al auto que yo estacionaba a la mitad de
la bajada tratando de evitar la vigilancia del Conserje del Liceo
siempre atento a los lobos que aparecen donde hay ovejas, abría
sorpresivamente la puerta, y desde el asiento del acompañante
le susurraba con la mayor maldad que pudiera
--Subí o te mato--mientras le mostraba
un revólver
Le tomaba una mano y la metía en el
auto. Mientras arrancaba les decía aquellas dos palabras que
me endurecían el pene
#¿NOMBRE?
Bajaba por Montejurra, el único problema era el semáforo
de la esquina que si estaba en rojo le daba la posibilidad a la presa
de escapar de una noche maldita; pero en mi fantasía lo dejaba
en verde y como una flecha hundía mi auto en la oscuridad de
la M-30. La primer bajada llevaba directamente hasta un antiguo parque
que el abandono convirtió en un gigantesco eriazo lleno de
trastos y malezales de altura.
El mejor orgasmo de un masturbador experto es la retención
del espasmo, las pausas para que el miembro pierda su tensión
y empezar de nuevo. Cuando alcanzo ese extremo, una mirada psiquiátrica
debe observar la conducta de un sicótico. Cerca del Éxtasis,
hablo con dos voces. La mía, exagerada, ronca, malévola
grita
--"Perra sucia, levanta el culo...
Mientras con una voz femenina bastante bien elaborada, me contestó
--Si...si, cógeme, cógeme...destrózame
Así transcurrían aquellas noches, imaginando el basural
y a mis víctimas sometidas, entrando y saliendo de sus tres
misterios y, cerca del amanecer, eyaculaba y me iba al baño
a lavarme abandonando a mis victimas donde siempre estuvieron, en
ninguna parte.
Aquella obsesión , que cada vez elegía mejor a sus presas,
fue perfeccionando los tiempos y la vorágine de violencia sexual
con que las sometía.
¿Por qué diablos
compré el revolver de juguete?
Eran unos tremendos revólveres
de calibre 38 largo de plástico pesado, negros y enormes. Eran
de juguete pero el diseño era tan perfecto que los compradores
dejaron de ser niños y tuvieron que prohibir su fabricación
ante la cantidad de delitos cometidos con aquellos juguetes.
La excusa para comprarme el juguete fue que podía usarlo para
amedrentar a los pesados de Vallecas cuando iba a comprar opio y hachís.
Lo guardaba en la guantera tal como solía hacerlo en mis fantasías.
Todos los sistemas para pajearse pronto agotan sus recursos. Fracasan
los ti empos. En la realidad, para eyacular en los tres misterios
te tardarías un buen rato, en los escenarios imaginarios a
los pocos minutos ya has recorrido el tour completo y debes comenzar
de nuevo.
En aquellos días era un adicto a la violación en mis
fantasías. Cuando intentaba con otras temáticas todos
nos aburríamos, yo y mis amantes imaginarias. Casi ninguna
mujer que se cruzaba en mi camino conseguía escapar de mis
asaltos sexuales: mis novias fueron sometidas durante años
aún después de separarnos, la hija de 13 años
del conserje, las esposas, hermanas o madres de todos mis amigos.
Tengo rachas, temporadas que solo secuestro negras culonas y otras
que atrapo mujeres que se acaban de casar o están a punto de
hacerlo. Una de mis grandes debilidades fueron siempre las mujeres
embarazadas y muy cerca de parir.
Cuando dejé la masturbación en la década del
80 y me dediqué sin pudores ni verguenzas a recuperar el tiempo
perdido, una mañana en la calle Corrientes, cerca del barrio
del Once, conocí en la calle una muchacha encantadora, a poco
menos de un mes de convertirse en madre. Tenía una panza voluminosa
y sensual. No nos demoramos más que tomarse un café
en ponernos de acuerdo sobre lo que sí se podía y lo
que no se podía. Mi casa estaba a dos cuadras y ahí
estuvimos el resto de la mañana cogiendo como demonios.
El tiempo de las embarazadas terminó como todos los tiempos.
Creo que el tiempo de las pendejas colegialas estaba también
acabando su ciclo y ya no me calentaba tanto pajearme con ellas.
Aquel maldito atardecer
Yo volvía de Vallecas conduciendo a
mil por hora quemando a la mala un pedacito de opio y al mismo tiempo
pensando que si no me apuraba no tendría mi paja nocturna.
A veces compraba el opio para darle fuerza a mis pajas.
El opio mal tranzado te pega para el carajo y yo sé que no
es una buena excusa. Llegué muy tarde a la subida Montejurra
y la calle estaba vacía. Las niñas nunca se rezagaban
tanto como para salir desprotegidas sin la atenta vigilancia del conserje.
Igual me quedé en mi puesto armando un cigarrito y por el espejo
retrovisor la vi venir. Era una flacucha preciosa, morena, de boca
pequeña pero de labios anchos. Caminaba mirando el piso, ensimismada.
Así son las presas, van distraídas, no olfatean al tigre
que las acecha.
No hubo ni una decisión ni dos leches. Como un experto, abrí
la puerta, saqué el revolver, volví a observar el lugar
vacío del conserje y antes de que comprendiera lo que estaba
pasando, la flacucha ya estaba a mi lado, acurrucada en el piso del
auto. Le dije que no me mirara. Le miré las tetas y me di cuenta
que no era ninguna flacucha.
El semáforo se puso rojo y tuve que clavar el freno en la esquina.
Fue el minuto más largo de mi vida. Mi nena tenía su
última oportunidad, pero estaba tan asustada que ni siquiera
levantó la mirada cuando le acaricié la cabeza y empecé
a conversar para distraer su atención. Y seguí hablando
huevadas hasta que estacioné el auto tras unos escombros en
el basural.
Se llamaba Isabel, iba a cumplir 16 años en un par de semanas
y tenía novio. Sin embargo era virgen y ni siquiera había
tranzado unos buenos apretes . Me confesó que ni siquiera le
había dado besos al asunto de su novio tratando de despertar
mi compasión y empeorando la cosa.
--Te enseño y más luego te lo echas a tu novio--. Le
dije.
En el silencio del basural, mientras vigilaba la noche, le ordené
que se sacara la ropa y la apilara en el asiento delantero. Era un
viejo truco, cuando empezó a sacarse el uniforme, la empujé
apenas y mientras caía me eché sobre ella. Me simpatizaba
y no quise someterla a la vieja mirada sucia que la recorre y le explica
el siguiente futuro de todas tus partes. Estuve en su concha por trámite
para robarle su tesoro pero sin descargarme. La desnudé completamente
y fui a lo mío que era su culo y allí estuve un buen
rato saboreando el momento.
Ella me dijo que era suficiente. No hay que darles tiempo a nada,
me senté sobre las tetas y en dos sesiones le enseñé
a tragarse las leches.
No recuerdo en que parte hablamos bastante. Yo le inventé una
historia culeada llena de problemas y traumas y también le
inventé para joderla que tenía una hija de 16 años
como ella. Argumentó un buen rato con el tema de cómo
podía hacerle algo tan horrible a una niña que tenía
la misma edad que mi hija.
--También he comido coños de 12 --le dije-- ¿A
quién le importa cuantos años tiene un puñetero
coño?
La quería joder y lo hice, tuvo un ataque de llanto y mientras
la montaba me fui bebiendo su llanto. También rompí
mi promesa de no vaciarme en su vientre.
Mientras se vestía y yo preparaba el auto, le dije que me había
gustado mucho, si no quería que fueramos novios. Pero en cuanto
sacó el uniforme del auto, salí arrancando y la dejé
con sus problemas perdida en el basural.
Ese es el drama del opio, puedes transformarte en cualquier inmunda
rata. A eso me refería al comienzo de esta historia cuando
hablaba sobre la extensión de las masturbaciones.
Con el opio no sólo todo lo que imaginas parece increíblemente
real sino que además los tiempos parecen reales. Isabel, fue
mi primer paja que no tuvo modelo real. Ella salió caminando
desde las calles del opio y luego se esfumó para siempre.
Esa maldita masturbación terminó con todas las masturbaciones.
No me importaba hacerle daños imaginarios a mujeres reales.
Pero aquella violación a una hermosa niña imaginaria
provocó un daño irreparable en las delicadas tramas
de mi propio misterio.
Durante dos o tres años seguí buscando a Isabel en la
fiebre imaginaria de las noches de insomnio. Pero jamás pude
saber que hizo en aquel horrible basural cuando la dejé abandonada
a su suerte.
Enrique Symns